En busca del arca perdida

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De repente, la noche se llenó de cohetes de fuego que salían silbando del Arca, columnas de fuego que dejaban aturdida la oscuridad, llamaradas que abrasaban los cielos. Un círculo blanco de luz formó un anillo deslumbrante alrededor de la isla, una luz que hizo brillar el océano y le arrancó corrientes de espuma, haciendo subir la marea en la oscuridad.
La luz, era la luz del primer día del universo, la luz de lo nuevo, de las cosas que acaban de nacer, era la luz que hizo Dios: la luz de la creación.
 

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La selva tenía un verdor oscuro, secreto, amenazador. La poca luz que se filtraba entre la barrera de ramas y bejucos retorcidos era pálida, de un tono lechoso. El aire, pegajoso y pesado, formaba un muro de humedad. Los pájaros chillaban aterrorizados, como si de pronto se hubieran visto atrapados en una inmensa red. Insectos de brillo metálico se escurrían entre los pies, y se oían los gritos de los animales ocultos entre el follaje. Era un sitio tan primitivo, que podría haber sido un lugar perdido, un punto que no figuraba en los mapas, y al que nadie llegaba… el fin del mundo.


Ocho hombres iban abriéndose camino despacio por un estrecho sendero, parándose de cuando en cuando para cortar los bejucos colgantes o dar un tajo a una rama. A la cabeza del grupo iba un hombre alto, con una chaqueta de cuero y un sombrero de fieltro. Detrás de él, dos peruanos, que miraban con desconfianza la selva, y cinco indios quechuas asustados, y luchando con la pareja de burros que llevaban los bultos y provisiones.


Al hombre que dirigía el grupo le llamaban Indiana Jones. Era un hombre musculoso, que hacía pensar en un atleta, todavía no muy lejos de su mejor momento. Tenía una barba de varios días, sucia y rubia, y el sudor le corría por la cara, una cara que podía haber sido guapa, pero poco expresiva, más bien fotogénica. Pero ahora, unas pequeñas rayas alrededor de los ojos y en las comisuras de la boca cambiaban algo esa belleza casi sosa, y daban a su cara más profundidad, más carácter. Era como si el entorno de su experiencia hubiera empezado, poco a poco, a definir sus rasgos.


Indy Jones no se movía con tantas precauciones como los dos peruanos; su confianza hacía que pareciera que allí el indígena era él, y no los otros. Pero ese aire tan decidido no le impedía estar alerta. Sabía lo bastante como para mirar de cuando en cuando a un lado y a otro, casi sin que se notara, en espera de que la selva descubriera en cualquier momento una amenaza, algún peligro. La rotura repentina de una rama, el crujido de las maderas podridas eran para él las señales, los puntos por los que se guiaba para medir el peligro. Algunas veces se paraba, se quitaba el sombrero, se secaba el sudor de la frente, y se preguntaba qué era lo que le fastidiaba más, la humedad o los nervios de los quechuas. Con excesiva frecuencia hablaban entre sí, como en rápidos estallidos de su extraño lenguaje, un lenguaje que a Indy le recordaba los sonidos de los pájaros de la selva, las criaturas del impenetrable follaje, las brumas intermitentes.


Miró a los dos peruanos, Barranca y Satipo, y se dio cuenta de lo poco que confiaba en ellos y lo mucho que los necesitaba para conseguir lo que quería sacar de aquella selva.
Vaya tropa, pensó. Dos peruanos furtivos, cinco indios aterrorizados, y dos burros que no quieren andar. Y yo aquí de jefe, que más me valía llevar una pandilla de boy-scouts.
Indy se volvió hacia Barranca y, aunque estaba seguro de saber la respuesta, preguntó:
—¿De quién están hablando los indios?


Barranca pareció enfadarse:
—¿De qué están hablando siempre, señor Jones? De la maldición. Siempre la maldición.
Indy se encogió de hombros y miró a los indios. Comprendía sus supersticiones, sus creencias y, hasta cierto punto, no le molestaban nada. La maldición, la antigua maldición de los guerreros del templo de Chachapoyan. Loa quechuas se habían criado entre ella; formaba parte de sus creencias,
—Diles que estén tranquilos. Barranca. Diles que no les va a pasar nada.


