Huida de Loki

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 Savage miró detrás de él. Pudo ver dos agujeros en la tela del fuselaje, tan sólo a unos pocos centímetros detrás de la cabina del piloto. Durante los siguientes minutos hubo un salvaje forcejeo cuando el boche intentaba colocarse a su cola y él intentaba evitarlo, mientras, a la vez, se colocaba detrás de uno de ellos. Entonces, durante una de estas maniobras tuvo a un Pfalz justo en su punto de mira, completamente muerto en más de un sentido. Pero ambas ametralladoras se atascaron al mismo tiempo. Esto era algo que no ocurría casi nunca y nunca hubiera ocurrido de haber tenido tiempo de calibrar su munición antes de despegar.

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HUIDA DE LOKI

Philip J. Farmer
Título original: Escape From Loki
Traducción: Fernando Bosch Serrano
 

Combate aéreo desesperado

Savage miró detrás de él. Pudo ver dos agujeros en la tela del fuselaje, tan sólo a unos pocos centímetros detrás de la cabina del piloto. Durante los siguientes minutos hubo un salvaje forcejeo cuando el boche intentaba colocarse a su cola y él intentaba evitarlo, mientras, a la vez, se colocaba detrás de uno de ellos. Entonces, durante una de estas maniobras tuvo a un Pfalz justo en su punto de mira, completamente muerto en más de un sentido. Pero ambas ametralladoras se atascaron al mismo tiempo. Esto era algo que no ocurría casi nunca y nunca hubiera ocurrido de haber tenido tiempo de calibrar su munición antes de despegar.


Savage no renegaba fácilmente. Le habían enseñado que no era aquella la forma más adecuada para expresarse y que existían maneras mejores de hacerlo. No obstante, en esta ocasión, tuvo que exteriorizar su frustración y rabia con algunas invectivas, aunque fueran en italiano o en francés. Acabó con una sola palabra en árabe.


No tenía tiempo para desatascar las ametralladoras. El enemigo estaba ya demasiado cerca. Huyó, elevándose hacia una nube distante…

I

LAS ARAÑAS, los hombres y la Madre Naturaleza, construyen madrigueras.
Esta madriguera era de la Madre Naturaleza. Estaba compuesta de aire y agua, tenía la mente totalmente confundida para poder encontrar el mecanismo para escapar de la misma. Lo que parecía Arriba, podía también ser Abajo.
Cual joven dios que se hubiera metido en una trampa, el Teniente Clark Savage, cayó del cielo, para sumergirse en los infiernos.


No se había dado cuenta que estaba pilotando su avión al revés. Envuelto totalmente por las nubes, incapaz incluso de poder ver el panel de instrumentos que tenía delante de sus ojos, estaba tan ignorante del peligro que tenía ante él, como un cerdo conducido al matadero.


Su caza biplano salió con el morro hacia abajo de la oscura niebla que le envolvía. El brillante sol del atardecer francés del 31 de marzo de 1918, le deslumbraba. No fue hasta este instante que se dio cuenta que sus sentidos le habían engañado. No sabía desde cuanto rato había estado al revés, volando hacia abajo. Su Nieuport 28 estaba con el morro encarado hacia tierra y volando a una velocidad de trescientos y pico de kilómetros por hora. Y cada vez adquiriendo más velocidad. Tenía que sacarlo del picado, pero sin demasiada brusquedad. En el Nieuport, la tela del recubrimiento superior se desprendía si se la sometía a determinado grado de tensión. Una vez que un trozo de la tela se separaba del resto, la corriente de aire propulsada por la hélice se introducía bajo toda la cobertura. Y entonces, toda la tela se arrancaba.
No tenía paracaídas. El Alto Mando Aliado había decretado que los paracaídas eran para los miedosos.


Si las alas se doblaban, entonces gritaría:
—¡Mon Dieu! ¡Peste! ¡Sacre Bleu! ¡Merde! ¡A mon secours!
O alguna frase parecida en cualquiera de los otros diez idiomas que hablaba con fluidez, aunque tan solo tuviera dieciséis años. Por el momento, pensaba en francés, pues es lo único que había estado hablando durante los últimos meses.
Que las alas se pudieran doblar, no era algo que le preocupara. Era muy joven, estallaba de savia juvenil, sus hormonas estaban reventando y gozaba de un increíble optimismo.


Sin embargo y a diferencia de muchos chicos de su edad, no vivía sólo para el momento. Tenía amplios planes para el resto de su vida. Pero un aviador de combate Aliado, cualquiera que fuera su edad, debía estar agudamente alerta cada segundo, de todo lo que ocurriera a su alrededor.


Si se distraía o tenía algún descuido, podía ir a parar al País de los Sueños.
Hoy era el día de Pascua. Confiaba en poder ver, por lo menos, otros ochenta y cuatro de aquellos días, en los que la Resurrección se festejaba y en América, los conejos dejaban huevos . Pero conocía las estadísticas de la guerra aérea. Hoy estás aquí y quizá hoy mismo, además, ya estás listo.


