bayly_jaime_-_la_mujer_de_mi_hermano 1.06 Mb
Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio.
Ignacio es banquero y acaba de cumplir treinta y cinco años. Se casó hace nueve con Zoe, no tienen hijos y viven en una casa muy bonita en los suburbios. Dispone de suficiente dinero para pagar sus caprichos y los de ella. Trabaja duro: sale de casa muy temprano, cuando Zoe duerme, y suele regresar de noche. En realidad, le gusta estar en el banco y multiplicar su dinero. Es bueno para las cosas del dinero, siempre lo fue: supone que heredó ese talento de su padre, que fundó un banco, trabajó en él toda su vida y murió de cáncer, dejándoles ese próspero negocio a él y su hermano menor, Gonzalo, que tiene treinta años, la edad de Zoe. A Gonzalo no le interesa trabajar en el banco, porque es pintor, como su madre, que también pinta pero, a diferencia de él, nunca vendió un cuadro. Ella no visita el banco más de dos veces al año, pues confía en su hijo mayor y sabe que él hace su mejor esfuerzo para estar a la altura de la memoria de su padre.
Lee las primeras páginas online>>
Zoe es el gran amor de Ignacio. La conoció en la universidad y se enamoró de ella como no se había enamorado antes. Nunca le ha sido infiel con otra mujer. Le gustaría pasar más tiempo con ella, pero sus obligaciones en el banco no se lo permiten. Trabaja sin descanso para que ella tenga todo lo que quiera. Zoe no trabaja y así está bien para él. Estudió Historia del arte y literatura. Dice que algún día escribirá una novela. Ignacio la anima a que la comience, pero ella dice que aún no está preparada y que esas cosas no se pueden forzar. Por ahora, se entretiene tomando clases de cocina y haciendo ejercicios en su gimnasio particular.
Ignacio tiene miedo de que Zoe se aburra con él. A veces siente que ella ya no lo quiere como antes. Los fines de semana salen al cine y a cenar con amigos, pero últimamente la nota malhumorada. Se irrita por pequeñeces con él, no le tiene paciencia y las pequeñas manías de su esposo, que antes le divertían, ahora parecen molestarle. Ignacio piensa que a ella ya no le provoca tanto estar con él. Hace lo que puede para evitarme y estar conmigo el menor tiempo posible, se dice. Cuando le pregunta si algo está mal, ella le dice que no, pero él sabe que algo no está bien, lo sabe porque lo lee en sus ojos y porque antes las cosas no eran así. Hubo un tiempo en que Zoe me amaba, piensa. Ahora sólo me tolera.
Ignacio no tiene ninguna prueba de que ella esté acostándose con su hermano. Aunque es sólo una sospecha, ese presentimiento no cede, no lo abandona. Puede imaginarlos amándose a sus espaldas, burlándose de él, traicionándolo con absoluto cinismo. Ignacio piensa que su hermano es un canalla: no tiene principios, no respeta nada y hace lo que le da la gana. También sabe que es encantador: desde muy, joven tuvo éxito con las mujeres, sabe seducirlas, su vida es pintar y acostarse con mujeres guapas. Gonzalo tiene talento para las dos cosas y no le interesa nada más, porque sabe que el banco le deja suficiente plata como para darse el lujo de despreocuparse de ella. Ignacio cree que Gonzalo es un irresponsable; sin embargo, lo envidia, pues tiene la sospecha de que se divierte más que él.
Hasta donde Ignacio sabe, su mujer nunca lo ha engañado con un hombre. Antes de conocerlo, Zoe tuvo un par de novios. Con uno de ellos, ya casado y con hijos, se escribe correos electrónicos de vez en cuando. Zoe dice que no puede dejar de quererlo como amigo. Ignacio la entiende y no se opone a que se escriban. A veces, sin embargo, le dan celos y lee sus correos, aunque ahora no puede porque ella, desconfiando de él, ha cambiado su contraseña.
