Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tras un breve período como marino en un petrolero, vivió tres años en Francia, donde trabajó como traductor, “negro” literario y cuidador de una finca; desde 1974 reside en Nueva York.
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Durante todo un año no hizo otra cosa que conducir, viajar de acá para allá por los Estados Unidos mientras esperaba a que se le acabara el dinero. No había previsto que durara tanto, pero una cosa iba llevando a la otra, y cuando Nashe comprendió lo que le estaba ocurriendo, había dejado de desear que aquello terminara.
El tercer día del decimotercer mes conoció al muchacho que se hacía llamar Jackpot. Fue uno de esos encuentros casuales que parecen surgir de la nada: una ramita que el viento rompe y que de repente aterriza a tus pies. Si hubiera sucedido en cualquier otro momento, puede que Nashe no hubiese abierto la boca. Pero como ya había renunciado, como pensaba que ya no tenía nada que perder, vio en el desconocido un indulto, una última oportunidad de hacer algo por sí mismo antes de que fuera demasiado tarde. Y así, sin más, se decidió y lo hizo. Sin el menor atisbo de miedo, Nashe cerró los ojos y saltó.
Todo se reducía a una cuestión de secuencia, de orden de los sucesos. Si el abogado no hubiese tardado seis meses en encontrarle, él no habría estado en la carretera el día que conoció a Jack Pozzi, y por lo tanto ninguna de las cosas que siguieron a ese encuentro habría ocurrido nunca. A Nashe le resultaba perturbador pensar en su vida en esos términos, pero lo cierto era que su padre había muerto un mes antes de que Thérèse le abandonara, y si él hubiese tenido idea de la cantidad de dinero que estaba a punto de heredar, probablemente habría podido convencerla de que se quedara.
Aun suponiendo que no se hubiese quedado, no habría sido necesario llevarse a Juliette a Minnesota a vivir con su hermana, y eso habría sido suficiente para que no hiciera lo que hizo. Pero por entonces él trabajaba todavía en el cuerpo de bomberos, y ¿cómo iba a ocuparse de una niña de dos años cuando su trabajo le obligaba a estar fuera de casa a todas horas del día y de la noche? Si hubiese tenido dinero, habría contratado a una mujer para que viviese con ellos y cuidase a Juliette, pero claro, si hubiese tenido dinero, no habrían estado viviendo de alquiler en el piso bajo de una horrenda casa de dos plantas en Somerville y tal vez Thérèse no se habría marchado.
Su sueldo no era tan malo, pero la apoplejía que su madre sufrió cuatro años antes le había arruinado y todavía seguía mandando pagos mensuales al sanatorio de Florida donde ella falleció. Teniendo en cuenta todo eso, la casa de su hermana le había parecido la única solución. Por lo menos Juliette tendría la oportunidad de vivir con una verdadera familia, de estar rodeada de otros niños y de respirar aire puro, y eso era mucho mejor que todo lo que él podía ofrecerle. Entonces, de pronto, el abogado le encontró y el dinero cayó sobre su regazo. Era una suma colosal –cerca de doscientos mil dólares, una suma casi inimaginable para Nashe–, pero ya era demasiado tarde. Se habían desencadenado demasiadas cosas durante los últimos cinco meses y ni siquiera el dinero podía detenerlas ya.
Hacía más de treinta años que no veía a su padre. La última vez había sido cuando él tenía dos años, y desde entonces no había habido ningún contacto entre ellos, ni una carta, ni una llamada telefónica, nada. Según el abogado que llevó la testamentaría, el padre de Nashe pasó los últimos veintiséis años de su vida en una pequeña ciudad del desierto de California no lejos de Palm Springs. Era propietario de una ferretería, jugaba a la bolsa en sus ratos libres y no se había vuelto a casar. No hablaba de su pasado, dijo el abogado, y sólo el día en que entró en su despacho para hacer testamento le mencionó que tenía hijos.
–Se estaba muriendo de cáncer –continuó la voz en el teléfono– y no sabía a quién dejarle su dinero. Pensó que lo mejor sería repartirlo entre sus dos hijos: la mitad para usted y la mitad para Donna.