El ensalmo de las palabras. Se sentía como un curandero que administrara un suero que todavía no se ha probado. ¿Cómo diablos podía él saber que no iba a pasarles nada?
Barranca miró un momento a Indy, y luego habló con dureza a los indios que, de momento, quedaron en silencio, un silencio que no pasaba de ser miedo reprimido. Una vez más, Indy sintió simpatía hacia ellos: unas cuantas palabras de consuelo no podían borrar siglos de superstición. Volvió a ponerse el sombrero, y empezó a andar despacio por el sendero, mientras le asaltaban los olores de la selva, olores de cosas que crecían y de otras que estaban pudriéndose, restos de animales cuajados de gusanos, maderas y vegetación descompuesta. Podría uno pensar en sitios mejores que éste, se dijo para sus adentros, sí, sitios más agradables que éste.


Y luego empezó a acordarse de Forrestal, a imaginárselo pasando hacía algunos años por ese mismo sendero, a pensar cómo le herviría la sangre al acercarse al templo. Pero Forrestal, por muy buen arqueólogo que fuera, no había vuelto nunca de su viaje a aquel lugar, y todos los secretos que pudiera guardar el templo seguían encerrados allí. Pobre Forrestal. Ir a morir en aquel sitio dejado de la mano de Dios era un maldito epitafio. Y no era el que Indy deseaba para sí mismo.


Continuó andando por el sendero, seguido por el resto del grupo. Allí la selva formaba un cañón, y la senda corría a lo largo de la pared, como una vieja cicatriz. Del suelo subían ahora algunas brumas, vapores que él sabía se harían más espesos, más densos, a medida que avanzara el día. Esas nieblas quedaban encajadas en el cañón, casi como telas de araña tejidas por los árboles mismos.


Un enorme guacamayo, con tantos colores como el arco iris, soltó un chillido entre la maleza y voló hasta los árboles, asustándole. Y los indios empezaban otra vez a hablar, a gesticular como locos con las manos, a pincharse unos a otros. Barranca se volvió y los hizo callar con una orden, pero Indy sabía que cada vez iba a ser más difícil poder dominarlos. Podía notar su inquietud, igual que notaba la humedad que se le pegaba a la carne.


Aparte de eso, los indios le preocupaban menos que su desconfianza, cada vez mayor, en los dos peruanos. Sobre todo Barranca. Era como un instinto físico, algo en lo que siempre confiaba, una intuición casi constante a lo largo del viaje. Pero ahora se hacía más fuerte. Estaba seguro de que eran capaces de cortarle el cuello por unos cuantos cacahuetes salados.


Pero ya no puede estar muy lejos, se dijo. Y al darse cuenta de lo cerca que estaba del templo, al comprender lo cerca que estaba del ídolo de los chachapoyan, volvió a sentir el mismo arrebato de siempre: la realización de un sueño, una promesa que se había hecho a sí mismo, algo a lo que se había comprometido cuando todavía era un novato en arqueología. Era como retroceder quince años, recobrar esa sensación de asombro tan familiar, la obsesión de llegar a comprender los puntos oscuros de la historia, que era lo que primero le había entusiasmado de la arqueología. Un sueño, pensó. Un sueño que toma cuerpo, que pasa de ser algo nebuloso a ser algo tangible. Y ahora podía notar la proximidad del templo, sentirla en sus mismos huesos.


Se paró para escuchar a los indios que hablaban otra vez. Ellos también lo saben. Saben lo cerca que estamos ahora. Y les da miedo. Echó a andar. La pared del cañón estaba cortada por los árboles. El sendero apenas se distinguía; estaba ahogado por las plantas trepadoras, por las hierbas bulbosas que se arrastraban por encima de las raíces que, a su vez, parecían más bien plantas nacidas de esporas traídas por el viento que habían ido a caer en aquel sitio. Indy empezó a dar golpes con su cuchillo de hoja ancha, moviendo el brazo a un lado y otro, y cortando todo lo que le estorbaba como si las plantas no fueran más que papeles fibrosos. Maldita selva. No se podía permitir que la naturaleza, ni aun en su estado más salvaje, le derrotara a uno. Cuando terminó, estaba empapado de sudor y le dolían los músculos. Pero se sintió a gusto al ver el desbroce de plantas y raíces que habían hecho. Y luego vio que la bruma se estaba haciendo más densa; no era una niebla fría, sino algo que nacía del mismo sudor de la selva. Respiró hondo, y avanzó por el pasillo abierto.


Tuvo que volver a tomar aliento al llegar al final del sendero.
Allí estaba.
Allí, a lo lejos, envuelto en la espesura de los árboles, el templo.