Yo no soy un idiota, piensa, y sé que Gonzalo y Zoe se gustan. Cree saberlo desde que empezó a salir con ella y Gonzalo la conoció. Ignacio piensa que su hermano no la mira con el respeto que merece por ser su cuñada: se permite mirarla con prescindencia de mí, como si yo no existiera. No le sorprende ese descaro, sin embargo. Está acostumbrado a él. Cuando a su hermano le gusta una mujer, pasa por encima de todo y se la lleva a la cama, o al menos lo intenta. Recuerda perfectamente el día en que le presentó a Zoe: estaban en su apartamento de soltero, Gonzalo venía llegando de viaje, Zoe e Ignacio habían pasado la noche juntos, Gonzalo le dio un beso en la mejilla y, cuando ella fue a la cocina, le miró el trasero sin ningún disimulo ni reparo. A Ignacio le pareció increíble que su hermano le mirase el trasero a su mujer sin importarle siquiera que él estuviese a su lado. Es un canalla, piensa, y se siente superior a mí porque yo sólo hago dinero y él cree que pinta obras de arte.
Ignacio sabía que su mujer le gustaba a su hermano y que él era un descarado, pero estaba tranquilo porque confiaba en ella. Ahora ha perdido esa confianza y por eso se inquieta. Puede que sean alucinaciones mías, piensa, pero Zoe mira a Gonzalo de otra manera y algo me esconde.
La otra noche, Ignacio regresó cansado del banco, con ganas de darse una ducha y echarse a leer, y encontró un cuadro de su hermano colgado en la pared de su dormitorio. Zoe le dijo que había visitado el taller de Gonzalo y no resistió la tentación de comprarlo. Ignacio pensó que el cuadro no estaba mal: no le disgustó, él también podría haberlo comprado, aunque el precio que cobró su hermano le pareció excesivo. Lo que le molesto fue que Zoe lo comprase sin decirle nada, lo colgase al lado de su cama y lo mirase como diciéndole: tú jamás podrás hacer algo tan bonito como ese cuadro que pintó tu hermano. Si descubro que están acostándose, piensa, voy a romper ese cuadro a patadas.
Mientras cuenta las veinte uvas verdes que desayuna de pie en la cocina, Zoe piensa que su matrimonio con Ignacio es tranquilo, estable, hasta cómodo, pero carece de pasión. Cuando lo conocí, era más alegre, tenía más energía, se dice, demorando el sabor de la uva número trece en su boca. Ahora es un aburrido, vive para el banco, llega cansado y sólo le provoca tirarse en la cama a leer o ver televisión. Sé que me quiere y no me engaña con nadie, pero también me aburre y eso no lo puedo evitar.
Detesto que me lleve a misa los domingos a mediodía, cuando es tan rico quedarse en la cama leyendo los periódicos, haciendo el amor una vez más. Pero Ignacio ya no se excita tanto conmigo. Siento que no me desea como antes. Cuando nos casamos —se entristece recordando Zoe, todavía en camisón y pantuflas—, Ignacio no podía terminar el día sin hacerme el amor, me decía que sólo podía dormir bien si lo hacíamos todas las noches, siempre, sin falta. Yo sentía que nada lo hacía más feliz que verme desnuda a su lado. Ahora no es así.
Nunca se duerme abrazándome como antes. Odio que se meta unos tapones en los oídos, me dé la espalda y esté roncando a los cinco minutos. Odio sentir que me mato en el gimnasio para estar linda, perfecta para él, y, sin embargo, cuando estamos en la cama, me da la espalda y prefiere dormir. Me deprime tanto pensar que ahora Ignacio sólo me desea los sábados. Lo puedo odiar cuando me recuerda que es sábado y ya nos toca hacer el amor. Porque ahora se le ha dado por hacerlo conmigo sólo los sábados, cuando regresamos de cenar.
El otro día le pregunté de dónde ha sacado esa manía tan rara y me contestó que así es más rico porque se aguanta varios días y llega con más ganas el fin de semana. No le creo. No soy tan tonta. Me miente y se miente a sí mismo. La verdad es que ya no me ama con pasión, ya no me desea como antes. Mejor voy al gimnasio porque voy a ponerme a llorar. Tengo un marido que sólo se excita conmigo los sábados en la noche porque durante la semana está cansado. Me muero de la pena. En realidad, ya ni siquiera sé si me provoca hacer el amor con él.
Es todo tan aburrido, tan predecible, más aburrido a veces que acompañarlo a misa los domingos y oír el sermón tontísimo del cura barrigón que estoy segura de que es gay en el closet. Pero lo que más me irrita de mi marido no es que me lleve a aburrirme a misa todos los domingos, sino que después me obligue a almorzar con la pesada de su mamá, que cada día está más sorda. Esa vieja tacaña nunca me quiso. Me mira para abajo. Se cree mejor que yo porque tiene toda la plata del mundo y porque pinta unos cuadros horribles. Alguien tiene que decirle que deje de pintar esos adefesios. Pero Ignacio, por supuesto, no se lo va a decir. Ignacio vive para ella.
