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Ésta es la historia de Walt, el niño al que el Maestro Yehudi enseñó a levitar y a volar. La historia de un adolescente que se convierte en adulto y pierde la magia. La historia de un hombre que trata desesperadamente de reencontrar el sentido de su existencia. La historia de un país. Estados Unidos, desde los «felices años veinte» hasta la dura posguerra. Una vez más Paul Auster, dueño de una prosa admirable y de una poderosa imaginación, logra atrapar y fascinar al lector, con una novela que toma como punto de partida uno de los más ancestrales sueños del ser humano: el deseo de volar.
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Yo tenía doce años la primera vez que anduve sobre el agua. El hombre vestido de negro me enseñó a hacerlo, y no voy a presumir de haber aprendido el truco de la noche a la mañana. El maestro Yehudi me encontró cuando yo tenía nueve años y era un huérfano que mendigaba monedas de cinco centavos por las calles de Saint Louis, y trabajó conmigo constantemente durante tres años antes de permitirme mostrar mi número en público. Eso fue en 1927, el año de Babe Ruth y Charles Lindbergh, precisamente el año en que la noche empezó a caer sobre el mundo para siempre. Lo representé hasta pocos días antes del crac de octubre del 29, y lo que hacía era más grande que nada de lo que esos dos caballeros hubiesen podido soñar. Hacía lo que ningún norteamericano había hecho antes que yo y nadie ha hecho desde entonces.
El maestro Yehudi me eligió porque yo era el más pequeño, el más sucio y el más abyecto.
–No eres mejor que un animal –dijo–, un pedazo de nada humana.
Ésa fue la primera frase que me dirigió, y aunque han pasado sesenta y ocho años desde esa noche, es como si todavía pudiese oír las palabras saliendo de la boca del maestro.
–No eres mejor que un animal. Si te quedas donde estás, habrás muerto antes de que acabe el invierno. Si vienes conmigo, te enseñaré a volar.
–No hay nadie que pueda volar, señor –dije–. Eso es lo que hacen los pájaros, y estoy seguro de que yo no soy un pájaro.
–Tú no sabes nada –dijo el maestro Yehudi–. No sabes nada porque no eres nada. Si no te he enseñado a volar antes de que cumplas los trece años, puedes cortarme la cabeza con un hacha. Te lo pondré por escrito si quieres. Si no cumplo con mi promesa, mi suerte estará en tus manos.
Era un sábado por la noche a principios de noviembre y estábamos de pie delante del Café Paraíso, una taberna fina del centro que tenía una orquesta de jazz compuesta por músicos de color, y vendedoras de cigarrillos con vestidos transparentes. Yo solía merodear por allí los fines de semana tendiendo la mano, haciendo recados y buscando taxis para los ricachos. Al principio pensé que el maestro Yehudi era sólo un borracho más, un rico buscador de alcohol que se tambaleaba por la noche vestido con un esmoquin negro y un sombrero de copa de seda. Su acento era extraño, por lo que me figuré que no era de la ciudad, pero eso me tenía absolutamente sin cuidado. Los borrachos dicen cosas estúpidas, y el asunto aquel de volar no era más estúpido que la mayoría de ellas.
–Si subes demasiado alto por los aires –dije–, puedes romperte el cuello cuando bajas.
–Hablaremos de la técnica más tarde –dijo el maestro–. No es una habilidad fácil de aprender, pero si me escuchas y obedeces mis instrucciones, los dos acabaremos siendo millonarios.
–Usted ya es millonario –dije–. ¿Para qué me necesita?
–Porque, mi desgraciado golfillo, apenas tengo dos monedas para que tintineen la una contra la otra. Puede que te parezca un capitalista sinvergüenza, pero eso es sólo porque tienes serrín en lugar de cerebro. Escúchame atentamente. Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida, y sólo tendrás esa oportunidad una vez. Tengo billete para el Blue Bird Special que sale a las seis treinta de la mañana y si no subes tu esqueleto a ese tren, ésta será la última vez que me veas.
–Todavía no ha contestado usted a mi pregunta –dije.
–Porque eres la respuesta a mis plegarias, hijo. Por eso te necesito. Porque tienes el don.
–¿Don? Yo no tengo ningún don. Y aunque lo tuviera, ¿cómo iba usted a saberlo, Señor Elegantón? Sólo hace un minuto que ha empezado a hablar conmigo.
–Te equivocas otra vez –dijo el maestro Yehudi–. Llevo una semana observándote. Y si crees que a tus tíos les daría pena que te fueses, entonces es que no sabes con quién has estado viviendo durante los últimos cuatro años.
–¿Mis tíos? –dije, comprendiendo de repente que aquel hombre no era ningún borracho de sábado por la noche. Era algo peor que eso: un inspector de escolarización, y, tan seguro como que estaba allí de pie, me encontraba metido en la mierda hasta las rodillas.
–Tu tío Slim es un caso perdido –continuó el maestro, tomándose su tiempo ahora que tenía toda mi atención–. Yo no sabía que un ciudadano norteamericano pudiera ser tan tonto. No sólo huele mal, sino que es miserable y más feo que Picio. No me extraña que te hayas convertido en un pilluelo con cara de comadreja. Tu tío y yo tuvimos una larga conversación esta mañana, y está dispuesto a dejarte marchar sin que un solo centavo cambie de manos. Imagínate, muchacho. Ni siquiera he tenido que pagar por ti. Y esa cerda rolliza a quien llama su esposa se quedó allí sentada y no dijo una palabra en tu defensa. Si eso es lo mejor que has podido encontrar como familia, tienes suerte de librarte de ellos. La decisión es tuya, pero aunque me rechaces, quizá no sería muy buena idea que volvieses. Se llevarían una desilusión al verte, te lo aseguro. Se quedarían mudos de pena, no sé si me entiendes.
Puede que yo fuese un animal, pero incluso el animal más inferior tiene sentimientos, y cuando el maestro me dio esta noticia, me sentí como si me hubiesen dado un puñetazo. El tío Slim y la tía Peg no eran nada sensacional, pero yo vivía en su hogar y me dejó seco el enterarme de que no me querían. Después de todo, yo sólo tenía nueve años. Aunque era duro para esa edad, no era ni la mitad de duro de lo que fingía ser, y si el maestro no hubiese estado mirándome en ese momento con aquellos ojos oscuros que tenía, probablemente habría comenzado a berrear allí mismo, en la calle.
