La cadena rota

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Con LA CADENA ROTA se inicia una nueva temática en el amplio conjunto de narraciones que transcurren en el planeta Darkover (ver Apéndice al final del libro). En el seno de una narración dominada por el tono de aventuras habitual en la serie, destaca la implícita reflexión sobre el papel social de las mujeres en Darkover y, por extensión, en cualquier sociedad.

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Ya en la primera novela de la serie PLANET SAVERS (LOS SALVADORES DEL PLANETA, 1962) aparece la presencia de unas extrañas Amazonas, como un grupo de mujeres juramentadas que pueden realizar «trabajos de hombre», pero no se profundiza en la compleja dificultad de su empeño. Es precisamente en LA CADENA ROTA cuando Bradley presta atención destacada a esas mujeres que se convierten así en el eje central de una de las trilogías más apreciadas dentro de la famosa serie de Darkover.

LA CADENA ROTA narra, por primera vez y con cierto detalle, las dificultades con que se encuentran las Amazonas Libres, el grupo de mujeres juramentadas que intentan superar con su actitud y su actividad las limitaciones impuestas socialmente a las mujeres, Bradley profundiza aquí en el rol social de las mujeres de Darkover, desde su papel como Celadoras especializadas en el control de la técnica de matrices que estimulan la telepatía, al de casi-esclavas de los hombres en las Ciudades Secas, pasando por el papel socialmente secundario que deben desempeñar en los Dominios del Comyn. Ante esta situación, las mujeres del Gremio de las Amazonas Libres reivindican en Darkover su calidad de personas independientes y su igualdad con los hombres en todos los aspectos.

Destaca en todo ello la voluntad de Bradley por hacernos reflexionar sobre el significado de la condición humana que tantas veces la historia de nuestra cultura parece haber negado a las mujeres. La lectura del Juramento de las Amazonas Libres (al principio del libro) puede sorprender y tal vez algún lector(a) piense que se trata de demasiadas renuncias que coartan irremisiblemente la vida de la futura Amazona. Pero cuando en el capitulo nueve (verdadero eje ideológico de la novela), la agente terrana Magda Lorme se ve forzada a pronunciar el juramento de Amazona Libre, descubrimos con sorpresa que esas palabras, ese juramento, no contienen nada tan terrible y que sus presuntas «.renuncias» corresponden precisamente a la afirmación de la independencia y libertad de un ser humano, aunque no siempre las mujeres de nuestra sociedad (o de la de Darkover) hayan podido ejercer dicha opción.

Pero, como siempre en las novelas sobre Darkover, el camino que lleva a la plenitud personal y a la realización final, el que hace factible la concreción de la ética de la libertad, es un camino plagado de renuncias y dificultades; de decisiones no siempre fáciles porque la vida en libertad responsable no tiene porque serlo necesariamente. Y así lo experimentarán tanto la comynara Rohana Ardáis, la agente terrana Magda Lome y, también, la joven Jaelle n 'ha Melora en su difícil tránsito a la condición de Amazona. Pese a la inicial estructura ternaria de esta novela, poco a poco Bradley va centrando el futuro de la trilogía sobre las Amazonas Libres de Darkover en la figura de la agente terrana Magda Lome.


Presuntamente la «modernidad» de la terrana Lome debería acercarla con mayor facilidad a los objetivos perseguidos por las Amazonas Libres, pero es precisamente su pertenencia a dos mundos lo que va a permitirle en curioso papel como «observador participante» (según la terminología al uso entre los sociólogos) que pone de manifiesto las limitaciones sociales impuestas a las mujeres no sólo en Darkover, sino en cualquier sociedad sexista como, en cierta forma, también lo es la sociedad terrana.


Creo importante destacar que gran parte del éxito de la serie de Darkover procede precisamente del tratamiento del tema de las Amazonas Libres. No hay que olvidar que esta atención al mundo de las mujeres y sus problemas es uno de los aspectos temáticos que más interesan a Marión Zimmer Bradley, y está también implícito en otras obras famosas de esta autora. En su recreación del mundo de las leyendas del Rey Arturo, LAS NIEBLAS DE AVALÓN, Bradley abandona el tratamiento tradicional y utiliza como punto de vista central el de una mujer: Morgana. Algo parecido ocurre con su reciente recreación de la Guerra de Troya que también se presenta, esta vez en LA ANTORCHA, desde un punto de vista en cierta forma revolucionario y novedoso: el de Casandra. Con toda seguridad esa inversión del género del protagonista principal en esta recreación de dos narraciones ya clásicas es algo que configura inevitablemente la visión final de dichas novelas, con una atención preferente a la óptica femenina.