Ojalá me quisiera a mí la mitad de lo que quiere a su madre. Es el niño perfecto de mamá. Y ella morirá pensando que yo me saqué la lotería casándome con su hijo mayor, el banquero exitoso que me hizo más feliz de lo que yo merecía. Se equivoca. No soy feliz. Ya me olvidé de lo que es sentirme feliz. Me aburro con Ignacio. Y no sé qué hacer. Porque tampoco me atrevo a dejarlo. Pero necesito un poco de pasión en mi vida. No puedo seguir así. Tengo que hacer algo.
Todo sería diferente si pudiéramos tener hijos, piensa Zoe, mientras viste la ropa deportiva que sudará en el gimnasio. Pero Ignacio y ella se han cansado de probar todas las técnicas posibles y no han podido tener un hijo. Han viajado a las mejores clínicas, se han sometido a los más costosos tratamientos, han rezado con fervor pidiendo un milagro, yero nada ha dado resultado y, con una pena callada, se han resignado a la idea de que serán una pareja sin hijos.
Es un castigo injusto de Dios, se molesta ella a veces. Porque con toda la plata que tenernos, con lo bueno que es Ignacio después de todo, podríamos hacer muy felices a nuestros hijos, llenar sus vidas de amor y cosas lindas. Pero es como si Dios, por habernos dado tantas cosas, nos hubiese castigado quitándonos a los hijos. Ignacio alguna vez sugirió adoptar, pero Zoe se opuso tajantemente. No soporta la idea de criar niños que no sean suyos. Mis hijos tienen que parecerse a mí, oler a mí, tener mis genes y mi sangre, —se irritó—.
Nunca más volvieron a hablar del tema. Zoe se consuela pensando que, al no ser madre, tiene más tiempo para aprender, educarse, mejorar como persona. Por eso, en los últimos años, ha tomado clases de filosofía, de yoga, de religiones comparadas y ahora se divierte mucho en las de cocina con un profesor al que encuentra guapísimo. Pero, a veces, cuando sale de compras al centro comercial más elegante de la ciudad y pasa al lado de una mujer con niños bonitos, no puede evitar mirarlos con tristeza y secarse una lágrima pensando en la felicidad de ser mamá que el destino le negó.
Quizás fue un error casarme con Ignacio, piensa, pedaleando frenéticamente en la bicicleta estática del gimnasio que su marido le construyó en una esquina de la casa, más allá de la piscina y los jardines, para evitarle el disgusto de ejercitarse con otras mujeres y hombres, mujeres que sudaban donde luego Zoe tendría que reclinarse con asco, hombres que la miraban de un modo vulgar, incomodándola. Quizás el hecho de que no pueda tener hijos conmigo es una prueba clarísima de que elegí al marido equivocado, se atormenta. Si me hubiera casado con Patricio, tendría cuatro hijos preciosos, viviría en una casa más chica, no importa, pero me haría el amor todas las mañanas antes de irse a trabajar y yo sería feliz recogiendo a los chicos del colegio, cocinándoles, ayudándolos en las tareas, contándoles un cuento antes de dormir. Yo nací para ser madre. Es tan injusto que me castigues así, Dios. Por eso no creo en ti. Yo nunca le hice daño a nadie para que me trates tan mal. A Patricio le hice daño cuando lo dejé, pero no fue por mala, sino porque era muy niña y estaba confundida y quería vivir la vida. No me sentía preparada para irme con él. Era muy joven.
Zoe y Patricio fueron novios cuando ella comenzaba la universidad y él estaba a punto de graduarse y viajar al extranjero a estudiar una maestría. Vivieron juntos unos meses muy felices. Patricio fue su primer amante de verdad, los otros habían sido aventuras furtivas, travesuras de una noche. Zoe se enamoró por primera vez y aún ahora piensa que, a escondidas, todavía siente un cosquilleo por él. Por eso, ciertas noches, cuando Ignacio duerme, ella va a la computadora y le escribe cosas breves: te extraño, me encantaría verte, deberíamos encontrarnos en secreto algún día. Pero Patricio está lejos, casado, enamorado de su esposa, con hijos a los que adora y nunca dejaría. Es sólo una fántasía, un juego travieso de medianoche, una manera de escapar del aburrimiento en que se ha convertido su matrimonio. Zoe sabe que no sería capaz de besar de nuevo a Patricio.