–Una extraña manera de enmendarlo –dijo Nashe.
–Bueno, era un hombre extraño, su padre, de eso no hay duda. Nunca olvidaré lo que dijo cuando le pregunté por usted y su hermana. “Probablemente me odian a muerte”, dijo, “pero es demasiado tarde para llorar por eso. Lo único que desearía es poder estar allí después de que la palme, sólo para ver la cara que ponen cuando reciban el dinero.”
–Me sorprende que supiera dónde encontrarnos.
–No lo sabía –dijo el abogado–. Y créame, a mí me ha costado una barbaridad. He tardado seis meses en conseguirlo.
–Para mí habría sido mucho mejor si me hubiera hecho esta llamada el día del entierro.
–A veces hay suerte y a veces no. Hace seis meses yo ni siquiera sabía si usted estaba vivo o muerto.
No era posible sentir dolor, pero Nashe supuso que sentiría alguna otra cosa, algo semejante a la tristeza, quizá, una oleada de enojo y pesar de último minuto. Aquel hombre era su padre, después de todo, y eso debería haber justificado unos cuantos pensamientos sombríos acerca de los misterios de la vida. Pero resultó que Nashe no sintió apenas nada que no fuera alegría.
El dinero era algo tan extraordinario para él, tan monumental en sus consecuencias, que borraba todo lo demás. Sin detenerse a considerar el asunto con mucho cuidado, saldó su deuda de treinta y dos mil dólares con el Sanatorio Pleasant Acres, salió a comprarse un coche nuevo (un Saab 900 rojo de dos puertas, el primer coche no usado que tenía en su vida) y pidió todo el tiempo de vacaciones que había acumulado durante los últimos cuatro años. La noche antes de marcharse de Boston dio una espléndida fiesta en su propio honor, estuvo de juerga con sus amigos hasta las tres de la madrugada y luego, sin tomarse la molestia de acostarse, se metió en el coche nuevo y se dirigió a Minnesota.
Allí fue donde el mundo empezó a venírsele encima. A pesar de las celebraciones y los recuerdos de aquellos días, Nashe fue comprendiendo gradualmente que la situación no tenía arreglo. Llevaba demasiado tiempo separado de Juliette y ahora que había vuelto a recogerla era como si ella se hubiese olvidado de quién era él. Había creído que las llamadas telefónicas bastarían, que hablar con ella dos veces a la semana serviría para que él siguiera existiendo para ella.
Pero ¿qué sabía una niña de dos años de conversaciones a larga distancia? Durante seis meses no había sido para ella más que una voz, una vaporosa colección de sonidos, y poco a poco se había convertido en un fantasma. Aunque Nashe llevaba ya dos o tres días en la casa, Juliette continuaba mostrándose tímida e insegura con él y se apartaba cuando trataba de abrazarla como si ya no creyera plenamente en su existencia.
Se había convertido en parte de su nueva familia y él era poco más que un intruso, un alienígena caído de otro planeta. Se maldijo por haberla dejado allí, por haberlo organizado todo tan bien. Juliette era ahora la adorada princesita de la casa. Tenía tres primos mayores con quienes jugar, un perro perdiguero, un gato, el columpio del jardín trasero, tenía todo lo que podía desear.
Le mortificaba pensar que su cuñado le había usurpado su puesto, y a medida que pasaban los días tenía que esforzarse para no mostrar su resentimiento. Antiguo jugador de fútbol americano convertido luego en entrenador y profesor de matemáticas en un instituto, Ray Schweikert siempre le había parecido a Nashe un poco cabeza de alcornoque, pero no había duda de que tenía buena mano con los niños.
Era el señor Bueno, el papá norteamericano de gran corazón, y estando Donna allí para llevar las riendas, la familia era sólida como una roca. Ahora Nashe tenía dinero, pero ¿cambiaba eso algo realmente? Trató de imaginar en qué podría mejorar la vida de Juliette si volvía a Boston con él, pero no logró encontrar un solo argumento en su favor. Deseaba ser egoísta, defender sus derechos, pero le faltaba el valor y al fin acabó rindiéndose a la verdad evidente. Arrancar a Juliette de todo aquello le haría más daño que bien.