Por un momento, se sintió cogido en los extraños engranajes de la historia, una sensación de permanencia, una continuidad que hacía posible que alguien llamado Indiana Jones estuviera vivo en el año 1936 y pudiera ver una construcción que otros hombres habían levantado dos mil años antes. Asombrado. Sobrecogido. Algo que te hacía sentir humilde. Pero ninguna de esas palabras podía describirlo. No había palabra adecuada para expresar esa emoción.
Durante unos momentos no pudo decir nada.


No hacía más que mirar el edificio, y pensar en la energía que había hecho falta para levantar una estructura así en el corazón de una selva despiadada. Las voces de los indios le hicieron volver a la realidad, y vio que tres de ellos echaban a correr por el sendero, y dejaban a los burros. Barranca había sacado la pistola, y se disponía a disparar sobre los indios, pero Indy le agarró por la muñeca, le bajó un poco la mano, y obligó al peruano a mirarle.


—No —dijo.
Barranca fijó sus ojos en Indy.
—Son cobardes, señor Jones.
—No los necesitamos —dijo Indy—. Y tampoco necesitamos matarlos.
El peruano bajó la pistola, miró a su compañero Satipo, y se volvió hacia Indy.
—¿Y sin los indios, señor, quién va a llevar las provisiones? Satipo y yo no nos contratamos para hacer trabajos de esos, ¿no?
Indy contempló al peruano, la terrible frialdad que tenía en sus ojos. No podía imaginarse que aquel hombre sonriera alguna vez. No podía imaginar que la luz en algún momento se abriera paso hasta el alma de Barranca. Indy recordaba haber visto antes esos mismos ojos muertos: en un tiburón.


—Dejaremos las provisiones. En cuanto tengamos lo que hemos venido a buscar aquí, podemos volvernos al avión al anochecer. No necesitamos las provisiones.
Barranca jugaba nervioso con la pistola.
Un tío aficionado a darle al gatillo, pensó Indy. Para él, tres indios muertos no habrían significado absolutamente nada.


—Guarda el arma —dijo Indy—. No me gustan las pistolas, Barranca, a menos que sea yo el que tiene el dedo en el gatillo.
Barranca se encogió de hombros y miró a Satipo; algo se habían dicho, sin hablar, entre ellos. Indy sabía que esperarían el momento que les conviniese. Harían la jugada a su debido tiempo.
—Métela en la funda, ¿eh? —dijo Indy.


Miró a los dos indios que quedaban, que estaban acorralados por Satipo. Tenían una expresión de miedo como si estuvieran en trance; podían haber sido zombis.
Indy se volvió hacia el templo, y lo contempló, saboreando el momento. La niebla era cada vez más densa, una conspiración de la naturaleza, como si la selva se propusiera guardar sus secretos para siempre.


Satipo se inclinó y sacó una cosa de la corteza de un árbol. Levantó la mano para enseñársela a Indy. En la palma tenía un dardo diminuto.
—Hovitos —dijo Satipo—. El veneno está todavía fresco, no tendrá más de tres días, señor Jones. Deben de estar siguiéndonos.


—Si supieran que estamos aquí, ya nos habrían matado —contestó tranquilamente Indy.
Cogió el dardo. Tosco, pero efectivo. Pensó en los hovitos, en su legendaria ferocidad, su histórico amor al templo. Eran lo bastante supersticiosos para mantenerse alejados de él, pero estaban igualmente decididos a matar a cualquiera que pretendiese acercarse.
—Vamos allá —dijo—. Vamos a terminar con todo esto.


Tuvieron que volver a cortar y a dar golpes, abrirse paso entre la maraña de bejucos, arrancar las plantas trepadoras que crecían por el suelo, como cepos al acecho. Indy sudaba, se detuvo un momento, con el cuchillo colgando a un lado. Vio de reojo que uno de los indios estaba apartando una gruesa rama.
Fue el grito lo que le hizo darse la vuelta, con el cuchillo en la mano. El grito salvaje del indio lo que le hizo lanzarse sobre la rama, justo en el momento en que el quechua, dando alaridos, echaba a correr por la selva. El indio que quedaba le siguió, chocando, sin saber lo que hacía, contra las ramas llenas de espinas y las plantas. Desaparecieron los dos. Indy, sosteniendo el cuchillo, levantó la rama que tanto había aterrorizado a los indios. Estaba dispuesto a lanzarse sobre lo que pudiera haberlos asustado, dispuesto a clavarle el machete Apartó la rama.


