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En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.En su órbita, a una distancia aproximada de ciento cincuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores,
descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.
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Lamentablemente, sin embargo, antes de que pudiera llamar por teléfono para
contárselo a alguien, ocurrió una catástrofe terrible y estúpida y la idea se perdió para siempre.
Esta no es la historia de la muchacha.
Sino la de aquella catástrofe terrible y estúpida, y la de algunas de sus consecuencias. También es la historia de un libro, titulado Guía del autoestopista galáctico; no se trata de un libro terrestre, pues nunca se publicó en la Tierra y, hasta que ocurrió la terrible catástrofe, ningún terrestre lo vio ni oyó hablar de él.
No obstante, es un libro absolutamente notable.
En realidad, probablemente se trate del libro más notable que jamás publicaran las grandes compañías editoras de la Osa Menor, de las cuales tampoco ha oído hablar terrestre alguno.
Y no sólo es un libro absolutamente notable, sino que también ha tenido un éxito
enorme: es más famoso que las Obras escogidas sobre el cuidado del hogar espacial, más vendido que las Otras cincuenta y tres cosas que hacer en gravedad cero, y más polémico que la trilogía de devastadora fuerza filosófica de Oolon Colluphid En qué se equivocó Dios, Otros grandes errores de Dios y Pero ¿quién es ese tal Dios?
En muchas de las civilizaciones más tranquilas del margen oriental exterior de la
galaxia, la Guía del autoestopista ya ha sustituido a la gran Enciclopedia galáctica como la fuente reconocida de todo el conocimiento y la sabiduría, porque si bien incurre en muchas omisiones y contiene abundantes hechos de autenticidad dudosa, supera a la segunda obra, más antigua y prosaica, en dos aspectos importantes.
En primer lugar, es un poco más barata; y luego, grabada en la portada con simpáticas letras grandes, ostenta la leyenda:
NO SE ASUSTE.
Pero la historia de aquel jueves terrible y estúpido, la narración de sus consecuencias extraordinarias y el relato de cómo tales consecuencias están indisolublemente entrelazadas con ese libro notable, comienza de manera muy sencilla.
Empieza con una casa.
1
La casa se alzaba en un pequeño promontorio, justo en las afueras del pueblo. Estaba sola y daba a una ancha extensión cultivable de la campiña occidental. No era una casa admirable en sentido alguno; tenía unos treinta años de antigüedad, era achaparrada más bien cuadrada, de ladrillo, con cuatro ventanas en la fachada delantera y de tamaño y proporciones que conseguían ser bastante desagradables a la vista.
La única persona para quien la casa resultaba en cierto modo especial, era Arthur Dent, y ello sólo porque daba la casualidad de que era el único que vivía en ella. La había habitado durante tres años, desde que se mudó de Londres, donde se irritaba y se ponía nervioso. También tenía unos treinta años; era alto y moreno, y nunca se sentía enteramente a gusto consigo mismo. Lo que más solía preocuparle era el hecho de que la gente le preguntara siempre por qué tenía un aspecto tan preocupado. Trabajaba en la emisora local de radio, y solía decir a sus amigos que su actividad era mucho más interesante de lo que ellos probablemente pensaban.
El miércoles por la noche había llovido mucho y el camino estaba húmedo y
embarrado, pero el jueves por la mañana había un sol claro y brillante que, según iba a resultar, lucía sobre la casa de Arthur por última vez.
Aún no se le había comunicado a Arthur en forma debida que el ayuntamiento quería derribarla para construir en su lugar una vía de circunvalación.
A las ocho de la mañana de aquel jueves, Arthur no se encontraba muy bien. Se
despertó con los ojos turbios, se levantó, deambuló agotado por la habitación, abrió una
ventana, vio un bulldozer, encontró las zapatillas y, dando un traspiés, se encaminó al
baño para lavarse.
Pasta de dientes en el cepillo: ya, a frotar.
Espejo para afeitarse: apuntaba al cielo. Lo acopló. Durante un momento el espejo
reflejó otro bulldozer por la ventana del baño. Convenientemente ajustado, reflejó la
encrespada barba de Arthur. Se afeitó, se lavó, se secó y, dando trompicones, se dirigió a
la cocina con idea de hallar algo agradable que llevarse a la boca.
Cafetera, enchufe, nevera, leche, café. Bostezo.
Por un momento, la palabra «bulldozer» vagó por su mente en busca de algo
relacionado con ella.
El bulldozer que se veía por la ventana de la cocina era muy grande.
Lo miró fijamente.
«Amarillo», pensó, y fue tambaleándose a su habitación para vestirse.
Al pasar por el baño se detuvo para beber un gran vaso de agua, y luego otro. Empezó
a sospechar que tenía resaca. ¿Por qué tenía resaca? ¿Había bebido la noche anterior?
Supuso que así debió ser. Atisbó un destello en el espejo de afeitarse.
«Amarillo», pensó, y siguió su camino vacilante hacia la habitación.
Se detuvo a reflexionar. La taberna, pensó. ¡Santo Dios, la taberna! Vagamente
recordó haberse enfadado por algo que parecía importante. Se lo estuvo explicando a la
gente, y más bien sospechó que se lo había contado con gran detalle: su recuerdo visual
4
más nítido era el de miradas vidriosas en las caras de los demás. Acababa de descubrir
algo sobre una nueva vía de circunvalación. Habían circulado rumores durante meses,
pero nadie parecía saber nada al respecto. Ridículo. Bebió un trago de agua.
Eso ya se arreglaría solo, concluyó; nadie quería una vía de circunvalación, y el
ayuntamiento no tenía en qué basar sus pretensiones. El asunto se arreglaría por sí solo.