Cuando le dijo a Donna lo que pensaba, ella intentó disuadirle utilizando muchos de los mismos argumentos que había esgrimido doce años antes cuando él le comunicó que tenía intención de dejar la universidad: No te precipites, tómate un poco más de tiempo, no quemes los puentes detrás de ti. Tenía esa expresión de hermana mayor preocupada que le había visto durante toda su infancia, e incluso ahora, tres o cuatro vidas más tarde, supo que ella era la única persona en el mundo en quien podía confiar. Terminaron hablando hasta tarde, sentados en la cocina, mucho tiempo después de que Ray y los niños se hubiesen acostado, pero, a pesar de la pasión y el buen sentido de Donna, la conversación acabó igual que doce años antes: Nashe la agotó hasta que ella se echó a llorar, y él se salió con la suya.
La única concesión que hizo fue la de aceptar establecer un fideicomiso para Juliette. Donna intuía que él estaba a punto de hacer una locura (así se lo dijo aquella noche) y, antes de que se gastara toda la herencia, quería que pusiese una parte en un lugar donde no pudiera tocarla. La mañana siguiente Nashe pasó dos horas con el director del Banco Northfield e hizo los trámites necesarios. Holgazaneó durante el resto del día y parte del siguiente; luego recogió sus cosas y las metió en el maletero de su coche. Era una tarde calurosa de finales de julio y toda la familia salió al jardín para despedirle.
Uno tras otro, abrazó y besó a los niños, y cuando al final le llegó el turno a Juliette, le ocultó sus ojos cogiéndola en brazos y aplastando su cara en el cuello de la niña. Sé buena, le dijo. Y no olvides nunca que papá te quiere mucho.
Les había dicho que pensaba regresar a Massachusetts, pero pronto se encontró viajando en dirección contraria. Eso ocurrió porque no vio la rampa que llevaba a la autopista –un error bastante frecuente–, pero en lugar de hacer los treinta kilómetros más que le habrían devuelto a la ruta correcta, impulsivamente subió la siguiente rampa, sabiendo perfectamente que tomaba la carretera equivocada.
Fue una decisión repentina y no premeditada, pero en el breve lapso que transcurrió entre las dos rampas, Nashe comprendió que no había diferencia, que en última instancia las dos rampas eran la misma. Había dicho Boston, pero sólo porque tenía que decirles algo y Boston fue la primera palabra que le vino a la cabeza. La verdad era que nadie le esperaba allí hasta dos semanas después, y teniendo tanto tiempo a su disposición, ¿por qué molestarse en volver? Era una perspectiva que daba vértigo, imaginar toda esa libertad, comprender lo poco que importaba la elección que hiciera. Podía ir a cualquier sitio que se le antojara, podía hacer cualquier cosa que le apeteciera y a nadie en el mundo le importaría. Mientras no regresase, era igual que si fuera invisible.
Condujo durante siete horas seguidas, se detuvo un momento para llenar el depósito de gasolina y luego continuó seis horas más hasta que finalmente le venció el agotamiento. Estaba ya en la región central del norte de Wyoming y la aurora comenzaba a levantarse en el horizonte. Se registró en un motel, durmió profundamente durante ocho o nueve horas y luego se fue al restaurante de al lado y se comió un filete y unos huevos del menú de desayunos que servían las veinticuatro horas.
A media tarde estaba de nuevo en el coche y una vez más condujo durante toda la noche y no se detuvo hasta haber dejado atrás la mitad de Nuevo México. Después de esa segunda noche Nashe comprendió que ya no era dueño de sí, que había caído en las garras de una fuerza desconcertante y arrolladora. Era como un animal enloquecido, corriendo ciegamente de ninguna parte a ninguna parte, pero por muchos propósitos de parar que se hiciera, no era capaz de cumplirlos.