En cuanto pudo sacar al Nieuport del picado, comprobó que en aquel preciso instante se encontraba a 1700 metros de altitud. Aprovechó para mirar arriba, abajo, alrededor, a la derecha y a la izquierda.


No había ningún aparato más a la vista. Hasta ahora había esquivado a los dos aparatos Alemanes que le estaban persiguiendo cuando se había ocultado en aquella nube.


Debajo de él se encontraba el yermo campo de batalla. Parecía como si un vivaracho leprechaun  frenético hubiese estado cavando durante varios días, intentando encontrar la olla de oro que le habían robado. Obuses de metralla de alto poder explosivo y bombas cargadas de gas mostaza habían horadado miles de hoyos en la tierra. Luego, otros obuses habían estallado en estos agujeros y en los espacios que habían quedado entre los primeros, formando otros nuevos y aquellos nuevos hoyos, se habían ido moviendo de un lado para otro, continuamente. Si hubiera habido fantasmas en los hoyos, el campo de batalla estaría cubierto por una gruesa capa de ectoplasma gris.


Al sur se encontraban las trincheras medio destrozadas del Sexto Ejército Francés. Estaban ocupadas por los deshechos restos de los hombres que habían sobrevivido al apocalíptico bombardeo o por las últimas tropas de reserva, enviadas apresuradamente desde la retaguardia.


Al norte, estaban las trincheras Alemanas. Detrás de ellas, a unos pocos kilómetros, el sol galo de la región de la Picardía, relucía sobre los cañones Teutones, hilera tras hilera, y que ahora estaban silenciosos.
Entonces Savage, tuvo una peculiar sensación. Era como si lo hubiera estado viendo todo borroso y de repente se hubiera puesto los prismáticos de campaña. Allí donde había creído que no había nada importante, a unos diez kilómetros tras la artillería boche, había ahora un globo de observación alemán.


El Drachenballon, “globo dragón”, parecía chiquito a tanta distancia. Pero su amarillenta forma de media salchicha por uno de sus extremos, con tres estabilizadores hinchados, como gruesas alas cortas y un timón, también hinchado y con la cesta debajo, eran inconfundibles. Las cuerdas de las que estaba suspendido el cesto eran invisibles, al igual que el cable de anclaje y la línea telegráfica que iba desde la cesta hasta tierra. El camión de caja plana sobre el que estaba montado el cabestrante que sujetaba el cable no era tan pequeño como para no ser visto. Tampoco lo eran los anillos de los cañones antiaéreos, conocidos como “Archie” o “ack-ack” y los emplazamientos para las bocas de las ametralladoras pesadas, hechos con sacos terreros.


Savage volvió a mirar a su alrededor, arriba y abajo. La vigilancia continua ayudaba a mantenerte vivo. Pero también te ocasionaba un cuello entumecido.
El viento era del oeste, como de costumbre. Para volar hasta casa tenía que volar con el viento en contra aunque le empujaba hacia los lados, más que de frente. El indicador de carburante le señaló: “Hay combustible suficiente, si te apresuras a cambiar la fuente de alimentación y pasas a la de reserva, para llegar a nuestro aeródromo… ¡Pero no pierdas el tiempo holgazaneando! ¡Sigue volando!”


Más tarde al recordar estos momentos, supo que no había decidido lo que realmente iba a hacer. Sin pensárselo, viró hacia el Norte.
Y en esa dirección, a su derecha, había otro par de amarillas formas de salchicha, amarradas e identificadas con grandes cruces negras. Entre ellas había una separación de unos diez kilómetros. Debió de haberlas visto al mismo tiempo que vio la primera.


Ya para entonces, los defensores que estaban alrededor del primer aerostato debían haber localizado su avión. Seguramente estaban apuntando sus armas al solitario aparato, aunque no esperaran que se tratara de un enemigo. ¿Qué piloto iba a ser tan estúpido como para atacar ahora, cuando sabía que ya le habían detectado a tanta distancia?


Existían dos formas de hacer estallar un globo. Había que descender muy rápido hasta baja altura antes que el enemigo te divisara: O dejándose caer desde el interior de una nube, o que el cegador reflejo del sol diera sobre tu fuselaje en un picado descomunal y con el motor apagado, para que se dieran las menores señales de aviso posibles de tu aproximación. No tenía tiempo para usar ninguna de estas tácticas.


 Era mucho más peligroso atacar a un globo de observación, que un combate de aviones, no importa si se venía de un nivel de altura alto o bajo.
No se veían árboles en varios kilómetros a la redonda. Habían quedado hechos pedazos y las raíces, arrancadas desde hacía tiempo.