Cuando pienso ahora en aquella noche, todavía no estoy seguro de si me estaba diciendo la verdad o no. Puede que hubiese hablado con mis tíos, pero también es posible que se hubiese inventado toda la historia. No dudo de que los había visto –sus descripciones eran clavadas–, pero, conociendo a mi tío Slim, me parece casi imposible que me hubiese dejado ir sin sacar algún dinero del asunto. No digo que el maestro Yehudi le estafara, pero dado lo que sucedió después, no hay duda de que el muy bastardo se sintió perjudicado, tanto si la justicia estaba de su lado como si no.
No voy a perder el tiempo ahora preguntándome por eso. El resultado fue que me tragué lo que el maestro me dijo, y a la larga eso es lo único que vale la pena contar. Me convenció de que no podía volver a casa, y una vez que acepté eso, me importó un comino lo que fuera de mí. Así es como él debía querer que me sintiera, completamente desconcertado y perdido. Si no ves ninguna razón para continuar viviendo, es difícil que te importe mucho lo que pueda ocurrirte. Te dices que desearías estar muerto y después de eso descubres que estás listo para cualquier cosa, incluso para un disparate como desaparecer en la noche con un extraño.
–De acuerdo, señor –dije, bajando la voz un par de octavas y dirigiéndole mi mejor mirada asesina–, ha hecho usted un trato. Pero si no cumple conmigo como ha dicho, puede usted despedirse de su cabeza. Puede que yo sea pequeño, pero nunca permito que un hombre olvide una promesa.
Aún era de noche cuando subimos al tren. Rodamos hacia el oeste adentrándonos en el amanecer y atravesamos el estado de Missouri mientras la débil luz de noviembre luchaba por abrirse paso entre las nubes. Yo no había salido de Saint Louis desde el día en que enterraron a mi madre, y fue un mundo sombrío el que descubrí aquella mañana: gris y yermo, con interminables campos de maíz marchito flanqueándonos a ambos lados.
Llegamos a Kansas City un poco después de mediodía, pero en todas las horas que pasamos juntos creo que el maestro Yehudi no me dirigió mas de tres o cuatro palabras. Se pasó la mayor parte del tiempo dormido dando cabezadas con el sombrero tapándole la cara, pero yo estaba demasiado asustado para hacer cualquier cosa que no fuera mirar por la ventanilla, contemplando la tierra que se deslizaba junto a mí mientras reflexionaba sobre el lío en el que me había metido. Mis amigos de Saint Louis me habían advertido contra los tipos como el maestro Yehudi: hombres solitarios carentes de ocupación y con malvados designios, pervertidos que acechaban en busca de niños que obedecieran sus órdenes.
Ya era bastante malo imaginar que él me quitaba la ropa y me tocaba donde yo no deseaba que me tocasen, pero eso no era nada comparado con algunos de los otros temores que entrechocaban dentro de mi cráneo. Había oído la historia de un niño que se había marchado con un desconocido y nunca se volvió a saber de él. Más adelante, el hombre confesó que lo había cortado en pedazos pequeños y lo había cocinado para cenar. A otro niño lo habían encadenado a la pared en un oscuro sótano y no le habían dado nada de comer excepto pan y agua durante seis meses. A otro le habían arrancado la piel a tiras. Ahora que tenía tiempo para considerar lo que había hecho, pensaba que tal vez me esperaba la misma suerte. Había caído en las garras de un monstruo, y si resultaba ser la mitad de siniestro de lo que parecía, lo más probable es que yo no volviera a ver amanecer.
Nos bajamos del tren y echamos a andar por el andén, avanzando entre el gentío.
–Tengo hambre –dije, tirando del abrigo del maestro Yehudi–. Si no me da usted de comer ahora, voy a entregarle al primer poli que vea.
–¿Que pasó con la manzana que te di? –preguntó él.
–La tiré por la ventanilla del tren.
–Oh, así que no nos gustan demasiado las manzanas, ¿no es eso? Y ¿qué pasó con el emparedado de jamón? Por no hablar del muslo de pollo frito y la bolsa de rosquillas.
–Lo tiré todo. No esperará que me coma la manduca que usted me dé, ¿verdad?
–¿Y por qué no, hombrecito? Si no comes, te consumirás y te morirás. Todo el mundo sabe eso.
–Por lo menos, así te mueres despacio. Si muerdes algo que está lleno de veneno, la palmas ahí mismo.
Por primera vez desde que le había conocido, el maestro Yehudi sonrió. Si no me equivoco, creo que incluso llegó a reírse.
–Me estás diciendo que no te fías de mi, ¿no es eso?
–Tiene usted toda la razón. No me fiaría de usted para ir mas allá de donde me llevaría una mula muerta.
–Anímate, chisgarabís –dijo el maestro, dándome unas palmaditas afectuosas en el hombro–. Tú eres mi vale de comida, ¿recuerdas? No te haría daño por nada del mundo.
Eso no eran más que palabras, en mi opinión, y yo no era tan tonto como para tragarme esa clase de palabrería azucarada. Pero entonces el maestro Yehudi metió la mano en su bolsillo, sacó un billete de dólar nuevo y tieso y me lo puso en la palma de la mano.
–¿Ves ese restaurante que hay allí? –dijo, señalando un fonducho en medio de la estación–. Entra y zámpate el almuerzo más grande que puedas meterte en esa tripa. Te esperaré aquí.
–¿Y usted? ¿Tiene algo contra el comer?
–No te preocupes por mí –respondió el maestro Yehudi–. Mi estómago sabe cuidarse. –Luego, justo cuando yo iba a dar media vuelta, añadió–: Un consejo, mequetrefe. En caso de que estés planeando escaparte, éste el momento de hacerlo. Y no te preocupes por el dólar. Puedes quedártelo por las molestias.
Entré en el restaurante yo solo, sintiéndome algo más apaciguado por sus últimas palabras. Si tuviera algún propósito siniestro, ¿por qué iba a ofrecerme una oportunidad de escapar?
Me senté ante el mostrador y pedí un plato especial y una botella de zarzaparrilla. Antes de que hubiese podido parpadear, el camarero me puso delante una montaña de cecina y repollo. Era la comida más grande con la que yo me había encontrado nunca, una comida tan grande como el parque del Deportista en Saint Louis, y devoré hasta el último bocado, junto con dos rebanadas de pan y una segunda botella de zarzaparrilla. No hay nada que pueda compararse a la sensación de bienestar que me inundó ante aquel asqueroso mostrador.