Cada mañana se iba a dormir diciéndose que ya había sido suficiente, que no lo haría más, y cada tarde se despertaba con el mismo deseo, la misma irresistible urgencia de volver a meterse en el coche. Necesitaba nuevamente aquella soledad, aquella carrera nocturna por el vacío, aquella vibración de la carretera en su piel. Continuó haciéndolo durante las dos semanas completas y cada día se forzaba un poco más, cada día trataba de aguantar al volante un poco más que el día anterior.
Cubrió toda la parte occidental del país, yendo y viniendo en zigzag de Oregón a Texas, recorriendo las enormes y desiertas autopistas que cruzaban Arizona, Montana y Utah, pero no miraba nada ni le importaba dónde se encontraba, y aparte de alguna que otra frase que se veía obligado a decir cuando echaba gasolina o pedía la comida, no pronunciaba palabra. Cuando al fin regresó a Boston, Nashe se dijo que estaba al borde de una crisis nerviosa, pero eso era solamente porque no se le ocurría ninguna otra explicación para lo que había hecho. Según acabó por descubrir, la verdad era mucho menos dramática. Sencillamente se avergonzaba de haberlo disfrutado tanto.
Nashe supuso que la cosa quedaría ahí, que había conseguido librarse del extraño virus que se había apoderado de su organismo y ahora reanudaría su antigua vida. Al principio todo parecía ir bien. El día de su regreso los compañeros se metieron con él porque no estaba bronceado (“¿Qué has hecho, Nashe, pasarte las vacaciones en una cueva?”), y a media mañana estaba riéndose de las habituales bromas y chistes verdes.
Aquella noche hubo un gran incendio en Roxbury y cuando sonó la alarma pidiendo un par de coches de refuerzo, Nashe incluso le comentó a alguien que se alegraba de estar de vuelta, que había echado de menos encontrarse en el lugar de la acción. Pero esos sentimientos no duraron, y al final de la semana descubrió que estaba inquieto, que no podía cerrar los ojos sin acordarse del coche. En su día libre hizo un viaje de ida y vuelta a Maine, pero eso sólo pareció empeorar las cosas, porque le dejó insatisfecho, deseoso de estar más tiempo al volante.
Luchó por adaptarse de nuevo, pero su mente no cesaba de volver a la carretera, al gozo que había sentido durante aquellas dos semanas, y poco a poco empezó a darse por perdido. No era que quisiera dejar su trabajo, pero, puesto que no tenía más tiempo de vacaciones, ¿qué otra cosa podía hacer? Nashe llevaba siete años en el cuerpo de bomberos y le parecía una perversión considerar siquiera la posibilidad de abandonarlo por un impulso, por una agitación sin nombre.
Era el único trabajo que había significado algo para él, y siempre había pensado que fue una suerte haberlo encontrado por casualidad. Después de dejar la universidad había ido dando tumbos de empleo en empleo durante unos años –vendedor de libros, mozo de mudanzas, camarero, taxista–, y se había presentado al examen de ingreso en el cuerpo de bomberos sólo por capricho, porque una noche llevó en el taxi a alguien que estaba a punto de hacerlo y que le convenció para que lo intentara.
A aquel hombre le suspendieron, pero Nashe acabó sacando la nota más alta concedida aquel año y se encontró de pronto con que le daban un empleo en el que había pensado por última vez cuando tenía cuatro años. Donna se rió cuando la llamó para contarle la noticia, pero él siguió adelante e hizo un cursillo de preparación.
No había duda de que era una elección curiosa, pero el trabajo le absorbía y continuaba haciéndole feliz, y nunca había sentido la necesidad de justificarse por conservarlo. Sólo unos meses atrás, le hubiera sido imposible imaginar que dejaría el cuerpo, pero eso era antes de que su vida se convirtiera en un serial, antes de que la tierra se abriera a su alrededor y se lo tragase. Tal vez había llegado la hora de cambiar.
Todavía tenía sesenta mil dólares en el banco y quizá debería usarlos para escapar cuando aún estaba a tiempo.