Si se acercaba a ras del suelo, recibiría el fuego concentrado de los rifles y las ametralladoras que había entre el globo y él. Por otro lado, los cañones “Archie” de 77 milímetros, no podían inclinarse lo suficiente como para dispararle, hasta que no ganara un poco más de altura. Y eso sólo ocurriría cuando se alzara para acercarse lo suficiente a la salchicha y poder dispararle con sus balas incendiarias.


Ya para entonces, los alemanes sabían, o creían saber, que era francés. Y que, por lo tanto, era lo bastante loco como para atacar. Por encima, por debajo y enfrente de él, unas negras nubecillas con fuego escarlata en el centro empezaron a saltar a su alrededor, como si fueran genios saliendo de la botella. Luego, la negrura pareció convertirse en algo sólido.
El Nieuport vibraba ligeramente. Pero lo que fuera que le había alcanzado, no le detuvo de su empinada zambullida.


Niveló las ruedas, mientras su aparato rugía, para pasar a un palmo escaso y no rozar el revuelto barro del escabroso panorama que había bajo su máquina. Entonces se fue hacia un montón de tierra, un cañón abandonado, un carro de combate carbonizado, barreras de alambre de espino que aún no habían sido destrozadas por las bombas explosivas o un transporte de cañón a medio volcar. Cuando todo esto le cerró el paso, obligó a su Nieuport a hacer una curva en arco por encima de todo aquello. También realizó un frenético zig-zag, mientras con la punta del ala casi refregaba el barro cuando se ladeó para cambiar su ruta.


Frente a él pudo ver las llamaradas al rojo blanco que le escupían las bocas de las ametralladoras.
Luego, pasó por sobre la primera línea de las trincheras, también sobre la segunda línea, la tercera, que era como un laberinto y empezó a alzar vivamente su aparato.
El globo estaba siendo rápidamente arrastrado por el cabestrante. Una negra humareda se desprendía del motor a gasoil que estaba asentado en el camión-soporte, mientras se esforzaba para conseguir bajarlo del cielo.


El circulo exterior que formaban las ametralladoras estaba actuando al máximo. Sus cañones se balanceaban, intentando anticiparse a su paso, mientras escupían su metralla. Y entonces se encontró que se había ido a situar sobre estos, una posición que no le convenía en absoluto pero que era inevitable si quería darle a la salchicha. Se encontraba ahora descendiendo hasta llegar casi a ciento cincuenta metros del camión-soporte.


Su avión se sacudió un par de veces, al ser alcanzado en algún punto de la estructura de su fuselaje. Estaba seguro que los proyectiles estaban dejando su Nieuport como un colador, pues no podía sentir el impacto más que cuando las balas alcanzaban la parte del fuselaje más próxima a la cabina.


Efectuó una maniobra, como un tremendo latigazo, que llevó al avión de forma empinada hacia lo alto, provocando que la parte derecha del tablero de instrumentos estallara en pedazos que fueron a estrellarse contra sus gafas y su cara. El cristal del lado izquierdo de las gafas se había astillado, a pesar de lo cual, podía ver a través del mismo. Si su cara estaba sangrando, no le molestaba en absoluto.


Repentinamente, mientras el globo aerostático se iba haciendo más grande, unas pequeñas nubes negras y expansivas empezaron a aparecer frente a él. Un segundo después, al igual que si se tratara de unas coloreadas cuentas de un brillo deslumbrante, verdoso y rojizo, ensartadas en un hilo, empezaron a estallar a su alrededor unas “cebollas llameantes”. Eran bombas, tan temibles como los “ack-ack” y el Nieuport se estremeció cada vez que estallaban.


El hermoso, aunque siniestro, calidoscopio de humo y fuego, empezó a desvanecerse. Había llegado demasiado cerca del globo y los defensores no querían arriesgarse a darle a su propio artefacto.


El biplano tembló tres veces, como un ave zancuda metiéndose en las heladas aguas del mar Ártico. Si le habían herido fatalmente, el avión no dio señales de ello. Sin un titubeo, con su hélice rugiendo a toda velocidad y con un ángulo de ascenso casi en vertical al suelo, el Nieuport se lanzó hacia arriba contra el globo. Podría decirse que prácticamente, el aparato estaba colgado de su hélice.
Podía ver delante de él y por encima, a los dos observadores que se asomaban al exterior de la góndola, con los morros de sus rifles, llameando. No duró demasiado. Pronto desaparecieron sus cabezas. Uno de ellos, entonces empezó a subirse sobre el borde de la góndola y saltó al vacío. Si el paracaídas se le abrió a tiempo y qué es lo que le ocurrió al otro individuo, es algo que Savage nunca llegó a saber.


