La dimensión fatal

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La Dimension Fatal
Harry Bates
Existen una serie de grandes obras de SF de la época dorada del
género, allá por los años treinta, cuarenta y cincuenta, que pese a constituir
auténticos pilares dentro de la historia de la SF mundial, apenas son
conocidas en nuestro país. ND, a lo largo de sus quince años de existencia,
ha ido ofreciendo algunas de ellas, pero quedan aún muchas más. En su
deseo de rescatarlas para el público español, ND tiene intención de ofrecer
en sus páginas, espaciadamente, algunas de estas obras, a fin de ir
recuperando esta historia de la SF que, debido a los vaivenes editoriales, ha
quedado muchas veces incompleta y fragmentaria.

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Este es el caso de La dimensión fatal. Harry Bates es el autor de un gran
clásico, Farewell to the Master (El amo ha muerto, ND 53), del que surgiría
otro gran clásico: la película Ultimátum a la Tierra. Nacido en 1900, Bates se
inició en la década de los veinte en los pulps de aventuras, y fue el creador
de Astounding Stories, la que sería más tarde famosa revista Analog,
todavía una de las más apreciadas en el mercado de las revistas de SF de
los Estados Unidos. Como escritor, publicaría su obra con su verdadero
nombre y, siguiendo la costumbre de la época, bajo numerosos seudónimos,
entre los cuales los más conocidos son Anthony Gilmore y H. B. Winter. Al
pasar Astounding a pertenecer a la editorial Street & Smith, Bates fue
apartado de las tareas de dirección; siguió escribiendo algunos relatos
dispersos, y su nombre, como el de tantos otros autores americanos de la
era dorada, se diluyó en el anonimato a partir de 1950.


La dimensión fatal es, junto con Farewell to the Master, su más famosa
(y en cierto modo controvertida) obra. Apareció en el último número de la
revista Science Fiction Plus, de muy corta vida: solo siete números. Fue la
última aventura dentro de la SF de Hugo Gernsback, y estuvo dirigida por
Sam Moskowitz, otro nombre glorioso del género. A su aparición (la revista,
por aquel entonces, estaba ya sentenciada, ante las dificultades económicas
de Gernsback), el relato despertó un ~ t~ntir~ zin~lal~ entre los lectores.
pues se apartaba por completo de los canones tradicionales de la SF al uso.
Su única aparición en español, en la revista argentina Más Allá, en 1956,
despertó las mismas polémicas.


Porque La dimensión fatal da un giro de 180 grados a toda la SF
tradicional. En primer lugar, no existe en ella ningún happy end. Plantea un
problema (un terrible problema), pero no lo resuelve. Y eso es lo que más se
le reprochó en el tiempo de su aparición. No busca ningún deus ex machina
para resolver la situación. Nos dice simplemente, en boca de uno de sus
personajes y también del propio autor: "Solo sabemos que no sabemos
nada"..


Y esta es precisamente su valentía. Su tema es en el fondo tan viejo
como el mundo: la ambición del hombre por descubrir cosas que están más
allá de su comprensión, su creencia de que todo ha de estar a su alcance,
cuando en realidad apenas sabe nada de lo que le rodea. La reacción de un
sector amplio del público lector fue consecuencia directa de nuestro
egocentrismo: el no querer admitir que vivimos en un mundo en el que, pese
a nuestra tecnología avanzada y nuestros deseos de jugar con fuerzas
gigantescas, estamos a merced de los elementos. Y, muchas veces, a
merced de nuestro propio intento de dominar estos elementos.
En la época en que fue escrita y publicada, allá en 1953, La dimensión
fatal constituyó una obra de vanguardia, y por eso incomprendida por
muchos. Hoy en día, una nueva óptica nos permite comprenderla mucho
mejor. Evidentemente, los casi treinta años transcurridos han envejecido
parte de su decorado técnico. Pero el mensaje humano sigue ahí, hoy más
actual que nunca. Y más digno de hacernos meditar.


Las ilustraciones originales de ese gran artista que fue Virgil Finlay
finalmente, ponen el último toque a la tensión del relato. En pocas ocasiones
Finlay, que gustaba de fantasear hasta lo infinito, se ajustó más lo que
contaba el autor. Pero, declararía al respecto, aquella era una de las pocas
ocasiones en que había leído todo el relato que debía ilustrar, y se sintió tan
impresionado por él que no pudo hacer otra cosa más que reflejar, con todo
su realismo, la tremenda impresión que el mismo le produjo.
Ahora todos sabemos que fue algo nuevo lo que ocurrió hace dos
semanas en el campo de Long Island.