Le dijo al capitán que se trasladaba a Minnesota. Parecía una historia verosímil y Nashe hizo cuanto pudo para que sonara convincente, extendiéndose bastante acerca de la oferta que había recibido para entrar en un negocio con un amigo de su cuñado (una sociedad para montar una ferretería, precisamente) y por qué pensaba que sería un buen lugar para criar a su hija. El capitán se lo creyó, pero eso no le impidió llamar gilipollas a Nashe.
–Es por esa mujercita suya –le dijo–. Desde que se llevó su coño de la ciudad, usted ha estado jodido, Nashe. No hay nada más patético que eso. Ver a un buen tipo hundirse por problemas de faldas. Domínese, hombre. Olvídese de esos estúpidos planes y haga su trabajo.
–Lo siento, capitán –dijo Nashe–, pero ya lo tengo bien pensado.
–¿Pensado? Me parece a mí que usted ya no es capaz de pensar.
–Tiene usted envidia, eso es todo. Daría su brazo derecho por estar en mi lugar.
–¿Y trasladarme a Minnesota? Olvídelo, hombre. Se me ocurren diez mil cosas que me apetecerían más que vivir bajo un montón de nieve nueve meses al año.
–Bueno, si alguna vez pasa por allí, no deje de pararse para saludarme. Le venderé un destornillador o lo que quiera.
–Que sea un martillo, Nashe. Tal vez pueda usarlo para meterle algo de sensatez en la cabeza.
Una vez dado el primer paso, no le resultó difícil llegar hasta el final. Durante los cinco días siguientes se ocupó de cuestiones prácticas. Llamó a su casero para decirle que buscara un nuevo inquilino, donó muebles al Ejército de Salvación, se dio de baja del gas y la electricidad y desconectó el teléfono. Había una temeridad y una violencia en aquellos gestos que le satisfacía profundamente, pero nada podía igualar al simple placer de tirar cosas.
La primera noche pasó varias horas reuniendo las pertenencias de Thérèse y metiéndolas en bolsas de basura, librándose finalmente de ella por medio de una purga sistemática, un entierro en masa de todos y cada uno de los objetos en los que hubiera la más ligera huella de su presencia. Se lanzó sobre su armario y tiró sus abrigos, sus jerséis y sus vestidos; vació sus cajones de ropa interior, medias y bisutería; quitó todas sus fotos del álbum; tiró sus cosméticos y sus revistas de moda; se deshizo de sus libros, sus discos, su despertador, sus bañadores y sus cartas.
Eso rompió el hielo, por así decirlo, y cuando empezó a pensar en sus propias pertenencias la tarde siguiente, Nashe actuó con el mismo rigor brutal, tratando su pasado como si no fuera más que basura de la que había que deshacerse. Todo el contenido de la cocina fue a parar a un refugio para personas sin hogar de la zona sur de Boston. Los libros se los dio a la estudiante de instituto del piso de arriba; el guante de béisbol lo regaló al chico de la casa de enfrente; la colección de discos la vendió a una tienda de segunda mano de Cambridge.
Estas transacciones le producían cierto dolor, pero Nashe casi empezó a recibir ese dolor con alegría, a sentirse ennoblecido por él, como si cuanto más se alejase de la persona que había sido, mejor fuese a encontrarse en el futuro. Se sentía como un hombre que finalmente ha reunido el valor necesario para meterse una bala en la cabeza, sólo que en este caso la bala no significaba la muerte, sino la vida, era la explosión que desencadena el nacimiento de nuevos mundos.
Sabía que también tendría que desprenderse del piano, pero lo dejó para el final, pues no quería renunciar a él hasta el último momento. Era un Baldwin vertical que su madre le había regalado el día que cumplió trece años y él siempre le había estado agradecido por ello, pues sabía que conseguir el dinero había supuesto para ella un enorme esfuerzo.
Nashe no se hacía ilusiones respecto a su manera de tocar, pero generalmente lograba dedicar unas cuantas horas a la semana al instrumento, ante el cual se sentaba para interpretar torpemente algunas de las viejas piezas que aprendió de niño. Siempre tenía un efecto calmante sobre él, como si la música le ayudara a ver el mundo más claramente, a comprender cuál era su lugar en el orden invisible de las cosas.