Una vez que tuve la panza llena, me sentí invencible, como si nada pudiera hacerme daño de nuevo. El remate fue cuando saqué el billete de dólar de mi bolsillo para pagar la cuenta. Todo aquello costaba solamente cuarenta y cinco centavos, e incluso después de dejar cinco centavos de propina para el camarero, me quedaron dos monedas de veinticinco del cambio. Hoy no parece mucho, pero en aquel entonces cincuenta centavos representaban una fortuna para mí. Ésta es mi oportunidad de huir, me dije, echándole una ojeada a aquel antro mientras me bajaba del taburete. Puedo escaparme por la puerta lateral y el hombre de negro nunca sabrá qué me ha ocurrido. Pero no lo hice, y de aquella elección depende toda la historia de mi vida. Volví a donde me esperaba el maestro porque me había prometido convertirme en millonario. Basándome en esos cincuenta centavos, pensé que quizá valía la pena ver si había algo de verdad en aquella fanfarronada.
Cogimos otro tren después de eso, y luego un tercero ya cerca del final del viaje que nos llevó hasta la ciudad de Cibola a las siete de esa noche. El maestro Yehudi, que había estado tan callado toda la mañana, casi no paró de hablar durante el resto del día. Yo ya estaba aprendiendo a no hacer suposiciones respecto a lo que iba a hacer o no hacer. Justo cuando creías que le habías calado, él hacía exactamente lo contrario de lo que tú esperabas.
–Puedes llamarme maestro Yehudi –dijo, comunicándome su nombre por primera vez–. Si quieres, puedes llamarme maestro para abreviar. Pero nunca, en ninguna circunstancia, puedes llamarme Yehudi. ¿Está claro?
–¿Es ése el nombre que Dios le dio –dije–, o eligió usted mismo ese apodo?
–No hay necesidad de que sepas mi verdadero nombre. Maestro Yehudi será suficiente.
–Bueno, yo soy Walter. Walter Claireborne Rawley. Pero puede usted llamarme Walt.
–Te llamaré como me dé la gana. Si quiero llamarte Gusano, te llamaré Gusano. Si quiero llamarte Cerdo, te llamaré Cerdo. ¿Entendido?
–Diantre, señor, no entiendo nada de lo que me dice.
–Tampoco toleraré mentiras ni duplicidades. Ni excusas, ni quejas, ni réplicas. Una vez que comprendas, vas a ser el chico más feliz de la tierra.
–Seguro. Y si un hombre sin piernas tuviera piernas, podría mear de pie.
–Conozco tu historia, hijo, así que no tienes que inventarte ningún cuento fantástico para mí. Sé que tu padre murió gaseado en Bélgica en el 17. Y también sé lo de tu madre, que hacía la calle en el este de Saint Louis por un dólar el revolcón, y lo que sucedió hace cuatro años y medio cuando aquel policía loco la apuntó con su revólver y le voló la cara. No creas que no te compadezco, muchacho, pero nunca llegarás a ninguna parte si eludes la verdad al tratar conmigo.
–De acuerdo, señor Sabihondo. Si tiene todas las respuestas, ¿por qué desperdicia su aliento contándome cosas que ya sabe?
–Porque tú sigues sin creer una palabra de lo que te he dicho. Piensas que esta historia de volar no es más que pura cháchara. Vas a trabajar duro, Walt, más duro de lo que has trabajado nunca, y vas a querer dejarme casi todos los días, pero si perseveras y confías en lo que te digo, al cabo de pocos años podrás volar. Te lo juro. Podrás elevarte del suelo y volar por el aire como un pájaro.
–Yo soy de Missouri, ¿recuerda? No lo llaman el estado de Si-no-lo-veo-no-lo-creo porque sí.
–Bueno, ya no estamos en Missouri, amiguito. Estamos en Kansas. Y en tu vida has visto un sitio más llano y desolado. Cuando Coronado y sus hombres lo atravesaron en 1540 buscando El Dorado, acabaron tan perdidos que la mitad de ellos se volvieron locos. No hay nada que te indique dónde estás. Ni montañas, ni árboles, ni accidentes en la carretera. Es tan monótono como la muerte, y cuando lleves aquí algún tiempo, entenderás que no hay donde ir excepto hacia arriba, que el cielo es el único amigo que tienes.
Ya había anochecido cuando entramos en la estación, así que no había forma de comprobar si la descripción del maestro de mi nuevo hogar era correcta. Por lo que yo podía ver, el pueblo no era distinto de lo que uno esperaría ver en un pueblo. Un poco más frío, quizá, y bastante más oscuro de lo que yo estaba acostumbrado, pero dado que yo nunca había estado en un pueblo, no tenía ni idea de lo que podía esperar. Todo era nuevo para mí: todos los olores eran extraños, todas las estrellas del cielo me parecían desconocidas. Si alguien me hubiera dicho que acababa de entrar en la Tierra de Oz, no creo que hubiese notado la diferencia.
Cruzamos el edificio de la estación y nos detuvimos delante de la puerta por un momento examinando el oscuro pueblo. Sólo eran las siete de la tarde, pero todo estaba cerrado y, exceptuando unas cuantas lámparas que ardían en las casas, no había señal de vida en ninguna parte.
–No te preocupes –dijo el maestro Yehudi–, nuestro coche llegará en cualquier minuto.
Trató de cogerme la mano, pero yo retiré el brazo de un tirón antes de que él pudiera agarrarme firmemente.
–Las manos quietas, señor maestro –dije–. Puede que crea que ahora le pertenezco, pero se equivoca.
Unos nueve segundos después de que yo hubiera pronunciado estas palabras, un caballo grande y gris apareció al final de la calle tirando de una calesa. Parecía algo sacado de una película del oeste de Tom Mix que yo había visto ese verano en el Picture Palace, pero estábamos en 1924, por Dios santo, y cuando vi aquel anticuado vehículo venir estruendosamente por la calle pensé que era una aparición. Pero hete aquí que el maestro Yehudi levantó el brazo y agitó la mano cuando lo vio, y entonces el viejo caballo gris se detuvo justo delante de nosotros, junto al bordillo, mientras chorros de vapor salían por sus narices. El cochero era una figura rechoncha con un sombrero de ala ancha cuyo cuerpo estaba envuelto en mantas, y al principio no supe si se trataba de un hombre, una mujer o un oso.
–Hola, madre Sue –dijo el maestro–. Mira lo que he encontrado.