Pero todo ello se puede observar incluso con mayor nitidez en las novelas de Darkover sobre las Amazonas Libres, que profundizan explícitamente en esa necesaria atención al papel de las mujeres: el que desempeñan y el que deberían desempeñar si no existieran tantas trabas sociales a su realización como personas. La temática aquí iniciada continúa en LA CASA DE THENDARA y además, en la tercera de las novelas de Darkover sobre este tema, CIUDAD DE BRUJERÍA, los personajes masculinos acabarán siendo meros comparsas y prácticamente no intervienen en la acción y ni siquiera hablan. Pero éste será un tema a comentar en otro momento.


En cualquier caso, es evidente que es en el marco de la narración de aventuras habitual en las novelas de Darkover donde —más fácil resulta extrapolar sobre ideas socialmente avanzadas, sin peligro de aburrir al lector. La realidad es que, por todo ello, LA CADENA ROTA se lee con gusto y satisfacción, incluso desde una óptica meramente lúdica, aunque también estimule interesantes reflexiones que no dejan de ser válidas en nuestro entorno social. ¿Qué más puede uno pedir?
MIQUEL BARCELÓ
Para Tracy,
por haberme contado el chiste del hombre del espacio, la leronis y los tres habitantes de las Ciudades Secas.

EL JURAMENTO DE LAS AMAZONAS LIBRES
De hoy en adelante, renuncio al derecho de casarme, salvo como compañera libre. Ningún hombre establecerá conmigo un vínculo di catenas ni viviré en ninguna casa de hombre como barragana*.


Juro estar preparada para defenderme por la fuerza si soy atacada por la fuerza, sin recurrir a la protección de ningún hombre.


Juro que de hoy en adelante no seré conocida por el nombre de ningún hombre, sea padre, guardián, amante o esposo, sino simple y solamente como hija de mi madre.
Juro no entregarme de hoy en adelante a ningún hombre, salvo en el momento y ocasión que yo misma decida, por mi propia voluntad y deseo; nunca ganaré mi pan como objeto del deseo de hombre alguno.


Juro que de hoy en adelante no daré hijos a ningún hombre, salvo por mi propio placer, elección y momento; no daré hijos a ningún hombre para la herencia, la casa, el clan, el orgullo o la posteridad; juro que yo sola determinaré la crianza de cualquier hijo que tenga sin considerar la posición, el lugar o el orgullo de ningún hombre.
De hoy en adelante, renuncio a ser leal a cualquier familia, clan, guardián o señor, y juro ser leal solamente a las leyes de la Tierra como ciudadana libre, al reino, la corona y los dioses.


No recurriré a ningún hombre en busca de protección, apoyo o socorro, y únicamente deberé lealtad a mi madrina de juramento, a mis hermanas del Gremio y a mi patrón durante la época de mi empleo.


Y juro, además, que las integrantes del Gremio de las Amazonas Libres, todas y cada una de ellas, serán para mí como mi madre, mi hermana o mi hija, de mi misma sangre, y que ninguna mujer unida por juramento al Gremio recurrirá a mí en vano.
Desde este momento, juro obedecer todas las leyes del Gremio de las Amazonas Libres y cualquier orden de mi madrina de juramento, los miembros del Gremio o la líder que elija durante mi temporada de empleo. Y si traiciono algún secreto del Gremio, o no cumplo mi juramento, me someteré a las madres del Gremio para las sanciones disciplinarias que ellas elijan; y si no cumpliera, que la mano de cada mujer caiga sobre mí, que me maten como a un animal, entreguen mi cuerpo insepulto a la corrupción y dejen mi alma a merced de la diosa.
* En castellano en el original. (N. de la T.)