Allí estaba, entre los jirones de niebla.
Esculpido en piedra, intemporal, como la expresión de alguna espantosa pesadilla, era la figura de un demonio chachapoyan. Lo contempló un momento, vio la maldad de aquella cara inmutable, y comprendió que lo habían puesto allí para guardar el templo, para espantar a cualquiera que pudiera acercarse. Un obra de arte pensó, y quiénes podrían haber sido sus creadores, qué sistema de creencias tendrían, y qué clase de terror religioso capaz de inspirar una estatua tan horrible. Hizo un esfuerzo por alargar la mano y tocar al demonio en el hombro.


Luego se dio cuenta de otra cosa, algo que era aún más impresionante que aquella cara de piedra. Más misterioso.
El silencio.
El incomprensible silencio.
Nada. Ni pájaros, ni insectos. Ni una brisa que moviera los árboles y arrancara algún sonido. Un vacío absoluto, como si todo en aquel sitio estuviera muerto. Como si todo hubiera quedado inmovilizado, reducido al silencio por una mano impía y destructora. Se tocó la frente. La tenía fría, un sudor frío. Fantasmas, pensó. Este sitio está lleno de fantasmas. Era el silencio que uno se imagina tenía que haber antes de la creación.
Se aparto de la figura de piedra, seguido por los dos peruanos, que parecían ahora muy sumisos.


—¡Por Dios!, ¿qué puede ser eso? —preguntó Barranca.
Indy se encogió de hombros.
—Alguna chuchería. ¿Qué va a ser si no? ¿No sabías que todos los chachapoyan tenían que tener una en su casa?
Barranca parecía estar de mal humor.


—A veces se toma usted las cosas demasiado a la ligera, señor Jones.
—¿Hay otra forma de tomárselas?
La niebla se arrastraba, se enroscaba, parecía agarrarse a las cosas, como si quisiera echar a los tres hombres hacia atrás. Indy intentaba mirar entre las brumas, distinguir la entrada del templo, adornada con frisos primitivos que el tiempo había cubierto de vegetación, arbustos, hojas, enredaderas. Pero lo que más le intrigaba era la entrada misma, redonda y abierta, como la boca de un cadáver. Se acordó de Forrestal, metiéndose por aquella boca oscura, cruzando el camino hacia la muerte. Pobre hombre.
Barranca no apartaba los ojos de la entrada.


—¿Y cómo podemos fiarnos de usted, señor Jones? Nadie ha salido vivo de ahí. ¿Por qué vamos a tener tanta fe en usted?
Indy sonrió.
—¡Ay, Barranca, Barranca, ya debías haber aprendido que algunas veces hasta un miserable gringo dice la verdad! —Sacó un trozo de pergamino doblado que llevaba en el bolsillo de la camisa. Miró a los dos peruanos. Su expresión estaba bien clara, tenían cara de avaricia. Indy se preguntaba a quién le habrían cortado tan bien el cuello como para que aquellos dos villanos se hubieran quedado con la otra mitad—. Esto, Barranca, es lo que va a ocuparse de vuestra fe.

 

Extendió el pergamino en el suelo, y Satipo sacó del bolsillo otro trozo igual y lo colocó junto al de Indy. Los dos trozos casaban perfectamente. Por un momento, nadie dijo nada; Indy sabía que se había dado paso a la desconfianza, y esperaba, con los nervios tensos, a ver qué ocurría.


—Bueno, amigos —dijo—. Somos socios. Tenemos lo que podríamos llamar necesidades comunes. Tenemos en las manos un plano completo de la planta del templo. Hemos conseguido lo que no había conseguido nadie. Y ahora, suponiendo que este pilar señale la esquina…


Antes de poder terminar la frase vio, como en una película lenta, que Barranca cogía la pistola. Vio cómo su mano agarraba la culata del arma… y entonces se movió. Indiana Jones se movió más de prisa de lo que el peruano podía haber imaginado; fue algo tan rápido que resultó borroso, una parodia de la imagen; se apartó de Barranca y sacó un látigo de debajo de su chaqueta de cuero. Sus movimientos se hicieron vertiginosos, un alarde de fuerza y destreza, brazo y látigo parecían ser una misma cosa, simple extensión el uno del otro. Restalló el látigo en el aire, y vio cómo se enroscaba en la muñeca de Barranca. Dio un tirón hacia abajo para apretarlo aún más, y la pistola se disparó sola contra el suelo. En el primer momento, el peruano no se movió. Miró asombrado a Indy, con una mezcla de confusión, dolor y odio, con rabia de verse humillado por otro más listo que él. El látigo empezó luego a aflojarse, y Barranca echó a correr hacia la selva, detrás de los indios.