Las ametralladoras gemelas Vickers, una de las cuales estaba montada en la cabina del piloto y la otra, también en la parte delantera, pero a la izquierda, se estremecieron ruidosamente, como dos gatos hambrientos que hubieran visto un ratón regordete. El recorrido de sus balas, balas trazadoras llameantes, le mostraron el paso de las bombas, bombas de gran calibre e incendiarias, que fueron a dar contra la cesta. Esta voló hacia lo lejos, como un nido de pájaros zarandeado por un tornado.


Las dos hileras de balas al rojo vivo, se estrellaron contra la parte inferior de la salchicha. Su contenido de hidrógeno empezó un goteo rojizo. La explosión golpeó con tanta fuerza su Nieuport, que pareció que se quedaba inmóvil en el aire. Pero no fue así. Y el llameante globo inició entonces su caída.
Por muy poco, el ala izquierda de su aparato no fue cortada por el cable, que de repente se había quedado suelto y Savage notó el tremendo calor de las llamas al pasar por encima del globo.


Entonces, el Nieuport se venció hacia un lado. Savage lo enderezó, aunque no pudo evitar que iniciara un picado. Gracias tan solo a que el otro lado del punto de observación se ladeó excesivamente, pudo evitar aplastarse contra el suelo. A pesar de ello, las ruedas golpearon con fuerza sobre la áspera superficie de la tierra, cuando el aparato rebotó, saliendo disparado hacia arriba, prácticamente fuera de control.


Pensó que debía haber perdido las ruedas, aunque no pudo comprobarlo pues estaba demasiado atareado intentando mantener recto el aparato. Otra cosa era ser capaz de mantenerlo nivelado…
Cayó en picado. Estaba tan cerca del suelo, que veía aún en forma inclinada debajo de él, que comprendió que sus ruedas habían sido arrancadas. Confió en que la punta giratoria de su hélice se hundiría en el barro por lo menos una pulgada o algo así, por debajo de él.


Entonces volvió a elevarse y el “Archie” volvió a dirigir sus proyectiles muy cerca del aparato, demasiado cerca. Una humareda negra apareció frente a él y de repente, un enorme orificio mellado apareció en el lado izquierdo de su parabrisas. Al mismo tiempo, el lado derecho de su cuero cabelludo sufrió una quemadura. Dando un rápido vistazo a su alrededor, vio que estaba situado a la izquierda del segundo globo y aproximándose al mismo, en diagonal. Las nubecillas negras de las explosiones, con sus fogonazos en forma de corazón, una especie de banco de peces autodestructivos que le envolvía, llegaban ininterrumpidamente desde sus defensas. Empujó hacia abajo, suavemente, la barra de control. El “ack-ack” ya no le podía alcanzar. Pero los rifles y las ametralladoras sí que podían.


Para empeorar las cosas, un tropel de soldados a su derecha, a unos cientos de metros más allá y unos cincuenta metros bajo su aparato, estaban ya disparando contra él, con sus fusiles Máuser y sus ametralladoras Maxim.
Una humareda oleosa que provenía del fuego que había bajo la cubierta de su motor, le iba envolviendo la cabeza. Estaba medio cegado. Sus orificios nasales le picaban. Empezó a toser, lo que en las condiciones actuales, era una reacción muy peligrosa.


Al mismo tiempo sintió el viento frío sobre el hilillo líquido que le descendía por el lado derecho de su cara. La quemadura de la cara se la debía haber causado un trozo de metralla, que le había producido un corte a través de su casco de piloto forrado de piel y atravesándolo hasta alcanzar su cuero cabelludo. El fluido que le corría por la cara era sangre, que al principio había sido absorbida por el forro de piel, pero que ahora fluía a través del casco y se evaporaba rápidamente al contacto con el viento.


Miró hacia atrás. Las llamas se retorcían en la parte posterior del fuselaje como tentáculos sangrientos de un pulpo herido. El Nieuport podía estallar en cualquier momento. Y ahora, a pesar de la humareda que salía del motor y de la molesta película de aceite sobre sus gafas, pudo ver un nuevo peligro.
Lanzándose desde lo alto y por detrás, venían dos Pfalz. Empezarían a disparar contra él dentro de los próximos diez segundos.


Se alzó las gafas y las colocó sobre su frente, pues los restos oleosos del humo del motor, las habían velado por completo. Tuvo que entornar los ojos, pues los tenía ardiendo.


Algo golpeó hacia arriba su pie derecho, en su posición sobre la barra del timón. Su hombro derecho le empezó a arder de repente. El borde de la cabina salió arrancado hacia un lado.


Lo que sucedió a partir de aquel momento, se filtró en su mente como a través de una pantalla a media luz. Vagamente se dio cuenta que la parte izquierda del panel de instrumentos había reventado debido a las balas que le habían disparado desde atrás. Igualmente difusa era la sensación del paso del tiempo desde aquel momento hasta que vio un río a una docena de metros por debajo suyo. Más tarde, recordó, como entre brumas, que había estado buscando a tientas, con la hebilla de su cinturón roto.
El tiempo dejó de existir para él.