Pero qué espantosa resaca le había producido. Se miró en la luna del armario. Sacó la
lengua.
«Amarilla», pensó.
La palabra amarillo vagó por su mente en busca de algo relacionado con ella.
Quince segundos después había salido de la casa y estaba tumbado delante de un
enorme bulldozer amarillo que avanzaba por el sendero del jardín.
Mister L. Prosser era, como suele decirse, muy humano. En otras palabras, era un
organismo basado en el carbono, bípedo, y descendiente del mono. Más concretamente,
tenía cuarenta años, era gordo y despreciable y trabajaba para el ayuntamiento de la
localidad. Cosa bastante curiosa, aunque él lo ignoraba, era que descendía por línea
masculina directa de Gengis Kan, si bien las generaciones intermedias y la mezcla de
razas habían escamoteado sus genes de tal manera que no poseía rasgos mongoloides
visibles, y los únicos vestigios que aún conservaba mister L. Prosser de su poderoso
antepasado eran una pronunciada corpulencia en torno a la barriga y cierta predilección
hacia pequeños gorros de piel.
De ningún modo era un gran guerrero; en realidad, era un hombre nervioso y
preocupado. Aquel día estaba especialmente nervioso y preocupado porque había topado
con una dificultad grave en su trabajo, que consistía en quitar de en medio la casa de
Arthur Dent antes de que acabara el día.
– Vamos, mister Dent -dijo-, usted sabe que no puede ganar. No puede estar tumbado
delante del bulldozer de manera indefinida.
Intentó dar un brillo fiero a su mirada, pero sus ojos no le respondieron.
Arthur siguió tumbado en el suelo y le lanzó una réplica desconcertante.
– Bueno -dijo-; ya veremos quién se achata antes.
– Me temo que tendrá que aceptarlo -repuso mister Prosser, empuñando su gorro de
piel y colocándoselo del revés en la coronilla-. ¡Esa vía de circunvalación debe construirse
y se construirá!
– Es la primera noticia que tengo – afirmó Arthur-. ¿Por qué tiene que construirse?
Mister Prosser agitó el dedo durante un rato delante de Arthur; luego dejó de hacerlo y
lo retiró.
– ¿Qué quiere decir con eso de por qué tiene que construirse? – le preguntó a su vez-.
Se trata de una vía de circunvalación. Y hay que construir vías de circunvalación.
Las vías de circunvalación son artificios que permiten a ciertas personas pasar con
mucha rapidez de un punto A a un punto B, mientras que otras avanzan a mucha
velocidad desde el punto B al punto A. La gente que vive en un punto C, justo en medio
de los otros dos, suele preguntarse con frecuencia por la gran importancia que debe tener
el punto A para que tanta gente del punto B tengan tantas ganas de ir para allá, y qué
interés tan grande tiene el punto B para que tanta gente del punto A sienta tantos deseos
de acudir a él. A menudo ansían que las personas descubran de una vez para siempre el
lugar donde quieren quedarse.
Mister Prosser quería ir a un punto D. El punto D no estaba en ningún sitio en especial,
sólo se trataba de cualquier punto conveniente que se encontrara a mucha distancia de
los puntos A, B y C. Llegaría a tener una bonita casita de campo en el punto D, con
hachas encima de la puerta, y pasaría una agradable cantidad de tiempo en el punto E,
donde estaría la taberna más próxima al punto D. Su mujer, por supuesto, quería rosales
trepadores, pero él prefería hachas. No sabía por qué; sólo que le gustaban las hachas.
Se ruborizó profundamente ante las muecas burlonas de los conductores de los
bulldozers.
Empezó a apoyarse en un pie y luego en otro, pero estaba igualmente incómodo
descargando el peso en cualquiera de los dos. Estaba claro que alguien había sido
sumamente incompetente, y esperaba por lo más sagrado que no hubiera sido él.
– Tenía usted derecho a hacer sugerencias o a presentar objeciones a su debido
tiempo, ¿sabe? -dijo mister Prosser.
– ¿A su debido tiempo? -gritó Arthur-. ¡A su debido tiempo! La primera noticia que he
tenido fue ayer, cuando vino un obrero a mi casa. Le pregunté si venía a limpiar las
ventanas y me contestó que no, que venía a derribar mi casa. No me lo dijo
inmediatamente, desde luego. Claro que no. Primero me limpió un par de ventanas y me
cobró cinco libras. Luego me lo dijo.
– Pero mister Dent, los planos han estado expuestos en la oficina de planificación local
desde hace nueve meses.
– ¡Ah, claro! Ayer por la tarde, en cuanto me enteré, fui corriendo a verlos. No se ha
excedido usted precisamente en llamar la atención hacia ellos, ¿verdad que no? Me
refiero a decírselo realmente a alguien, o algo así.
– Pero los planos estaban a la vista…
– ¿A la vista? Si incluso tuve que bajar al sótano para verlos.
– Ahí está el departamento de exposición pública.
– Con una linterna.
– Bueno, probablemente se había ido la luz.
– Igual que en las escaleras.
– Pero bueno, encontró el aviso, ¿no?
– Sí -contestó Arthur-, lo encontré. – Estaba a la vista en el fondo de un archivador
cerrado con llave y colocado en un lavabo en desuso en cuya puerta había un letrero que
decía: Cuidado con el leopardo.
Por el cielo pasó una nube. Arrojó una sombra sobre Arthur Dent, que estaba tumbado
en el barro frío, apoyado en el codo. Arrojó otra sombra sobre la casa de Arthur Dent.
Mister Prosser frunció el ceño.