PRIMERA PARTE
ROHANA ARDÁIS
COMYNARA

La noche descendía sobre las Ciudades Secas, vacilando, como si en esta época el gran sol rojo no deseara ponerse. Liriel y Kyrrdis, pálidas en la demorada luz diurna, pendían muy bajas sobre los muros de Shainsa.


Detrás de las puertas, en los alrededores del gran mercado barrido por los vientos, un grupo de viajeros armaba su campamento, desensillando los caballos y descargando a los animales de transporte.


Eran sólo siete u ocho, todos vestidos con las capas con capuchas y las pesadas túnicas y pantalones de montar del país montañoso, la lejana tierra de los Siete Dominios. Hacía calor en las tierras desérticas de Shainsa a aquella hora, en la que el sol todavía tenía cierta fuerza, pero los viajeros no se habían quitado las capas con capucha; y aunque todos ellos estaban armados con cuchillo y daga, ninguno llevaba espada.


Eso fue suficiente para que los vagabundos de la Ciudad Seca, que se reunían para ver cómo los extraños armaban el campamento, advirtieran quiénes eran. Cuando uno de los encapuchados, agobiado por el peso de las alforjas cargadas, se quitó la capucha y la capa, revelando una cabeza pequeña, bien formada, con pelo oscuro cortado tan corto como ningún hombre —ni ninguna mujer— de los Dominios ni de las Ciudades Secas se atreverían a llevar, los curiosos empezaron a juntarse. Habitualmente suceden tan pocas cosas en las calles de la Ciudad Seca, que los mirones se comportaban como si la llegada de los extraños fuera un espectáculo gratuito preparado para su entretenimiento, y todos ellos se sentían autorizados a comentar la función.
— ¡Eh, venid a ver! ¡Son Amazonas Libres, de los Dominios!


—¡Perras desvergonzadas, eso es lo que son, corriendo por ahí sin pertenecer a ningún hombre! ¡Yo las echaría a todas de Shainsa antes de que corrompiesen a nuestras decentes mujeres e hijas!


—¿Qué te pasa, Hayat? ¿No puedes controlar a tus propias esposas? Las mías, ahora, no se liberarían ni por todo el oro de los Dominios… Si trataran de liberarlas, volverían llorando: ellas saben dónde están mejor…


Las Amazonas oyeron los comentarios, pero estaban preparadas para ello; con toda tranquilidad, siguieron armando su campamento, como si quienes las observaban fuesen invisibles y mudos. Envalentonados por esa actitud, los hombres de Ciudad Seca se acercaron más, y las burlas obscenas se multiplicaron; ahora, algunas eran lanzadas directamente contra las mujeres.


—Tenéis de todo, muchachas… espadas, cuchillos… ¡salvo lo que necesitáis!
Una de las mujeres se volvió, sonrojada, abriendo la boca como para replicar; la líder del grupo, una mujer alta, esbelta y de movimientos ágiles, se volvió hacia ella y le dijo algo, en tono imperioso y voz baja; la mujer bajó la vista y retornó a su trabajo, que consistía en clavar estacas para las tiendas en la gruesa arena.


Uno de los curiosos, que había presenciado el diálogo, se acercó a la líder, murmurando una proposición:
—Las tienes a todas bajo el pulgar, ¿verdad? ¿Por qué no las dejas solas y vienes conmigo? Podría enseñarte cosas con las que nunca soñaste…
La mujer se le enfrentó, quitándose la capucha para revelar, debajo del cortísimo pelo canoso, el rostro agradable y delgado de una mujer de mediana edad.
—Aprendí todo lo que podrías enseñarme mucho antes de que tú fueras domado, animal —dijo con voz leve y claramente audible—. En cuanto a los sueños, a veces tengo pesadillas, como cualquiera, pero, gracias a los Dioses, hasta ahora siempre he despertado.
Los otros se mofaron.
—¡Ésa te ha dado en el ojo, Merach!


Cuando los hombres volvieron a intercambiar bromas entre ellos, el grupito de Amazonas Libres se dedicó a terminar de instalar rápidamente su campamento: una casilla, evidentemente con el objeto de vender o comprar, un par de tiendas para dormir y un refugio para proteger a sus caballos montañeses del feroz y desacostumbrado sol de las Ciudades Secas.