II

CUANDO RECUPERÓ parcialmente el conocimiento, estaba gateando por el fango. Tenía la cara ligeramente por encima del mismo. El barro hedía a peces, muertos desde hacía mucho tiempo y medio disueltos en la tierra empapada. Un pequeño cráter apareció de repente a unos pasos de donde se encontraba. No podía oírlo muy bien, pero sabía, de forma confusa, que estaban disparando contra él. Siguió arrastrándose, sintiendo la tierra húmeda y helada contra su rodilla derecha que le sobresalía a través de un desgarrón de su traje de vuelo. Su pierna derecha se arrastraba ligeramente.


De alguna manera había sobrevivido al estrellarse el aparato y había ido nadando hasta la orilla, arrastrando su pesada vestimenta.


La orilla del río, se alzaba ligeramente. Si conseguía llegar al punto más elevado y a un lugar que estaba un poco más alejado, podría quizá salir de la línea de fuego.


Le pareció que le tomaría mucho tiempo. Mientras tanto, otros cráteres de barro aparecieron ante él. Mientras había estado arrastrándose sobre el borde del punto más elevado de la orilla y se había dejado caer rodando al otro lado, casi había recuperado por completo la facultad de oír. Los rifles seguían disparando en su dirección.


Precisamente frente a él, apareció una carretera fangosa y llena de rodaduras. Algo más allá, había un bosque destruido, tocones de árbol sobresaliendo, troncos caídos y desparramados como los fósforos de una caja rota, pocas ramas, y las pocas que había, hechas trizas.


Giró y siguió gateando y arrastrándose hacia un montón de terrosos hierbajos, mezclados con fango. Miró con un ojo de un lado al otro. En aquel punto, el río debía tener unos sesenta metros de anchura. Posiblemente era el Verse, un afluente del Oise. Debía haber caído muy cerca de Noyon, que ahora estaba en poder de los Alemanes.


El estruendo de los disparos de las armas de los soldados que estaban al otro lado de la orilla, llegó hasta sus oídos. Pero de repente, cesó el estrépito.
En mitad del río había tres barcos. Uno de ellos era un remolcador que tiraba de una docena de gabarras llenas de carbón. La cabina del piloto carecía de techumbre.


El segundo, estaba corriente arriba del remolcador. Cubierto de proa a popa por enormes y feroces llamas. Su casco medio destrozado, hacía pensar que se trataba de un barco patrullero. Cuando se fijó en él, algo estalló en medio del barco y una parte de la proa, se hundió, seguida poco después por la sección de popa.


El tercer barco era un buque patrulla a vapor, navegando bajo la bandera del Imperio del Kaiser. Sus ametralladoras apuntaban al lugar en donde había estado él antes, en la orilla, pero ahora estaban en silencio. Estaban encarándose hacia donde se encontraba. Pronto el barco patrulla desembarcaría hombres para proceder a su detención. Y vehículos cargados de soldados ansiosos de disparar contra un fugitivo, podían llegar muy pronto por la carretera, si es que no se quedaban encharcados en el lodo.


No había ya señal de los dos Pfalz que se habían metido tras su cola antes de estrellarse. Sus pilotos debían haber quedado satisfechos por poder compartir el crédito por una nueva victoria. O quizá por su primera victoria.


Se dio la vuelta y se fue arrastrando hacia la carretera. Cojeando y sintiendo una gran debilidad en su pierna derecha, se levantó y cruzó la carretera. Sus pies se hundieron profundamente y produjeron sonidos de succión cuando los movió por el fangal. Alcanzando el otro lado de la carretera, se enderezó, dejando su caminar medio agachado. Por el momento, había conseguido colocarse más allá de la vista de sus enemigos.


El bosque, que ahora no era más que una enorme montaña de dispersos troncos de árboles a medio quemar, no le ofrecía ningún lugar en el que ocultarse. No obstante, empezó a caminar, aunque con alguna dificultad, atravesándolo y dando un rodeo cuando alguno de los chamuscados tocones o pilas de troncos quemados, le impedían el paso. Mientras iba caminando, se preguntaba sobre lo que debía haber ocurrido tras haber perdido el conocimiento. En realidad, debía de haber muerto. ¿Qué es lo que había arrancado el techo de la cabina del piloto de la gabarra? Su aeroplano, sobre eso no tenía duda. Debía haber golpeado la parte superior de la cabina del capataz de la gabarra con un golpe de lado y entonces había rebotado. Al final del rebote, que debió hacer en forma de arco, fue a dar contra el barco patrulla. El Nieuport se había estrellado contra el barco y había estallado.