Indy se volvió hacia Satipo. El peruano levantó las manos.
—Por favor, señor. Yo no sabía nada, no sabía nada de este plan. Estaba loco. Es un loco. Por favor, señor, créame.
Indy se quedó mirándole un momento, luego movió la cabeza y recogió los trozos del mapa.


—Puedes bajar las manos, Satipo.
El peruano pareció más tranquilo y bajó los brazos.
—Tenemos el plano de la planta —dijo Indy—. ¿Qué es lo que estamos esperando?
Y se volvió hacia la entrada del templo.

Lo que se notaba era el olor de los siglos, los olores encerrados por años de silencio y oscuridad, la humedad que penetraba de la selva, las plantas podridas. El agua goteaba del techo y resbalaba por entre los musgos que crecían allí dentro. El camino estaba lleno de los pequeños ruidos de los roedores que escapaban. Y el aire era sorprendentemente frío, el de un sitio donde nunca entraba el sol, la sombra perpetua. Indy iba delante de Satipo, escuchando el eco de sus propias pisadas. Ruidos extraños, pensó. Perturbadores de los muertos… y por un momento tuvo la sensación de estar donde no debía y en un mal momento, como si fuera un ladrón, un salteador, alguien que quiere causar daño a lo que lleva tanto tiempo cu paz.


Conocía muy bien esa sensación, la de estar haciendo algo malo. Y no era la que le gustaba sentir, porque era como tener a un invitado pelmazo en una cena que por lo demás estaba muy bien. Veía moverse su sombra a la luz de la antorcha que llevaba Satipo.


El pasadizo torcía a medida que iba penetrando en el interior del templo. Indy se paraba de cuando en cuando para mirar el mapa a la luz de la antorcha, tratando de recordar todos los detalles del plano. Tenía ganas de beber, notaba la garganta seca y la lengua abrasada, pero no quería detenerse. Le parecía llevar un reloj metido en la cabeza, y que su tic-tac iba diciéndole: No tienes tiempo, no tienes tiempo…


Los dos hombres pasaban junto a unas repisas excavadas en los muros. Indy se paraba en algunos momentos para examinar los objetos que estaban colocados en esas repisas. Separaba con ojos de experto los que le interesaban y los guardaba en el bolsillo. Monedas, pequeños medallones y piezas de cerámica que pudiera llevar consigo. Sabía bien lo que tenía valor y lo que no lo tenía. Pero todos ellos eran nada comparados con lo que realmente había venido a buscar: el ídolo.


Ahora andaba más de prisa, y el peruano corría detrás de él, jadeando para no distanciarse. De repente se paró, dando un respingo.
—¿Por qué nos hemos parado? —preguntó Satipo, con una voz como si tuviera los pulmones ardiendo.


Indy no contestó, se había quedado helado, casi sin respiración. Satipo, asustado, se acercó a él, e iba a tocarle en el brazo, pero la mano se le quedó también helada a medio camino.
Una tarántula negra subía por la espalda de Indy, con una lentitud aterradora. Indy sentía las patas que iban avanzando hacia la piel desnuda del cuello. Esperó unos segundos que le parecieron interminables, hasta que el bicho se le puso en el hombro. Veía el pánico de Satipo, notaba las ganas que tenía de dar un grito y escapar de un salto. Sabía que tenía que actuar con rapidez, pero sin provocar la huida de Satipo. Con un movimiento suave, alzó la mano hasta el hombro, y de un golpe lanzó lejos a la araña. Con una sensación de alivio, empezó otra vez a andar, pero pronto oyó un grito entrecortado del peruano, y vio otras dos arañas en el brazo de Satipo.

Instintivamente, Indy soltó un latigazo, lanzó a los bichos al suelo y los aplastó con las botas antes de que pudieran escabullirse en las sombras.


Satino estaba pálido, parecía que se iba a desmayar. Indy le agarró, y le sostuvo por el brazo hasta verle ya recuperado. Luego el arqueólogo señaló hacia el fondo del pasillo, hacia una cámara pequeña, alumbrada por un único rayo de luz que entraba por un agujero del techo. Las tarántulas ya estaban olvidadas; Indy sabía que le esperaban otros peligros.