La mujer me miró durante un par de segundos con ojos inexpresivos y fríos y luego, de repente, me dirigió una de las sonrisas más cálidas y amistosas que he tenido el placer de recibir. No habría más de dos o tres dientes en sus encías y por la forma en que brillaban sus ojos oscuros llegué a la conclusión de que era gitana. Era madre Sue, la Reina de los Gitanos, y el maestro Yehudi era su hijo, el Príncipe de las Tinieblas. Me llevaban secuestrado al Castillo de Irás y No Volverás, y si no me comían para cenar esa noche, me convertirían en un esclavo, un eunuco servil con un pendiente en la oreja y un pañuelo de seda atado a la cabeza.
–Sube, hijito –dijo madre Sue. Su voz era tan profunda y masculina, que me habría llevado un susto de muerte si no hubiera sabido que era capaz de sonreír–. Verás unas mantas en la parte de atrás. Si sabes lo que te conviene, úsalas. Tenemos un largo y frío paseo por delante, y no querrás llegar allí con el culo helado.
–Se llama Walt –dijo el maestro mientras se sentaba a su lado–. Es un pilluelo con el cerebro lleno de pus que encontré en la calle de las tabernuchas. Si mi intuición es correcta, es el que he estado buscando todos estos años. –Luego, volviéndose hacia mí, dijo bruscamente–: Ésta es madre Sue, muchacho. Trátala bien y ella te dará sólo bondad a cambio. Enfádala y lamentarás haber nacido. Puede que esté gorda y desdentada, pero es lo más próximo a una madre que tendrás nunca.
No sé cuánto tardamos en llegar a la casa. Estaba en alguna parte en el campo, a unos veinticinco kilómetros del pueblo, pero no me enteré de eso hasta más tarde, porque una vez que me metí debajo de las mantas y la calesa echó a rodar por el camino, me quedé profundamente dormido. Cuando abrí los ojos de nuevo, ya habíamos llegado, y si el maestro no me hubiese despertado con una palmada en la cara, probablemente habría dormido hasta la mañana siguiente.
Me llevó a la casa mientras madre Sue desenganchaba el jamelgo, y la primera habitación en la que entramos fue la cocina: un espacio desnudo y mal iluminado con una estufa de leña en un rincón y una lámpara de queroseno parpadeando en otro. Un muchacho negro de unos quince años estaba sentado a la mesa leyendo un libro. No era pardo como la mayoría de la gente de color con la que yo me había tropezado en mi ciudad, era del color de la pez, un negro tan negro que era casi azul. Era todo un etíope, un negrito de las selvas del África más profunda, y mi corazón estuvo a punto de dejar de latir cuando le vi. Era un tipo frágil y flaco con los ojos saltones y unos labios enormes, y tan pronto como se levantó de su silla para saludarnos, vi que sus huesos estaban todos torcidos, que tenía el cuerpo irregular y corcovado de un tullido.
–Éste es Aesop –me dijo el maestro–, el mejor chico que haya vivido nunca. Salúdale, Walt, y dale la mano. Él va a ser tu nuevo hermano.
–Yo no voy a darle la mano a ningún negro –dije–. Está usted loco si cree que haría semejante cosa.
El maestro Yehudi dejó escapar un fuerte y prolongado suspiro. No era tanto una expresión de disgusto como de pena, un monumental estremecimiento que salía de las profundidades de su alma. Luego, con la máxima premeditación y calma, curvó el dedo índice de la mano derecha hasta formar un gancho rígido y puso la punta de ese gancho directamente debajo de mi barbilla en el punto exacto donde la carne se encuentra con el hueso. Entonces empezó a presionar e inmediatamente un dolor horrible se extendió por mi nuca y penetró en mi cráneo. Yo nunca había sentido un dolor así antes. Me esforcé por gritar, pero tenía la garganta bloqueada y no pude hacer otra cosa que emitir un ruido como de arcadas. El maestro continuó apretando con su dedo y entonces noté que mis pies se levantaban del suelo. Me movía hacia arriba, elevándome por el aire como una pluma, y el maestro parecía conseguir esto sin el menor esfuerzo, como si yo no tuviera más peso para él que una mariquita. Finalmente me levantó hasta que mi cara se encontró al mismo nivel que la suya y yo estaba mirándole directamente a los ojos.
–Por aquí no hablamos así, muchacho –dijo–. Todos los hombres son hermanos y en esta familia a todo el mundo se le trata con respeto. Esa es la ley. Si no te gusta, lárgate. La ley es la ley, y quien va contra ella se transforma en una babosa y se revuelca en la tierra el resto de sus días.
Me alimentaron, me vistieron y me dieron una habitación para mí solo. No me abofetearon ni me zurraron, no me dieron patadas, ni puñetazos, ni coscorrones, y sin embargo, a pesar de que la situación era tolerable para mí, nunca había estado más abatido, más lleno de amargura y furia acumulada. Durante los primeros seis meses, sólo pensé en escapar. Yo era un chico de ciudad que había crecido con el jazz en la sangre, un golfo callejero con el ojo puesto en la mejor oportunidad, y amaba el bullicio de las multitudes, el chirrido de los tranvías, el latido del neón y el hedor del whisky ilegal corriendo por las cunetas. Era un bromista bailarín, un improvisador enano con la lengua rápida y cien artimañas, y me encontraba atrapado en mitad del desierto, viviendo bajo un cielo que, por lo general, sólo traía mal tiempo.
La propiedad del maestro Yehudi consistía en treinta y siete acres de tierra árida, una casa de dos plantas, un gallinero, una pocilga y un establo. Había una docena de gallinas en el gallinero, dos vacas y el caballo gris en el establo, y seis o siete cerdos en la pocilga. No había electricidad, ni agua corriente, ni teléfono, ni radio, ni fonógrafo, ni nada.
La única fuente de entretenimiento era el piano de la sala, pero sólo Aesop sabía tocarlo, y hacía tal chapuza hasta con las canciones más sencillas, que yo siempre salía de la habitación en el momento en que él se sentaba y ponía los dedos sobre las teclas. Aquel lugar era un estercolero, la capital mundial del aburrimiento y yo estaba harto el primer día.