Se debía haber hecho papilla tras el impacto y luego haber ardido hasta no quedar más que las cenizas, al incendiarse su combustible, altamente explosivo.
Durante el corto lapso de tiempo en que el Nieuport había rebotado sobre el techo de la cabina del piloto de la gabarra y se había estampado contra el barco patrulla, debió salir catapultado fuera de su propia cabina. Ya esto, por sí solo, era un verdadero milagro pues era un hombre de una gran constitución física y había tenido que liberarse a sí mismo del interior de la cabina del piloto. Había estado constreñido allí dentro como si hubiera sido enlatado en un ataúd hecho a medida para una mujer que no tuviera brazos. Posiblemente fue despedido cuando el avión salió rebotado por la caseta del piloto de la gabarra. O quizá salió expulsado al exterior porque el fuselaje se había partido por un lado, al primer impacto.


Cuando se estrelló contra el agua, debió ser arrojado, por lo menos, a una velocidad de ciento sesenta kilómetros por hora. Debía de haber quedado literalmente planchado, como si se hubiera estampado contra un muro de cemento. ¿Podría un hombre sobrevivir a algo así?


La prueba de que sí era posible, habiendo entrado en el agua a un ángulo adecuado, es que estaba aquí, en tierra y con capacidad para caminar. Naturalmente, su penetración en el agua sin quedar mortalmente herido a tal velocidad, había sido meramente una cuestión de pura suerte.


Ya en este momento estaba muy adentrado en el bosque, que desde hacía tiempo, no era tal bosque. Aunque estuvo bregando al pasar por encima de troncos de árboles medio cortados y ennegrecidos por las llamas y que caminó sobre muchos de estos y saltó sobre los otros, no por eso pudo evitar dejar tras de sí, huella de sus pasos en muchos puntos. Al poco rato, ya había salido de los bosques arrasados. Ante él aparecía otra carretera, tan embarrada como la primera. Tras ella, otro bosque.

 

Este no había sufrido los destrozos de la guerra, si bien muchos de sus árboles habían sido talados. El combustible era muy escaso en Francia. Muchos árboles que en tiempo de paz hubieran sido respetados, ahora tenían que ser utilizados. Las nubes se habían ido concentrando hasta dejar el cielo totalmente cubierto, oscuro y con aspecto amenazador, con relámpagos en la lejanía. La lluvia se presentó inopinadamente, sin el previo aviso de algunas gotas sueltas. Al mismo tiempo, el viento del oeste sopló con la misma fuerza que si hubiera salido de una bolsa que se hubiera reventado. Atravesó la carretera, inclinándose ligeramente hacia su izquierda, para evitar el fuerte embate del vendaval. La lluvia, si se mantenía durante más tiempo, acabaría borrando sus huellas.


Completamente adentrado en los bosques, se refugió bajo el borde de un promontorio de piedra arenisca, próximo a un naciente riachuelo. Se sacó los guantes, las gafas de aviador, el casco y el traje de vuelo. Con un pañuelo, limpió la capa de aceitosa de las gafas y luego se sacó un par de barritas de chocolate de un bolsillo que había en una de las perneras de sus pantalones. Estaba hambriento pero, posiblemente, necesitaría las barras más tarde. Sería mejor que las guardara para otro momento.


Tras volver a meter las barras en el bolsillo, inspeccionó sus heridas. Para hacerlo, tuvo que quitarse toda la ropa. En su cabeza tenía dos señales poco profundas, pero muy dolorosas. Tenía la cara llena de pequeñas heridas. La cara exterior de su muslo derecho, en la parte superior, había sido rozada ligeramente por una bala. Además, tenía una contusión en forma de hoja de cuchillo señalando hacia la parte inferior de su pantorrilla, de unos doce centímetros de longitud. Esta lesión había debilitado bastante la pierna y le hacía cojear ligeramente.


La cara interior de su muslo izquierdo, junto a la ingle, tenía un corte abierto aunque no muy profundo, producido por un trozo de metralla o quizá una bala. Su hombro derecho que es donde había recibido el golpe más fuerte, es lo que más le dolía de todo. Su cuello también le dolía mucho. Tenía algunas pequeñas heridas en la espalda y en los pies. Y también erosiones en el codo derecho, por la parte externa, como si se hubiera arrastrado sobre una pista de cemento.

 

Tenía los dorsos de la mano cubiertas de sangre reseca. Fragmentos de metralla habían penetrado a través de sus gruesos guantes de cuero y las pequeñas partículas incandescentes, le habían quemado las manos mientras se le estaban descongelando. Un poco por encima de su rodilla izquierda, tenía clavado un fragmento de la parte exterior de una bomba, en forma de triángulo y del tamaño de una moneda de diez centavos, que se arrancó.
Como no había nadie cerca, se permitió un gemido de dolor, cuando se sacó este fragmento. A pesar de la gran cantidad de heridas que había sufrido, no había perdido excesiva sangre.
Podía aprovechar el traje y el casco, aunque tenían cuatro agujeros grandes y más de media docena de pequeños.