Uno de los mirones se acercó; las mujeres se pusieron tensas, esperando más insultos, pero él tan sólo les preguntó cortésmente:
—¿Puedo preguntar cuál es el negocio que os ha traído aquí, vahi domnis —Tenía un acento muy marcado, y la mujer a la que había interrogado pareció desconcertarse, pero la líder comprendió y le respondió:
—Hemos venido a vender artículos de piel de los Dominios: monturas, arneses y ropas de cuero. Mañana, durante el día, estaremos aquí, vendiendo; estáis todos invitados a tratar comercialmente con nosotras.


—¡Yo compro a las mujeres una sola cosa! —aulló un hombre entre la multitud.
—¡Cómprala, demonios! ¡Que ellas te paguen!
—Eh, señora, ¿vas a venderles los pantalones que llevas para poder vestirte de mujer?
La Amazona Libre ignoró las mofas. El hombre que se había acercado le hizo otra pregunta.


—¿Podemos ofreceros alguna diversión en la ciudad esta noche? O… —vaciló, mirándola apreciativamente, y agregó—: ¿tal vez podáis entreteneros vosotras solas?
—No, muchas gracias —dijo ella, con una leve sonrisa, y se alejó.
—¡No tenía idea de que sería así! —dijo una de las mujeres más jóvenes, indignada—. ¡Y tú le diste las gracias, Kindra! ¡Yo le hubiera hecho tragar los dientes de una patada!
Kindra sonrió y palmeó el brazo de la otra, tranquilizándola.


—Bueno, las palabras duras no rompen huesos, Devra. Hizo su oferta con tanta cortesía como pudo, y yo le respondí de la misma manera. Comparado con los otros —abarcó el grupo de curiosos con una irónica mirada de sus ojos grises—, fue un maestro de la cortesía.


—Kindra, ¿realmente vamos a comerciar con estos gre'zuin'?
Kindra frunció un poco el ceño ante la obscenidad.


—Bueno, sí, por supuesto. Debemos tener alguna razón para quedarnos aquí, y tal vez Jalak tarde días en regresar. Si no aparentamos hacer algo aquí, nos tornaremos sospechosas. ¿No comerciar? ¿Qué tienes en la cabeza hoy, niña? ¡Piensa!
Se acercó a otra mujer que estaba apilando las alforjas bajo el techo.
—¿Nada de Nira, todavía? —preguntó en voz baja.
—Hasta ahora, no.


La mujer que había respondido miró, inquieta, a su alrededor, como si temiera que la oyeran. Hablaba en puro casta, la lengua de los aristócratas de Thendara y de las llanuras de Valeron.


—Sin duda, nos buscará después de que caiga la noche. Seguramente, le disgustaría bastante caer en manos de esta gente, y para cualquiera que entre en el campamento vestido de hombre abiertamente y sin que lo provoquen…


—Es verdad —dijo Kindra, observando a los curiosos—. Y ella conoce las Ciudades Secas. Sin embargo, no puedo evitar sentir cierto temor. Va contra mi costumbre el enviar a una de mis mujeres vestida de hombre, y no obstante era la única manera de que estuviera segura aquí.


—Vestida de hombre… —La mujer repitió las palabras, como si creyera no haber comprendido bien el idioma de la otra—. ¿Cómo, acaso todas vosotras no usáis ropa de hombre, Kindra?
—En ese punto sólo delatas tu ignorancia de nuestras costumbres, Lady Rohana; te ruego que hables en voz baja para que no nos oigan. ¿Crees realmente que uso ropa de hombre?


El tono de su voz era el de una persona ofendida, y Lady Rohana respondió rápidamente:
—No pretendía herirte, créeme, Kindra. Pero tus ropas no son por cierto las de una mujer… al menos, no las de una mujer de los Dominios.


La deferencia y la irritación se mezclaron en la voz de la Amazona Libre.
—No tengo tiempo ahora para explicarte todas las costumbres y las reglas de nuestro Gremio, Lady Rohana —respondió—. Por ahora, es suficiente… —Se interrumpió ante otro estallido de burlas de los curiosos; Devra y otra Amazona Libre llevaban sus caballos hasta el pozo común que se hallaba en el centro del mercado. Una de ellas pagó la tarifa por el agua con los anillos de cobre que se utilizaban como moneda al este de Carthon, mientras la otra conducía los animales hasta el abrevadero. Cuando regresaba para ayudar a Devra a abrevar los animales, uno de los hombres le había puesto las manos en la cintura, atrayéndola rudamente hacia él.