En aquella casa ni siquiera conocían el béisbol, y yo no tenía a nadie con quien hablar de mis queridos Cardinals, que era casi el único tema que me interesaba entonces. Me sentía como si me hubiese caído por una grieta en el tiempo y hubiese aterrizado en la edad de piedra, en una región donde los dinosaurios aún recorrían la tierra. Según madre Sue, el maestro Yehudi había ganado la granja en una apuesta con un tipo en Chicago unos siete años antes. Menuda apuesta, dije. El perdedor resulta ser el ganador, y el ganador es un primo que echa a perder su futuro en Culodelmundo, Estados Unidos de América.
Yo era un irritable zopenco en aquel entonces, debo reconocerlo, pero no voy a disculparme. Era como era, el producto de la gente y los lugares de donde procedía, y no tiene ningún sentido lamentarse de ello ahora. Lo que más me impresiona de aquellos primeros meses es la paciencia que tuvieron conmigo, lo bien que parecían comprenderme y tolerar mis travesuras. Me escapé cuatro veces aquel primer invierno, y en una de ellas llegué hasta Wichita, y cada vez me recogieron sin hacerme preguntas. Yo estaba apenas un pelo por encima de la nada, una molécula o dos por encima del punto de desvanecimiento de lo que constituye un ser humano, y, puesto que el maestro consideraba que mi alma no era más elevada que la de un animal, allí es donde me hizo empezar: en el establo con los animales.
A pesar de lo mucho que detestaba aquellas gallinas y cerdos, prefería su compañía a la de la gente. Me resultaba difícil decidir a quién odiaba más, y todos los días reordenaba mis animosidades. Madre Sue y Aesop recibían su parte de mi desprecio interno, pero al final era el maestro el que provocaba mi máxima ira y resentimiento. Él era el truhán que me había engañado para que fuese allí, y si había que culpar a alguien por el apuro en el que me encontraba, el principal culpable era él.
Lo que más me molestaba era su sarcasmo, las agudezas e insultos que me lanzaba constantemente, la forma en que me acosaba y perseguía sin ningún motivo excepto el de demostrar lo poco que yo valía. Con los otros dos siempre era cortés, un modelo de corrección, pero raras veces desperdiciaba una oportunidad de decir algo malévolo respecto a mí. La cosa comenzó la primera mañana y a partir de entonces no cesó nunca. Al poco tiempo me di cuenta de que no era mejor que el tío Slim. Aunque no me azotara como hacia éste, las palabras del maestro tenían fuerza y hacían tanto daño como un golpe en la cabeza.
–Bueno, mi golfillo de finas plumas –me dijo aquella primera mañana–, dame un informe confidencial de lo que sabes sobre las tres erres.
–¿Tres? –dije, optando por la réplica rápida e ingeniosa–. Yo no tengo más que un culo y lo uso siempre que me siento. Igual que todo el mundo .
–Me refiero a la escuela, desgraciado. ¿Has puesto alguna vez el pie en un aula? Y, de ser así, ¿qué has aprendido allí?
–No necesito ninguna escuela para aprender. Tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo.
–Excelente. Has hablado como un estudioso. Pero sé más específico. ¿Qué hay del abecedario? ¿Sabes escribir las letras del abecedario?
–Algunas de ellas. Las que sirven a mi propósito. Las otras no me importan. Sólo me fastidian. Así que no me preocupo por ellas.
–Y ¿cuáles son las que sirven a tu propósito?
–Bueno, veamos. Está la A, ésa me gusta, y la W. Luego está la comosellame, la L, y la E, y la R, y la que parece una cruz. La T. Esas letras son mis amigas, y el resto se pueden ir a hacer puñetas.
–Así que sabes escribir tu nombre.
–Eso es lo que le estoy diciendo, jefe. Sé escribir mi nombre, sé contar hasta donde haga falta y sé que el sol es una estrella en el cielo. También sé que los libros son para las niñas y los mariquitas, y si usted está planeando enseñarme algo que venga en los libros, podemos anular nuestro acuerdo ahora mismo.
–No te enfades, muchacho. Lo que acabas de decirme es música en mis oídos. Cuanto más tonto seas, mejor para los dos. Así hay menos que deshacer y eso nos ahorrará mucho tiempo.
–Y ¿qué me dice de las lecciones de vuelo? ¿Cuándo las empezamos?
–Ya las hemos empezado. A partir de ahora todo lo que hagamos estará relacionado con tu entrenamiento. Eso no siempre te parecerá evidente, así que intenta recordarlo. Si no lo olvidas, podrás aguantar cuando el camino se vuelva duro. Nos estamos embarcando en un largo viaje, hijo, y la primera cosa que tengo que hacer es quebrar tu voluntad. Me gustaría que pudiera ser de otra manera, pero no es posible. Considerando la inmundicia de donde vienes, no debería ser una tarea demasiado difícil.
Así que yo pasaba mis días apaleando estiércol en el establo, congelándome como un carámbano, mientras los demás estaban cómodos y calentitos dentro de la casa. Madre Sue se ocupaba de cocinar y hacer las tareas domésticas, Aesop haraganeaba en el sofá leyendo libros y el maestro Yehudi no hacía nada en absoluto. Su principal ocupación parecía consistir en estar sentado en una silla de madera de respaldo recto mirando por la ventana desde que el sol salía hasta que se ponía. Exceptuando sus conversaciones con Aesop, eso fue lo único que le vi hacer hasta la primavera.
A veces les escuchaba cuando hablaban, pero nunca pude entender lo que decían. Utilizaban tantas palabras complicadas que era como si se comunicaran en su propia jerga privada. Más adelante, cuando me adapté un poco más al ritmo de las cosas, me enteré de que estaban estudiando. El maestro Yehudi había asumido la responsabilidad de educar a Aesop en las artes liberales, y los libros que leían trataban de muchos temas diferentes: historia, ciencias, literatura, matemáticas, latín, francés, etcétera. Tenía su proyecto de enseñarme a volar, pero también estaba decidido a convertir a Aesop en un estudioso, y por lo que yo podía ver, ese segundo proyecto le importaba mucho más que el mío. El maestro me lo expuso así una mañana poco después de mi llegada:
–Él estaba en una situación aún peor que la tuya, enano. Cuando le encontré hace doce años iba arrastrándose por un campo de algodón en Georgia vestido con harapos. No comía desde hacía dos días, y su madre, que no era más que una niña, estaba muerta a causa de la tuberculosis en su choza a veinte kilómetros de allí. Ésa era la distancia que el niño había recorrido desde su casa. Deliraba a causa del hambre, y si yo no le hubiera encontrado por casualidad en ese momento, cualquiera sabe lo que le habría sucedido. Puede que su cuerpo esté contorsionado y tenga una forma trágica, pero su mente es un instrumento glorioso, y ya me ha sobrepasado en la mayoría de los campos. Mi plan es mandarle a la universidad dentro de tres años. Allí podrá continuar sus estudios, y una vez que se licencie y salga al mundo, se convertirá en un líder de su raza, un deslumbrante ejemplo para todos los negros pisoteados de este país violento e hipócrita.