Ahora que la casa estaba vacía y él estaba listo para irse, se quedó un día más para dar un largo recital de despedida a las paredes desnudas. Una por una, tocó un montón de sus piezas preferidas, comenzando por Las misteriosas barricadas de Couperin y terminando por el Vals de Jitterbug de Fats Waller, aporreando el teclado hasta que se le entumecieron los dedos y tuvo que dejarlo. Luego llamó a su afinador de los últimos seis años (un ciego que se llamaba Antonelli) y llegó a un acuerdo con él para venderle el Baldwin por cuatrocientos cincuenta dólares.
Cuando llegaron los transportistas a la mañana siguiente Nashe ya se había gastado el dinero en cintas para el cassette de su coche. Le pareció un gesto apropiado –convertir una clase de música en otra– y la economía del intercambio le complació. Después de eso ya no había nada que le retuviera. Se quedó justo el tiempo suficiente para ver cómo los hombres de Antonelli sacaban el piano de la casa y luego, sin molestarse en decir adiós a nadie, se marchó. Simplemente salió, subió a su coche y se fue.
Nashe no tenía ningún plan definido. Como máximo, la idea era dejarse ir por algún tiempo, viajar de un sitio a otro y ver qué pasaba. Suponía que se cansaría de ello al cabo de un par de meses y entonces se sentaría a preocuparse por lo que debía hacer. Pero después de dos meses aún no estaba dispuesto a renunciar. Poco a poco se había enamorado de su nueva vida de libertad e irresponsabilidad, y una vez que ocurrió eso, ya no había ninguna razón para detenerse.
La velocidad era la esencia, el goce de sentarse en el coche y lanzarse hacia adelante a través del espacio. Eso se convirtió en un bien por encima de todos los demás, un hambre que debía satisfacer a cualquier precio. Nada de lo que le rodeaba duraba más de un momento, y puesto que un momento seguía a otro, era como si sólo él continuara existiendo. Él era un punto fijo en un torbellino de cambios, un cuerpo detenido en absoluta inmovilidad mientras el mundo se precipitaba a través de él y desaparecía.
El coche se convirtió en un santuario de invulnerabilidad, un refugio en el que nada podía herirle ya. Mientras conducía no llevaba ningún peso, ni la más ligera partícula de su vida anterior le estorbaba. Esto no quiere decir que no surgieran recuerdos, pero ya no parecían producir la angustia de antes. Tal vez la música tenía algo que ver con eso, las interminables cintas de Bach, Mozart y Verdi que escuchaba mientras iba al volante, como si de alguna manera los sonidos emanaran de él y empaparan el paisaje, convirtiendo el mundo visible en un reflejo de sus propios pensamientos. Al cabo de tres o cuatro meses le bastaba con entrar en el coche para sentir que se desprendía de su propio cuerpo, que una vez que ponía el pie en el pedal y empezaba a conducir, la música le transportaba a una esfera de ingravidez.
Las carreteras vacías eran siempre preferibles a las muy transitadas. Había que reducir la velocidad en menos ocasiones, y al no tener que estar pendiente de los demás coches podía conducir con la seguridad de que sus pensamientos no serían interrumpidos. En consecuencia, tendía a evitar los grandes centros de población, limitándose a las regiones abiertas y poco habitadas: el norte de los estados de Nueva York y Nueva Inglaterra, las llanas tierras de labranza de los estados centrales, los desiertos del Oeste.
También era preciso rehuir el mal tiempo, porque dificultaba la conducción tanto como el tráfico, y cuando llegó el invierno con sus tormentas y sus inclemencias se dirigió al sur y, con pocas excepciones, se quedó allí hasta la primavera. No obstante, Nashe sabía que, incluso en las mejores condiciones, ninguna carretera estaba enteramente libre de peligro. Había constantes riesgos que prevenir y en cualquier momento podía ocurrir algo.
Un viraje brusco, un bache, un pinchazo repentino, un conductor borracho, una brevísima distracción, cualquiera de estas cosas podía matarle en un instante. Nashe vio varios accidentes mortales durante sus meses en la carretera y una o dos veces a él mismo le faltó muy poco para estrellarse. De todos modos, se alegró de estas ocasiones en que escapó por un pelo. Añadían un elemento de riesgo a lo que hacía y, más que nada, eso era lo que buscaba: sentir que su vida estaba en sus manos.