Estaba enfriándose. Empezó a tiritar aun más, cuando se volvió a poner la camiseta y los calcetines. El agua del río le había pasado bajo la ropa y estaba empapado. Hasta que estuvo completamente vestido y el calor del cuerpo se extendió por debajo del grueso cuero y el forro interior del traje de vuelo, no volvió a sentir una sensación de calor, aunque sólo fuera en parte de su cuerpo.
Sus pies, enfundados en las botas de cuero forradas de piel, seguían completamente helados. Aunque había mantenido las botas colgadas boca abajo, para que se escurrieran, no habían escurrido toda el agua.


Sacó su revólver.45 Colt New Service del tirante sujetador y lo enjugó con uno de los dos pañuelos que llevaba. Revisó el cuchillo de caza que portaba en una funda especial cosida a la pernera derecha de su pantalón de vuelo. En la ancha hoja del arma, había una melladura en medio de la misma. Una bala o un fragmento de metralla había dado allí y había arrancado el fragmento que faltaba. Ahora comprendía el origen de la contusión en forma de hoja que presentaba en su pierna derecha. De no haber sido por el cuchillo, podía haber recibido una herida muy peligrosa en aquella parte de su cuerpo. No obstante, la magulladura le dolía bastante.


La lluvia caía sobre él, como una cascada desde el borde del risco, hasta un punto junto a los dedos de sus pies. No creyó que alguien situado en el otro lado del riachuelo pudiera descubrirle a través de la catarata de agua, especialmente ahora, cuando el cielo se había ido espesando con unos nubarrones oscuros.


Sin embargo, debería moverse pronto. El nivel del arroyo estaba creciendo con tanta rapidez que estaría lamiéndole los pies antes de veinte minutos.
Más allá, entre las líneas francesas y él, se encontraban unos centenares de miles de soldados alemanes. Más de un centenar de personal de tropa debían estar buscándole, sin lugar a dudas. Podía ir en dirección noroeste, hacia Holanda, un país neutral, pero estaba demasiado lejos para sus posibilidades. Además tendría que eludir a los militares alemanes y conseguir que le ayudaran los civiles franceses, así como los belgas, mientras fuera deambulando furtivamente por todo el territorio. Y luego de todo esto, además tendría que eludir a un montón de puestos de guardia y una barrera triple que los boches habían establecido a lo largo de la frontera holandesa.


La Ofensiva Ludendorff, lanzada el 21 de Marzo, había puesto de rodillas a los franceses y a los británicos. Ya habían estado antes en esta mala situación, pero en esta ocasión, era muy dudoso que pudieran volver a recuperarse. Los británicos podrían tener que evacuar vía Dunkerque y volverse a Inglaterra. Los franceses estaban contemplando solicitar condiciones para la paz, aunque no lo dijera ningún periódico. Las primeras fuerzas americanas habían llegado a Europa, pero estaban aún pobremente organizadas. El First Pursuit Group (Primer Grupo de Caza) del Servicio Aéreo de los Estados Unidos, según sabía Savage, estaba en Toulon. Pero aquellos pilotos estaban a la espera de que les instalaran ametralladoras en sus aviones. Tendría que transcurrir algún tiempo hasta que éstos y las tropas americanas de infantería, pudieran ser de alguna efectividad.


A menos que los Aliados, de alguna forma, consiguieran mantener sus líneas y luego, hicieran retroceder a los alemanes, perderían la guerra. Los U.S.A. habían hecho la declaración de guerra contra las Potencias Centrales, demasiado tarde.
Savage hubiera querido estar en los Pursuit Squadrons nº 94 o 95, destacados en Toulon. Pero el Coronel Billy Mitchell, le había asignado temporalmente, según le especificó, a una unidad de combate aérea francesa. Mitchell deseaba que Savage adquiriera tanta experiencia como fuera posible y muy deprisa. A la vez, debería realizar un informe completo sobre los métodos de combate franceses y sus sistemas de mantenimiento.


—Es Ud. muy joven —le comentó Mitchell y añadió sonriendo—. Unos dieciocho, imagino.
¿Sabía Mitchell su edad verdadera?
—Estoy impresionado por su expediente como piloto, como oficial y por su perfecto dominio del francés. Es posible que se sienta disgustado al no poder estar junto con sus compañeros americanos. Pero este destino, le será finalmente muy beneficioso. Eso, sin tener en cuenta que el GHQ , por alguna razón insondable, ha ordenado que sea Ud. destinado a aquella unidad. Buena suerte. La necesitará.
Esto había sido todo. Savage había partido dos horas más tarde a su nuevo destino.