No pude entender ni una palabra de lo que el maestro estaba diciendo, pero el amor que habla en su voz me quemó y se grabó en mi mente. A pesar de toda mi estupidez, eso lo pude comprender. Amaba a Aesop como si fuera su propio hijo, y yo no era mejor que un chucho, un animal de raza indefinida al que escupir y dejar bajo la lluvia.
Madre Sue era mi compañera en la ignorancia, analfabeta y holgazana como yo, y aunque esto podría haber contribuido a crear un vinculo entre nosotros, no ocurrió así. No había ninguna hostilidad manifiesta en ella, pero al mismo tiempo me daba repeluznos, y creo que tardé más en acostumbrarme a su rareza que a la de los otros dos, a los cuales tampoco se les podía llamar normales. Incluso sin las mantas envolviendo su cuerpo y sin el sombrero cubriendo su cabeza, yo tenía dificultad para determinar a qué sexo pertenecía.
Esto me resultaba perturbador, e incluso después de que la vislumbré desnuda a través del ojo de la cerradura de su puerta y vi con mis propios ojos que poseía un par de tetas y que no había ningún miembro colgando de su matorral, aún no quedé plenamente convencido. Sus manos eran fuertes como las de un hombre, tenía los hombros anchos y músculos abultados en los brazos, y exceptuando cuando me dirigía una de sus infrecuentes y hermosas sonrisas, su cara era tan remota e inexpresiva como un bloque de madera. Quizá fuera esto lo que más me inquietaba de ella: su silencio, la forma en que parecía mirar a través de mí, como si yo no estuviera allí.
En el orden jerárquico de la casa yo estaba directamente debajo de ella, lo cual significaba que tenía más tratos con madre Sue que con ningún otro. Ella era la que me asignaba las tareas y me vigilaba, la que se aseguraba de que me lavara la cara y me cepillara los dientes antes de acostarme, y sin embargo, a pesar de todas las horas que pasaba en su compañía, hacía que me sintiera más solo que si hubiese estado verdaderamente solo. Una sensación de vacío se insinuaba en mis tripas cada vez que ella estaba cerca, como si su mera presencia fuera a hacer que me encogiese.
No importaba cómo me comportase. Podía brincar o estarme quieto, podía vociferar o quedarme callado, el resultado no variaba nunca. Madre Sue era una pared, y cada vez que yo me aproximaba a esa pared me convertía en una bocanada de humo, una diminuta nube de cenizas esparcidas al viento.
El único que me mostraba verdadera bondad era Aesop, pero yo estaba en contra de él desde el principio, y nada de lo que él pudiera decir o hacer cambiaría eso. Yo no podía remediarlo.
Estaba en mi sangre sentir desprecio por él, y dado que era el ejemplar más feo de su raza que yo había tenido la desgracia de ver, me parecía disparatado que estuviésemos viviendo bajo el mismo techo. Iba contra las leyes de la naturaleza, transgredía todo lo que era sagrado y correcto, y yo no iba a permitirme aceptarlo. Cuando a eso se sumaba el hecho de que Aesop hablaba como ningún otro muchacho de color en la faz de la tierra –más como un lord inglés que como un americano– y también el hecho adicional de que era el favorito del maestro, yo ni siquiera podía pensar en él sin sucumbir a un ataque de nervios. Para empeorar las cosas, tenía que mantener la boca cerrada siempre que él estaba presente. Unos cuantos comentarios seleccionados habrían desahogado parte de mi rabia, supongo, pero recordaba el dedo del maestro clavado debajo de mi barbilla y no tenía ganas de someterme a esa tortura de nuevo.
Lo peor de todo era que a Aesop no parecía importarle que yo le despreciara tanto. Perfeccioné todo un repertorio de miradas ceñudas y muecas para utilizarlo en su compañía, pero cada vez que le lanzaba una de esas miradas, él se limitaba a menear la cabeza y sonreír para sí. Lo cual hacía que me sintiera como un idiota. Por mucho que me esforzara por herirle, él nunca me permitía exasperarle, nunca me daba la satisfacción de marcar un tanto contra él. No estaba simplemente ganando la guerra entre nosotros, estaba ganando cada maldita batalla de esa guerra, y pensé que si ni siquiera podía superar a un diablo negro en un limpio intercambio de insultos, entonces toda aquella pradera de Kansas debía de estar embrujada. Debían haberme llevado con engaños a una tierra de malos sueños, y cuanto más luchaba por despertarme, más terrorífica se volvía la pesadilla.
–Deberías ser más flexible –me dijo Aesop una tarde–. Estás tan seguro de tus propias convicciones, que eso te ciega respecto a lo que te rodea. Y si no puedes ver lo que tienes delante de las narices, nunca podrás mirarte a ti mismo y saber quién eres.
–Sé quién soy –dije–. Eso no me lo puede robar nadie.
–El maestro no te está robando nada. Te está dando el don de la grandeza.
–Escucha, hazme un favor, ¿quieres? No menciones el nombre de ese buitre delante de mí. Ese maestro tuyo me da escalofríos, y cuanto menos tenga que pensar en él, mejor estaré.
–Te quiere, Walt. Cree en ti con toda su alma.
–Y un cuerno. A ese farsante no le importa nada, absolutamente nada. Es el rey de los gitanos, eso es lo que es, y si tuviera alma, y no digo que la tenga, entonces la tendría llena de maldad.
–¿El rey de los gitanos? –Los ojos de Aesop se salieron de sus órbitas por el asombro–. ¿Es eso lo que piensas? –La idea debió de hacerle gracia, porque un momento más tarde se agarró el estómago y empezó a sacudirse con un ataque de risa–. La verdad es que se te ocurre cada cosa… –dijo, limpiándose las lágrimas–. ¿Cómo se te ha metido esa idea en la cabeza?
–Bueno –dije, notando las mejillas sonrojadas por la vergüenza–, si no es gitano, ¿qué diablos es?
–Húngaro.
–¿Qué? –tartamudeé.
Era la primera vez que oía a alguien usar esa palabra y me quedé tan perplejo que momentáneamente perdí el habla.