—Ya basta, señor —dijo Satipo—. Vámonos.


Pero Indy no contestó. Tenía la vista fija en la cámara, y estaba dándole vueltas a una idea, tratando de meterse en la mente de quienes habían construido el templo hacía ya tantos años. Suponía que habrían querido proteger el tesoro. Habrían puesto barreras y trampas, para asegurarse de que ningún extraño pudiera nunca llegar hasta el corazón del templo.


Fue acercándose a la entrada, avanzando con la precaución instintiva del cazador que huele el peligro en el aire, que lo siente antes de haber descubierto cualquier síntoma. Se agachó, palpó el suelo a su alrededor, encontró un tronco grueso, lo arrastró, y luego, acercándose un poco más, lanzó el tronco dentro de la cámara.


Por un instante, no pasó nada. Luego se oyó un débil chirrido, un crujido más fuerte, y las paredes de la cámara parecieron abrirse como gigantescas estacas de metal, las mandíbulas de un imposible tiburón, que fueron a cerrarse sobre el centro de la cámara. Indiana Jones sonrió, admirado ante el trabajo de los constructores del templo, el ingenio que habían necesitado para imaginar aquella horrible trampa. El peruano soltó un juramento en voz baja, y se santiguó. Indy estaba a punto de decir algo, cuando vio que había una cosa clavada en las grandes picas. No necesitó más de un momento para comprender qué era lo que había quedado atravesado por las afiladas puntas.
Forrestal.


Mitad esqueleto. Mitad carne. La cara, conservada en forma grotesca por la temperatura de la cámara, reflejaba todavía el dolor y la sorpresa, como si la hubieran dejado allí para servir de escarmiento a cualquiera que sintiese deseos de entrar en la habitación. Forrestal, empalado por el pecho y la ingle, con manchas negruzcas de sangre en su sahariana, manchas de muerte. ¡Jesús!, pensó Indy. Nadie merecería una muerte así. Nadie. Por un momento sintió tristeza.


Te equivocaste, chico. Estabas fuera de tu ambiente. Debías haberte quedado en el aula. Indy cerró un momento los ojos, entró luego en la cámara, sacó los restos del hombre de las puntas de las picas, y dejó el cadáver en el suelo.
—¿Conocía usted a esa persona? —preguntó Satipo.


—Sí, le conocía.
El peruano volvió a santiguarse.
—Señor, yo creo que sería mejor no seguir adelante.
—No vas a echarte atrás por tan poca cosa, ¿no es verdad, Satipo?
Indy permaneció un rato callado. Vio que las picas de metal empezaban a retirarse y se encajaban otra vez en las paredes de donde habían salido. Estaba asombrado ante la simplicidad del mecanismo, un mecanismo tan sencillo y tan mortal.


Indy sonrió al peruano y le dio unos golpecitos en el hombro. Sudaba a todo sudar y estaba temblando. Indy entró en la cámara, sin perder de vista las picas, que tenían otra vez las puntas clavadas en los muros. Pasado un momento, el peruano, refunfuñando y hablando en voz baja, le siguió. Atravesaron la cámara y salieron a un corredor recto, de unos quince metros de largo. Al fondo del corredor había una puerta, iluminada por el sol que entraba por arriba.


—Estamos cerca —dijo Indy—, muy cerca.
Volvió a consultar el mapa antes de doblarlo, tratando de no olvidar los detalles. Pero no echó a andar en seguida. Sus ojos recorrían el lugar en busca de más trampas, más cepos.
—Parece seguro —dijo Satipo.
—Eso es lo que me escama, amigo.
—No hay nada —dijo el peruano—. Vamos.
Satipo, que de repente tenía mucha prisa, dio unos pasos.


Y luego se paró, al ver que su pie derecho resbalaba sobre la superficie del suelo. Cayó hacia adelante, dando un grito. Indy agarró al peruano por el cinturón, y tiró de él hacia atrás. Satipo se dejó caer en el suelo, agotado.
Indy observó el suelo que había pisado el peruano. Eran telas de araña, toda una extensión de viejas telarañas, sobre las que se había depositado una capa de polvo que daba la impresión de ser el suelo. Se agachó, cogió una piedra, y la dejó caer sobre las telarañas. No se oyó nada, ningún ruido, ningún eco.