* * *
A muchos nos ha asustado. A otros muchos nos ha conmovido y aturdido. ¿Y por
qué no? Las cuatro dimensiones del espacio-tiempo nos han traicionado. Siempre
fueron inseparables, y ahora ha ocurrido lo imposible.
Durante mucho tiempo, las dimensiones extra han sido conceptos abstractos
usados por los matemáticos, ¡pero qué impresión nos produjo descubrir que tenían
realidad! ¡Qué impresión ver que los símbolos podían matar… y matar de un modo tan
fantástico!


Nunca se ha guardado tanto un secreto. Los principales científicos de la Tierra han
invadido el área mortal, pero no nos dicen nada. He dicho nos. Soy ingeniero
electricista en los Laboratorios Wilson, donde ocurrió; trabajo en ellos desde que
terminé mi carrera, en febrero, y sigo cobrando un sueldo; fui el único testigo del primer
fenómeno, y testigo principal del tercero…, y aún así, ni siquiera me dejan entrar allí.
Después de haberles contado lo que sé, no les sirvo actualmente de nada- no haría
más que molestarles. Por eso, aunque conozco la disposición general del campo y
estoy muy al tanto de los experimentos eléctricos que se realizan en él, sé, en cambio,
lo mismo que ustedes acerca de los experimentos dimensionales que ahora se llevan
allí a cabo.

 


Ni tampoco puedo explicarme mejor que ustedes lo que sucedió allí.
Pero sí sé, y soy el único que lo sabe, la historia completa del impacto de la "nueva
cosa" en un ser humano, y quiero contar aquí esa historia.
Ustedes han leído ya los nombres de las víctimas. A Mary de Sellers la conocí
desde niña. Me crié con su esposo Tom, del cual era su mejor amigo. Estaba en el
campo con ellos, en el momento de la muerte de Mary, cuando lo "desconocido" asestó
su golpe.


Eran aproximadamente las nueve y veinte de una noche muy serena. La luna llena
nos permitía ver claramente los detalles más grandes del área. A unos cuantos cientos
de metros de distancia, hacia el oeste, en la dirección de Nueva York, se hallaba el
grupo de edificios que componían la parte interior de los Laboratorios Wilson. Entre
ellos se extendía el campo empleado para los experimentos exteriores: una superficie
rectangular de unas tres hectáreas, un campo de trigo en otros tiempos, ahora una
llanura cubierta de hierbajos y surcada irregularmente por profundas zanjas. En un gran
óvalo se erguían media docena de altas torres de hierro, y en el centro de ellas, dos
más altas aún: era el área del misterio. El campo estaba rodeado por una alta
alambrada, en la que se veían, a intervalos regulares, unos carteles que decían: No
ACERCARSE. EXPERIMENTOS ELÉCTRICOS. PELIGRO.


Cuando aquello ocurrió, yo me encontraba en el borde de una zanja en el extremo
oriental del campo. Debajo de mí, en la zanja, corría un nuevo tipo experimental de
conductor eléctrico. Treinta metros más allá trabajaban dos electricistas, en la zanja del


extremo este, asomando solo la parte superior de sus cabezas por el borde de esta.
Eran los dos hombres encargados de anotar las alteraciones del conductor que había
en la zanja.


Tom y Mary se encontraban en el campo, a unos veinte metros más o menos de
distancia de los hombres de la zanja, entre ellos y yo. Hablaban en voz baja. Yo no
podía oír sus palabras, pero por sus movimientos me dio la impresión de que había
cierta tensión entre ellos; no una pelea, pero sí alguna discrepancia. Vi que Tom daba
media vuelta ladeándose, y que Mary pasaba por delante de él, a la luz de la luna,
como si insistiera en verle la cara. El siguió apartándose, y al cabo de un momento ella
se alejó.


Cruzó el campo en dirección oeste, como si se dirigiera a la zanja más próxima;
volvió la cara para mirarle; atravesó la zanja por el puentecillo de gruesos tablones; se
volvió de nuevo momentáneamente, hacia él, y después siguió por el caminillo que
atravesaba la ancha planicie. Tom se quedó mirando su figura que se alejaba. Cuando
Mary llegó a un lugar situado entre las dos torres centrales, se volvió por última vez.
Levantó muy alto el brazo y agitó la mano. La vi con toda claridad. Tom permaneció
inmóvil, mirándola. Ella dejó caer el brazo. Durante un segundo, los dos permanecieron
así; durante un terrible segundo, mientras el espacio-tiempo se enroscaba en torno a
Mary para descargar su golpe inicial, tan inesperado y tan fantástico…

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