Tal vez por eso, cuando se encuentran en internet tarde en la noche, se atreve a decirle cosas osadas y se eriza cuando él le sigue el juego y le dice que a veces se toca pensando en ella. Lo dejé por cobarde, piensa Zoe, tendida en el gimnasio, descansando entre sus series de abdominales. Debí irme con él. Ahora tendría hijos y sería feliz. Pero ella sabe que hace trampa. Porque era muy joven cuando Patricio le pidió que dejase todo para acompañarlo a vivir en el país lejano donde él continuaría estudiando. Si me quiere de verdad, regresará por mí, pensó ella entonces y se quedó esperándolo. Patricio no regresó. Ahora Zoe lo recuerda como un hombre dulce y apasionado, un amante insaciable. Todo lo que no es mi marido: ¿de qué me sirve tener quinientos zapatos finísimos si mi esposo es incapaz de hacerme el amor los miércoles?
Después de ejercitarse durante hora y media en el gimnasio, Zoe camina de regreso a su casa. Está cubierta de sudor: le gusta oler su sudor, le gusta cómo huele su sudor, le recuerda que es todavía una mujer viva, que desea, que tiene dormida la pasión. El olor de mi sudor es el olor de la pasión, del sexo, piensa. Pasa una toalla blanca por su frente, secándose. Se alegra cuando recuerda que esa tarde tiene clases de cocina con Jorge, su profesor, el dueño del mejor restaurante de la ciudad. Las manos de Jorge me vuelven loca, piensa. Le chuparía los dedos, uno por uno, al final de la clase. Debe de ser un amante fantástico. Debe de ser muchísimo mejor en la cama que Ignacio. Y creo que me mira de una manera especial. Somos doce señoras en la clase, pero yo sé que soy su preferida. Si esas manos tan lindas quisieran tocarme, no podría resistirme, piensa, mientras se desviste. Necesito unas manos que me toquen con desesperación. Necesito amor.
Después de mis clases de cocina, voy a pasar por el taller de Gonzalo. Está loco, pero al menos me hace reír. Y pinta precioso. No sé de dónde ha sacado ese talento, pero seguro que no de mi suegra, que pinta unas cosas horrendas. Un domingo me voy a vengar de Ignacio, se ríe sola Zoe. Cuando me lleve a casa de su madre, le voy a decir a la vieja tacaña: Cristina, yo te quiero mucho, pero no puedo seguir mintiéndote, tus cuadros me parecen un espanto.
Zoe sale de la ducha. Tras secarse, se ve desnuda en el espejo. Le gusta su cuerpo: pechos todavía erguidos, nada de barriga, piernas largas y endurecidas por la gimnasia, un trasero que ella encuentra excesivo pero que los hombres suelen mirar con ardor. Todavía estoy guapa, piensa. Imagina otras manos tocándola, las manos de Patricio tan lejanas, las de Jorge, el profesor de cocina. No soy una puta, se arrepiente. Soy una mujer casada. Ignacio es tan bueno. Siempre lo voy a querer. Luego recuerda que es miércoles y debe esperar hasta el sábado para cumplir la rutina del amor con su esposo. Lo odio. Es tan cuadrado, tan aburrido. Quiero reírme un rato. Pasaré a ver a Gonzalo. Si a mi marido le molesta, mala suerte. Su hermano es un encanto. Me divierte muchísimo. Si lo hubiera conocido antes que a Ignacio, no sé qué habría pasado. Porque está guapísimo. Zoe, mejor no pienses esas cosas, se dice, mientras mira con orgullo sus nalgas sin rastros de celulitis.