—Tiene que ser muy hondo —comentó Indy.
Satipo, que continuaba sin aliento, no contestó.
Indy contempló las telarañas y la puerta iluminada que estaba al otro lado. ¿Cómo se puede cruzar un espacio, un pozo, en el que no existe un suelo?
—Señor, yo creo que nos volvemos ya, ¿no?
—No, yo creo que seguimos adelante.
—¿Cómo? ¿Poniéndonos alas? ¿Es eso lo que está pensando?
—No hacen falta alas para volar, chico.


Sacó el látigo y miró al techo. Había varias vigas encajadas en él. Claro que podían estar podridas. Pero también podían estar lo bastantes fuertes como para soportar su peso. Merecía la pena intentarlo. Si no daba resultado, habría que decirle adiós al ídolo. Lanzó el látigo hacia arriba, vio que se enganchaba en una de las vigas, y luego tiró de él para probar si aguantaba.


Satipo movió la cabeza.
—Está usted loco.
—¿Se te ocurre otra cosa mejor?
—El látigo no puede aguantarnos. La viga se va a partir por la mitad.
—Líbreme Dios de los pesimistas —dijo Indy—. Líbreme Dios de los incrédulos. Tú confía en mí. Haz lo que yo haga, ¿estamos?


Indy se agarró con las dos manos al látigo, volvió a tirar de él para hacer otra prueba, y luego se lanzó despacio por el aire, sin olvidar en ningún momento el suelo ilusorio que tenía debajo, la oscuridad del pozo que se abría debajo del polvo y las telarañas, la posibilidad de que fallara la viga, se soltara el látigo, y entonces… pero no tuvo tiempo de pensar en cosas tan tristes. Se balanceó agarrado al látigo, sintiendo cómo cortaba el aire con el cuerpo. Siguió colgado hasta estar seguro de haber saltado hasta más allá de los bordes del pozo, y luego se dejó caer al suelo. Lanzó el látigo al peruano, que dijo algo entre dientes en español, algo que Indy estaba seguro tenía un significado religioso. Se preguntaba si en algún lugar del Vaticano podría haber un santo, patrono de los que tenían ocasión de viajar en látigo.


Vio que el peruano aterrizaba a su lado.
—¿No te lo dije? Es mejor que ir en autobús.
Satipo no dijo nada. A pesar de la poca luz que había, Indy veía que estaba pálido. Encajó en una hendidura de la pared el puño del látigo.
—Para el viaje de vuelta. Yo siempre hago viajes de ida y vuelta.


Satipo se encogió de hombros, y los dos cruzaron la puerta, y entraron en un cuarto grande, abovedado, con varios tragaluces en el techo por donde entraba el sol que iluminaba las baldosas blancas y negras del suelo. Y luego Indy vio algo al otro lado de la cámara, algo que le dejó sin aliento, le produjo una impresión y un placer que no era capaz de describir.


El ídolo.
Colocado sobre una especie de altar, con un aspecto fiero y al mismo tiempo hermoso, su cuerpo de oro brillaba a la luz de la antorcha y con los rayos del sol que entraban por el tejado, el ídolo.
El ídolo de los guerreros chachapoyan.


Lo que sintió entonces fue un irresistible deseo de echar a correr por la cámara y tocar aquella belleza, una belleza rodeada de obstáculos y trampas. ¿Y cuál sería la trampa sorpresa reservada para el final? ¿Qué clase de trampa sería la que rodeaba al propio ídolo?


—Voy a entrar —dijo.
El peruano, entonces, vio también el ídolo, pero no dijo nada. Se quedó mirándolo, con una expresión de avaricia que hacía comprender que ya no le importaba nada como no fuera ponerle las manos encima. Indy le observaba, diciéndose: Ya lo ha visto. Ha visto lo bonito que es. No puedo fiarme de él. Satipo estaba a punto de atravesar el umbral cuando Indy le detuvo.
—¿Te acuerdas de Forrestal?