–Húngaro. Nació en Budapest y vino a los Estados Unidos de niño. Creció en Brooklyn, Nueva York, y tanto su padre como su abuelo eran rabinos.
–Y ¿qué es eso, una forma inferior de roedor?
–Es un profesor judío. Una especie de ministro o sacerdote, sólo que para los judíos.
–Bueno, entonces está claro –dije–. Eso lo explica todo, ¿no? Es peor que un gitano, el viejo doctor Cejas Negras es un fariseo. No hay nada peor en todo este miserable planeta.
–Más vale que no te oiga hablar así –dijo Aesop.
–Conozco mis derechos –dije–. Y ningún judío me va a mangonear. Lo juro.
–Tómatelo con calma, Walt. No haces más que buscarte problemas.
–Y ¿qué me dices de esa bruja, madre Sue? ¿Es otra de esos fariseos?
Aesop negó con la cabeza mirando al suelo. En mi voz hervía la cólera de tal modo que él no se atrevía a mirarme a los ojos.
–No –dijo–. Es una sioux oglala. Su abuelo era el hermano de Toro Sentado, y cuando era joven fue la principal amazona en el Espectáculo del Salvaje Oeste de Búfalo Bill.
–Me estás tomando el pelo.
–No se me ocurriría. Lo que te estoy diciendo es la pura y simple verdad. Estás viviendo en la misma casa con un judío, un negro y una india, y cuanto antes lo aceptes, más feliz serás.
Había resistido tres semanas hasta entonces; pero después de esa conversación con Aesop supe que no podría soportarlo más. Me fugué de allí aquella misma noche; esperé hasta que todos estuvieron dormidos y luego me levanté de la cama a hurtadillas, me escabullí por las escaleras y salí de puntillas a la helada oscuridad de diciembre. No había luna en el cielo, ni siquiera una estrella que me iluminara, y en el mismo momento en que crucé el umbral me golpeó un viento tan furioso que me empujó directamente contra el costado de la casa. Mis huesos no eran más pesados que el algodón en aquel viento.
La noche era un estruendo y el aire soplaba y atronaba como si llevara la voz de Dios, aullando su ira sobre cualquier criatura lo bastante idiota como para levantarse contra ella. Me convertí en ese idiota, y una y otra vez me levanté del suelo y luché para adentrarme en el torbellino, girando como un molinillo mientras mi cuerpo avanzaba centímetro a centímetro por el patio. Después de diez o doce intentos estaba completamente agotado, era un casco de buque vacío y baqueteado. Había llegado hasta la pocilga, y justo cuando estaba a punto de ponerme de rodillas una vez más, mis ojos se cerraron y perdí la conciencia. Pasaron las horas. Me desperté al romper el alba y me encontré rodeado de cuatro cerdos dormidos. Si no hubiera caído entre aquellos puercos, es muy probable que hubiera muerto congelado durante la noche. Pensando en ello ahora, supongo que fue un milagro, pero cuando abrí los ojos aquella mañana y vi dónde estaba, lo primero que hice fue levantarme de un salto y escupir, maldiciendo mi mala suerte.
No tenía ninguna duda de que el maestro Yehudi era el responsable de lo que me había sucedido. En aquella primera etapa de nuestra historia juntos le atribuía toda clase de poderes sobrenaturales, y estaba plenamente convencido de que él había provocado aquel viento feroz sin otro motivo que impedirme la huida. Durante varias semanas después de eso mi cabeza estuvo llena de multitud de teorías y especulaciones disparatadas. La más aterradora tenía que ver con Aesop, y era mi creciente certidumbre de que él había nacido blanco. Era terrible pensar eso, pero todas las pruebas parecían apoyar mi conclusión. Hablaba como un blanco, ¿no? Actuaba como un blanco, pensaba como un blanco, tocaba el piano como un blanco, y sólo porque su piel fuera negra, ¿por qué iba yo a creer a mis ojos cuando mis tripas me decían otra cosa? La única respuesta era que él había nacido blanco.
Hacía años, el maestro le había elegido para que fuese su primer alumno en el arte de volar. Le había dicho a Aesop que saltara desde el tejado del establo y Aesop había saltado, pero en lugar de coger las corrientes de viento y elevarse por los aires, había caído al suelo y se había roto todos los huesos de su cuerpo. Eso explicaba su lamentable y torcida osamenta, pero luego, para empeorar las cosas, el maestro Yehudi le había castigado por su fracaso. Invocando el poder de cien demonios judíos, había señalado a su discípulo con el dedo y le había convertido en un espantoso negro.
La vida de Aesop había quedado destruida, y no había duda de que la misma suerte me esperaba a mí. No sólo acabaría con la piel negra y el cuerpo lisiado, sino que me vería obligado a pasar el resto de mis días estudiando libros.Me fugué por segunda vez en mitad de la tarde. La noche me había frustrado con su magia, así que contraataqué con una nueva estrategia y me marché a plena luz del día, pensando que si podía ver por dónde iba, no habría ningún duende que amenazara mis pasos.
Durante la primera hora o dos, todo fue de acuerdo con mis planes. Salí furtivamente del establo justo después del almuerzo y me encaminé a Cibola, decidido a mantener un paso rápido para llegar al pueblo antes de que anocheciera. Allí iba a subirme a un tren de mercancías y dirigirme al Este. Si no me metía en líos, al cabo de veinticuatro horas estaría de nuevo paseando por los bulevares de la vieja y querida Saint Louis.Así que ahí iba yo, trotando por la llana y polvorienta carretera con los ratones del campo y los cuervos, sintiéndome más confiado a cada paso que daba, cuando de pronto levanté los ojos y vi una calesa que venía en dirección contraria.
Se parecía sorprendentemente a la calesa que pertenecía al maestro Yehudi, pero puesto que acababa de verla en el establo antes de salir, me encogí de hombros pensando que era una coincidencia y continué andando. Cuando estaba a unos doce metros de ella, levanté la vista de nuevo. La lengua se me quedó pegada al paladar; los ojos se me salieron de las órbitas y cayeron a mis pies. Efectivamente, era la calesa del maestro Yehudi, y sentado en el pescante iba el maestro en persona, que me miraba con una gran sonrisa en la cara. Detuvo la calesa y me saludó quitándose el sombrero de un modo despreocupado y amistoso.
–Hola, hijo. Hace un poco de frío para pasear esta tarde, ¿no crees?