Se registraba en un motel de cualquier parte, cenaba, y luego volvía a su habitación y leía durante dos o tres horas. Antes de acostarse, se sentaba ante su mapa de carreteras y planeaba el itinerario del día siguiente, eligiendo un destino y trazando cuidadosamente la ruta.
Sabía que no era más que un pretexto, que los lugares no significaban nada en sí mismos, pero siguió este sistema hasta el final, aunque no fuera más que una forma de puntuar sus movimientos, de darse una razón para detenerse antes de continuar de nuevo. En septiembre visitó la tumba de su padre en California, viajando a Riggs una tarde abrasadora sólo para verla con sus propios ojos. Quería dar cuerpo a sus sentimientos con una imagen de algún tipo, aunque esa imagen no fuera más que unas palabras y unos números grabados en una lápida.
El abogado que le había llamado para hablarle del dinero aceptó su invitación a almorzar y después le enseñó la casa donde había vivido su padre y la ferretería que regentó durante veintiséis años. Nashe compró allí algunas herramientas para su coche (una llave inglesa, una linterna y un indicador de la presión de los neumáticos), pero nunca fue capaz de usarlos y durante el resto del año el paquete permaneció sin abrir en un remoto rincón del maletero.
En otra ocasión, se encontró repentinamente cansado de conducir y, en lugar de continuar sin objetivo, tomó una habitación en un pequeño hotel de Miami Beach y se pasó nueve días seguidos sentado al borde de la piscina leyendo libros. En noviembre se entregó al juego en Las Vegas y milagrosamente salió de allí sin ganar ni perder tras cuatro días de blackjack y ruleta.
Poco después de eso, pasó medio mes recorriendo muy lentamente el profundo Sur, parándose en varios pueblos del delta en Louisiana, visitando a un amigo que ahora vivía en Atlanta y dando un paseo en barco por los Everglades.
Algunas de estas paradas eran inevitables, pero una vez que se encontraba en algún sitio, generalmente trataba de aprovechar la oportunidad para curiosear un poco. El Saab necesitaba cuidados, después de todo, y con el odómetro funcionando muchos cientos de kilómetros al día, había mucho que hacer: cambiar el aceite, engrasarlo, alinear las ruedas, todos los delicados ajustes y reparaciones que eran necesarios para mantenerlo en condiciones. A veces se sentía frustrado por tener que hacer estas paradas, pero con el coche en manos de un mecánico durante veinticuatro o cuarenta y ocho horas, no le quedaba más remedio que esperar a que estuviese listo para partir otra vez.
Había alquilado un apartado de correos en la oficina de Northfield, y al comienzo de cada mes Nashe pasaba por allí para recoger las facturas de su tarjeta de crédito y estar unos días con su hija. Esa era la única parte de su vida que no había cambiado, el único compromiso que mantenía.
Hizo una visita especial con motivo del cumpleaños de Juliette a mediados de octubre (llegó con los brazos cargados de regalos), y la Navidad resultó una bulliciosa celebración de tres días durante la cual Nashe se disfrazó de Papá Noel y divirtió a todo el mundo tocando el piano y cantando. Menos de un mes después se le abrió inesperadamente una segunda puerta.
Eso fue en Berkeley, California, y, como la mayoría de las cosas que le sucedieron aquel año, ocurrió por pura casualidad. Había entrado en una librería una tarde a comprar libros para la próxima etapa del viaje y de pronto se encontró con una mujer que había conocido en Boston. Su nombre era Fiona Wells y le vio delante de la estantería de Shakespeare tratando de decidir cuál de las ediciones de un solo volumen debía llevarse. No se habían visto desde hacía dos años, pero en lugar de saludarle de un modo convencional, se puso a su lado, tocó con el dedo una de las ediciones de Shakespeare y dijo:
–Llévate éste, Jim. Tiene las mejores notas y el tipo de impresión más legible.