—Sí que me acuerdo.
Contempló el complicado dibujo de baldosas blancas y negras, tratando de comprender por qué estarían colocadas de aquella forma. Junto a la puerta había dos viejas antorchas metidas en unos roñosos soportes de metal. Cogió una de ellas, tratando de imaginarse la cara de la última persona que la había tenido en sus manos; el paso del tiempo… algo que nunca dejaba de asombrarle era que los objetos más vulgares duraran siglos y siglos. Encendió la antorcha, miró a Satipo, se agachó, y apretó una de las baldosas blancas con el extremo que no estaba encendido. Dio unos golpes. Sólida. Ni eco ni resonancia ninguna. Muy sólida. Luego golpeó una de las baldosas negras.
Todo ocurrió antes de que pudiera retirar la mano. Un ruido, el sonido de algo que pasaba zumbando por el aire, algo que producía un silbido por la velocidad que llevaba, y un dardo pequeño se clavó en el mango de la antorcha. Apartó la mano. Satipo dio un suspiro, y señaló luego hacia el interior de la cámara.


—Venía de allí —dijo—. ¿Ve usted ese agujero? El dardo ha salido de allí.
—Veo cientos de agujeros —contestó Indy.
La cámara entera estaba agujereada como una colmena, llena de pequeñas cavidades oscuras, cada una de ellas cargada con un dardo, que se disparaba en cuanto se apretase una de las baldosas negras.
—Quédate aquí, Satipo.


El peruano volvió la cara despacio.
—Si se empeña.
Indy, con la antorcha encendida, fue avanzando con precaución, pisando sólo las baldosas blancas, y saltando por encima de las negras. Veía su sombra reflejada en las paredes a la luz de la antorcha, y no se olvidaba de los agujeros, ahora medio iluminados, que contenían los dardos. Pero lo que más le atraía era el ídolo, su extraña belleza, cada vez mayor a medida que se acercaba, su brillo que parecía hipnotizarle, la enigmática expresión de su cara. Qué raro, pensó; quince centímetros de alto, dos mil años a cuestas, un montón de oro con una cara que difícilmente podría uno decir que es bonita y, sin embargo, una cosa que hace a los hombres perder la cabeza, matarse por ella. Pero le hipnotizaba, y tuvo que apartar la vista. Tengo que concentrarme en las baldosas, se dijo. Sólo en las baldosas. No mirar más que eso. Y no permitir que me falle el instinto.


En el suelo, sobre una de las baldosas blancas, atravesado por los dardos, había un pájaro muerto. Se quedó mirándolo, sobrecogido al pensar que fuera quien fuera el que había construido el templo y había preparado las trampas, no habría sido tan tonto como para ponerlas sólo en las baldosas negras: igual que un comodín en una baraja, por lo menos una de las baldosas estaría envenenada.


Por lo menos una.
¿Y si había además otras?
Vaciló; sudaba, sentía el calor del sol que entraba por el techo, el calor que despedía la llama de la antorcha. Pasó con cuidado, sin tocar el pájaro muerto, mirando las baldosas blancas que le separaban del ídolo, como si cada una de ellas fuera un enemigo en potencia. A veces, pensó, la precaución sola no sirve para nada. A veces no te llevas el premio si andas con dudas, si no te decides a correr el último riesgo. La precaución tiene que ir acompañada de la suerte, pero entonces tienes que saber al menos con qué probabilidades cuentas. La vista del ídolo volvió a arrastrarle. Le magnetizaba. Y se daba cuenta de que tenía detrás a Satipo, mirándole desde la puerta, y pensando sin duda en traicionarle.


Hazlo, se dijo. ¡Qué demonios!, hazlo, y manda a paseo las precauciones. Empezó a moverse con la gracia de un bailarín. Se movía con la extraña elegancia de un hombre que sorteara cuchillas. Ahora cada baldosa podía ser una mina, una carga de profundidad.


Avanzó de lado, evitando las baldosas negras, y con miedo de que su peso disparara el mecanismo que haría que el aire se cuajara de dardos. Ya estaba más cerca del altar, más cerca del ídolo. El premio. El triunfo. Y la trampa final.
Volvió a pararse. Su corazón parecía volverse loco, notaba los latidos del pulso, la sangre que le ardía en las venas. El sudor que le caía de la frente y se escurría por los párpados, le cegaba. Se lo limpió con el dorso de la mano. Unos pocos pasos más, pensó. Unos pocos pasos más.


Y unas cuantas baldosas más.
Empezó a andar otra vez, levantando y bajando las piernas despacio. Si alguna vez había necesitado guardar el equilibrio, era ahora. El ídolo parecía hacerle guiños, tentarle.

1 comentario en “En busca del arca perdida”

  1. enn busca del arca perdida
    me parecio un libro muy interesante, pero no se como leer el final para saber que paso con jones y su amigo e igualmente el idolo….

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