–El tiempo que hace me va bien –dije–. Por lo menos aquí se puede respirar. Si te quedas demasiado tiempo en el mismo sitio, empiezas a ahogarte con tu propio aliento.
–Claro, lo comprendo. Un chico necesita estirar las piernas. Pero la salida ha terminado ya, es hora de volver a casa. Sube, Walt, y veremos si podemos llegar antes de que los otros se den cuenta de que hemos salido.
No tenía elección, así que subí y me senté a su lado mientras él sacudía las riendas para que el caballo se pusiera de nuevo en marcha. Por lo menos no me estaba tratando con su habitual grosería, y aunque yo estaba deshecho porque mi escapada se había frustrado, no iba a permitir que supiera lo que me proponía. Probablemente ya lo había adivinado, pero antes que revelar lo decepcionado que estaba, le seguí la corriente y fingí que había salido a dar un paseo.
–No es bueno para un chico estar tan encerrado –dije–. Le pone triste y malhumorado, y entonces no emprende sus tareas con el espíritu adecuado. Si le das un poco de aire fresco, entonces está mucho más dispuesto a hacer su trabajo.
–Oigo lo que dices, compañero –dijo el maestro–, y entiendo cada palabra.
–Bueno, ¿qué le parece, capitán? Ya sé que Cibola no es una gran ciudad, pero apuesto a que tendrán un cine o algo. Podría estar bien ir allí una tarde. Ya sabe, una pequeña excursión para romper la monotonía. O puede que haya algún club de béisbol por aquí, uno de esos equipos de la liga menor. Cuando llegue la primavera, ¿por qué no ir a ver un partido o dos? No tiene por qué ser un equipo importante como los Cardinals. Quiero decir que me basta con uno de tercera división. Con tal de que usen bates y balones, no oirá una palabra de queja de mis labios. Y nunca se sabe, señor. Si se deja caer por un campo de béisbol, a lo mejor incluso llega a aficionarse, ¿no cree?
–Estoy seguro de ello. Pero todavía tenemos una montaña de trabajo por delante y mientras tanto la familia tiene que esconderse temporalmente. Cuanto más invisibles seamos, más seguros estaremos. No quiero asustarte, pero las cosas no son tan aburridas como parecen por estos andurriales. Tenemos poderosos enemigos por aquí y no están demasiado entusiasmados con nuestra presencia en su condado. A muchos de ellos no les importaría que dejásemos de respirar de repente, y no queremos provocarles mostrando nuestro variopinto grupo en público.
–Con tal de que nos ocupemos de nuestros asuntos, ¿a quién le importa lo que piense otra gente?
–Ésa es justamente la cuestión. Algunas personas piensan que nuestros asuntos son los suyos, y mi objetivo es mantenerme apartado de esos entrometidos. ¿Me captas, Walt?
Le dije que sí, pero la verdad era que no le captaba en absoluto. Lo único que sabía era que había gente que quería matarme y que él no me permitiría ir a ningún partido. Ni siquiera el tono de simpatía que había en la voz del maestro podía hacerme comprender esto, y durante todo el camino de vuelta estuve repitiéndome que tenía que ser fuerte y no darme nunca por vencido. Antes o después encontraría la manera de escapar de allí, antes o después dejaría tirado en el polvo al Hombre del Vudú.
Mi tercer intento fracasó tan miserablemente como los otros dos. Me marché por la mañana esa vez, y aunque llegué hasta las afueras de Cibola, el maestro Yehudi me estaba esperando de nuevo subido en la calesa con la misma sonrisa satisfecha en su cara. Me quedé totalmente trastornado por aquel suceso. Contrariamente a la vez anterior, ya no podía considerar que su presencia allí era una casualidad. Era como si hubiese sabido que iba a escaparme antes de que lo supiera yo mismo. El muy bribón estaba dentro de mi cabeza, chupando los jugos de mi cerebro, y ni siquiera podía ocultarle mis pensamientos más íntimos.
Sin embargo, no renuncié. Simplemente, iba a tener que ser más listo, más metódico en la forma de realizarlo. Después de amplia reflexión, llegué a la conclusión de que la causa principal de mis problemas era la granja misma. No podía salir de allí porque el lugar estaba muy bien organizado y era totalmente autosuficiente. Teníamos leche y mantequilla gracias a las vacas, huevos de las gallinas, carne de los cerdos, verduras del huerto, abundantes existencias de harina, sal, azúcar y telas, y no era necesario que nadie fuera al pueblo para comprar provisiones. Pero ¿y si nos quedáramos sin algo, me dije, y si hubiera una repentina escasez de algo vital sin lo cual no pudiésemos vivir? El maestro tendría que ir a buscar más, ¿no? Y tan pronto como se marchara, yo saldría furtivamente de allí y me escaparía.
Era todo tan sencillo, que estuve a punto de gritar a causa de la alegría cuando se me ocurrió esta idea. Debíamos estar ya en febrero, y durante el mes siguiente casi no pensé en otra cosa que en el sabotaje. Mi mente hervía con incontables conjuras y maquinaciones, inventando actos de indecible terror y devastación. Pensé que empezaría a pequeña escala –acuchillando un saco de harina o dos, quizá orinando en el barril del azúcar–, pero si esto no producía el resultado deseado, no tenía nada en contra de formas más grandiosas de vandalismo: soltar a las gallinas del gallinero, por ejemplo, o cortarles el cuello a los cerdos. No había nada que no estuviera dispuesto a hacer para salir de allí, y, si era preciso, estaba dispuesto incluso a prenderle fuego a la paja y quemar el establo.
Nada de ello salió como yo había imaginado. Tuve mis oportunidades, pero cada vez que estaba a punto de poner en marcha un plan, me faltaba misteriosamente el valor. El miedo llenaba mis pulmones, mi corazón empezaba a latir apresuradamente y justo cuando mi mano estaba preparada para cometer el acto, una fuerza invisible me robaba la energía. Nunca me había ocurrido nada semejante. Yo siempre había sido un enredador de tomo y lomo, con pleno dominio de mis impulsos y deseos. Si quería hacer algo, lo hacía, lanzándome con la temeridad de un delincuente nato. Ahora estaba bloqueado por una extraña parálisis de la voluntad y me despreciaba por actuar como un cobarde; no podía comprender que un truhán de mi calibre hubiera podido caer tan bajo. El maestro Yehudi me había derrotado de nuevo. Me había convertido en una marioneta, y cuanto más luchaba por vencerle, más tiraba él de los hilos.
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