Como cualquier joven recién llegado, Savage soñaba en convertirse en un as. O, si la guerra duraba lo suficiente, igualar o superar el record de victorias del Barón Manfred Von Richthofen, que dirigía el Circo Volante Alemán, cuyos aviones completamente pintados de rojo eran el terror del Frente Oriental.
No iba a entrar en acción inmediatamente. Su mando inmediato, el Capitán Henry Joseph de Slade, del Escuadrón de Caza Spad 159, batallaba como si no le importaran las posibilidades en contra. Pero no iba a permitir que los novatos bajo su responsabilidad entraran en combate, hasta que no tuvieran una preparación suficiente.


Este día, Savage había salido en su sexto vuelo, una patrulla al alba, para ir adquiriendo experiencia. Estaba malhumorado. Quizá porque era tiempo de Pascua y las Furias de la Guerra habían partido embravecidas durante un día, para celebrar el advenimiento de entre los muertos, del Príncipe de la Paz . O quizá era porque los hunos habían tenido grandes pérdidas durante la ofensiva, el caso es que aquel día los únicos enemigos visibles en el cielo, eran algunos aviones de observación, demasiado alejados para ir en su busca.


El vuelo nocturno había sido completamente diferente. Al volver Savage de su misión matutina y estacionar su aparato, un Spad perteneciente a otra misión, había vuelto con su piloto gravemente herido. Al tomar tierra, había pasado junto a su avión y su máquina se había estrellado contra la de Doc. Ambos aparatos quedaron deshechos, aunque el infeliz piloto pudo sobrevivir. Los únicos aviones disponibles eran los Nieuport que habían sido enviados hacía muy poco, apresuradamente, para ir sustituyendo a los Spad que se perdían en combate o en accidentes. Los Spads solicitados no habían llegado todavía.


A Savage no le había gustado nada lo que había ocurrido. Mantenía su propio aparato en una condición óptima y por sí mismo, mucho mejor que hubiera podido hacerlo cualquier mecánico. También se ocupaba de calibrar todos y cada uno de los proyectiles que debían dispararse desde sus ametralladoras.

 

Cualquiera que no se ajustara exactamente a las especificaciones, era descartado inmediatamente. No quería que se le atascaran sus ametralladoras en el momento más inoportuno. O cuando fuera, por esta razón.
Aún es más. No quería pasarse por alto aquella misión. Y de Slade, un hombre temerario, no entendería que lo hiciera. Precisamente, antes de subir a sus aviones, de Slade le arengó:
—Teniente Savage, puede que esté listo, o no. Eso se habrá de ver. Pero ya ha llegado el momento de que se suelte. ¡Al ataque, mi pequeño! ¡Bougez les barbariens!


Pudiera o no confiar en su aparato, Savage tuvo que unirse a la expedición de caza. El concepto abstracto del honor, se sobreponía al más concreto de lo práctico. Tras el despegue y una vez nivelado a los 1500 metros de altura, se fue familiarizando con las características del Nieuport. Era una buena máquina, aunque él prefería su Spad S.XIII. Además, su cara se le había casi congelado, mientras que sus piernas y la parte inferior de su pecho, estaban sudando copiosamente. El motor rotativo LeRhone, irradiaba un calor tremendo, que se colaba en la cabina del piloto y por si fuera poco, la lubricación del motor era a base de aceite de castor e inhalar los vapores del mismo, podía llevar a unas consecuencias altamente incómodas, muy desagradables y tremendamente embarazosas.


Lejos, en el Oeste, se estaban formando un inmenso y redondo alto-cúmulo, que se anunciaba con toda una orquesta de terribles truenos. El cielo sobre aquella área, sin embargo, era una labor de retales formada por escurridizas nubes ligeras, mezcladas con otras de lo más grueso que se puede imaginar, aderezado con ocasionales claros inesperados entre todas ellas. Su vuelo transcurrió por encima de la mayoría de estas. Estaba alerta ante el enemigo que podía aparecer por encima, por debajo y, al abrirse las nubes, entre ellas.


Entonces, mientras volaban sobre un claro entre las nubes, particularmente largo, de Slade agitó las alas de su aparato para atraer la atención del grupo. Señaló delante suyo y un poco más abajo. A Savage le costó algunos segundos el poder ver lo que su jefe les estaba señalando. Doce enormes biplanos de dos plazas en formación en V, acababan de salir de entre una nube. Parecían aparatos de reconocimiento del tipo Rumpler C.IV de gran radio de acción. Estaban aproximadamente a 3600 metros de altura.


Por encima de estos a unos 4600 metros y saliendo de la misma nube, apareció su escolta, compuesta por una veintena de cazas Pfalz D.IIIa. Como los franceses estaban en el sol, posiblemente los alemanes no les habían visto.
De Slade dio la señal de ataque e inmediatamente se lanzó en picado. Savage, con su corazón palpitando aceleradamente, fue tras él junto con los otros doce aparatos a la chasse . ¡Por fin! ¡Acción!

 

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