Gonzalo nunca comienza a pintar antes del mediodía. Necesita dormir ocho horas por lo menos y suele acostarse tarde. Cuando duerme mal, le cuesta más trabajo pintar, se enfada con facilidad, enciende la música a un volumen alto y a veces grita mientras pinta. No es como Ignacio, su hermano mayor, que, duerma mal o bien, trabaja siempre a un ritmo parejo, sosegado. Gonzalo pinta todas las tardes, incluso los domingos o feriados. Sólo deja de pintar cuando viaja y por eso prefiere no viajar con frecuencia. Siente que su vida se torna gris y carece de sentido cuando deja de pintar. Necesita pintar. Descubrió eso cuando tenía veinte años y estudiaba negocios en la universidad. Empezó a pintar después de clases para olvidar un contratiempo amoroso y también, en cierto modo, la rutina tediosa de la universidad. A medida que pintaba, sentía crecer la pasión por esa manera íntima de recrear el mundo y expresar la violencia a menudo contradictoria de sus sentimientos. Pintando comprendió que su vida estaba allí, en los lienzos y los colores, y no en el banco junto a Ignacio. Por eso, un buen día dejó de ir a la universidad. Desde entonces, sólo le ha interesado pintar.
Ni siquiera le interesa vender luego sus cuadros. No necesita el dinero: Ignacio le entrega trimestralmente un adelanto a cuenta de sus ganancias en el banco y con eso tiene de sobra para vivir con comodidad. De todos modos, ha hecho algunas exposiciones en las mejores galerías de arte de la ciudad y se ha resignado a vender un pequeño número de cuadros. Porque a Gonzalo le duele vender sus cuadros: es feliz cuando los regala, pero venderlos le deja una sensación de tristeza, pues siente que pasarán a manos extrañas y les perderá el rastro.
Curiosamente, sin embargo, acaba de venderle un cuadro a Zoe, su cuñada. Lo hizo como un juego: ella le pidió que se lo regalase y él, para no complacerla tan dócilmente, se negó y fijó un precio exagerado, desafiándola. Zoe no dudó en escribir un cheque por esa cantidad y llevarse el cuadro con una sensación de triunfo. Gonzalo también sintió que había ganado el juego. Guardó el cheque en algún cajón, sabiendo que no iría a cobrarlo. Antes observó la firma y le pareció encontrar en ella rasgos de una cierta tensión.
Gonzalo siempre ha creído que Zoe es una mujer bellísima, pero últimamente la encuentra un poco rara. Hay algo en ella que no está bien, piensa. Se ríe con una ansiedad que no tenía antes, de pronto se aleja de la conversación y la veo distraída y ausente, me mira como si quisiera contarme algo pero no se atreviese y estuviera a punto de echarse a llorar. Debe de ser que está pasando por un momento complicado. Ignacio no le ha dado hijos y la tiene medio aburrida. Que se cuide. Zoe es una mujer estupenda y cualquier día se larga con otro. Aunque no creo que se atreva a dejar la vida tan cómoda que tiene con mi hermano. Ni siquiera se atrevería a tener un amante secreto. O quizás sí. Con Zoe nunca se sabe, nunca sabes lo que está pensando. No sé si viene a verme al taller porque le gustan mis cuadros, porque le gusta reírse conmigo o porque yo le gusto aunque no esté dispuesta a admitirlo. Es tan rica mi cuñada. Es una delicia. Mi hermano es un idiota. Prefiere pudrirse en el banco haciendo más plata de la que podrá gastar en toda su vida, antes que pasarla bien con su mujer. Prefiere llevarla a misa, en lugar de tirársela tres veces seguidas. Zoe está triste porque no se la tiran bien. Está clarísimo. Nadie que sepa tirar va a misa de doce los domingos. Ésa es la hora en que tienes que estar montándote a tu mujer.
me parece buen libro, deseo leerlo completo..
Me parece interesante ya que cautiva al lector desde el principio
Me parece interesante ya que cautiva al lector desde el principio
la mujer de mi hermano
fabuloso. me apasiona el contratswe de los pensares y como los conduce el autor, terminara como la profecia autocumplida…pero del marido.
simplemente fabulos y con final predicho
la mujer de mi hermano
me parece que enfoque de la novela es excelente, recomeiendo esta novela para los lectores
la mujer de mi hermano
me encanto el libro es una buena historia e interesante.
Muy buen libro 😀
Justo apenas lo acabo de leer, esta exelente. no dormí toda la noche por leerlo, se los recomiendo ampliamente
lo kiero leer
ggggggggh
excelente
Muy buen novela de principio a fin
la mujer de mi hermano
me parece un libro muy interesante que se asemeja mucho a lo que pase en la vida cotidiana.