—Eh, bonita, ¿por qué no dejas a estas perras y te vienes conmigo? Tengo muchas cosas que mostrarte, y apuesto a que nunca… ¡aayyy! —Sus palabras se transformaron en un aullido de rabia y de dolor; la mujer había desenvainado una daga y había dado una rápida estocada hacia arriba, desgarrando la ropa sucia y harapienta del hombre hasta exponer su piel desnuda y poco saludable, y marcar una línea roja desde el vientre hasta el cuello. Él retrocedió, tambaleándose, y cayó en el polvo; la mujer le dio una despectiva patada con el pie cubierto por una sandalia y dijo en voz baja y feroz:
—¡Vete de aquí, gre’zui ¡O la próxima vez te sacaré las visceras, y los cuyones junto con ellas! ¡Ahora vete al demonio, y también vosotros, sucios bastardos, o sólo serviréis para que os vendan como eunucos en los burdeles de Ardcarran!


Los amigos del hombre se lo llevaron a rastras, mientras él seguía gimiendo, más por el shock que por el dolor. Kindra se acercó a la mujer, que limpiaba su cuchillo. La otra alzó la vista, sonriendo con inocente orgullo por lo bien que se había defendido. Kindra le sacó el cuchillo de la mano de un tirón.


—¡Maldita seas, Gwennis! ¡Ahora somos el blanco de todas las miradas! ¡Tu orgullo por el uso del cuchillo podría costamos nuestra misión! ¡Cuando pedí voluntarias para este viaje, pedí mujeres, no niñas malcriadas!
Los ojos de Gwennis se llenaron de lágrimas. Era tan sólo una muchacha, de quince o dieciséis años.


—Lo siento, Kindra —dijo con voz temblorosa—. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Debí permitir que ese gre'zui  me manoseara?


—¿Crees realmente que corrías peligro, aquí, a la luz del sol y delante de tanta gente? Podrías haberte librado de él sin derramar sangre, y haberlo puesto en ridículo sin necesidad de desenvainar el cuchillo. Se te enseñaron esas habilidades para que te defendieses de posibles violaciones o heridas, Gwennis, no para salvaguardar tu orgullo. Sólo los hombres pueden jugar el juego del kihar, hija mía; eso está por debajo de la dignidad de una Amazona Libre. —Recogió el cuchillo del lugar en que había caído, en el polvo, limpiando el resto de sangre que había quedado en la hoja—. Si te lo devuelvo, ¿puedes conservarlo en su sitio hasta que verdaderamente lo necesitemos?
—Lo juro —dijo Gwennis, bajando la cabeza.
Kindra se lo entregó.


—Muy pronto lo necesitaremos, breda —le dijo con suavidad. Rodeó con un brazo los hombros de la joven, agregando—: Sé que es difícil, Gwennis. Pero recuerda que nuestra misión es más importante que esas estúpidas irritaciones.
Dejó que las mujeres terminaran de abrevar a los caballos, advirtiendo con una sombría sonrisa que la multitud de ociosos impertinentes se había dispersado como por arte de magia. Gwennis merecía cada una de las palabras duras que le endilgué. ¡Pero, sin embargo, me alegra que nos haya librado de esas criaturas!


El sol se hundió tras las bajas colinas, y las pequeñas lunas empezaron a trepar por el cielo. La plaza estuvo desierta durante un rato; después, algunas mujeres de las Ciudades Secas, envueltas en sus pesados velos y gruesas faldas, empezaron a llegar al mercado para comprar agua del pozo común, produciendo al moverse el tintineo metálico típico de las cadenas. Según la costumbre de las Ciudades Secas, las mujeres llevaban un brazalete metálico en cada muñeca; estos brazaletes estaban unidos por una larga cadena que pasaba por una argolla metálica fundida en un cinturón, de modo que si la mujer movía una mano, la otra debía necesariamente aproximarse a la argolla del vientre.


El campamento de las Amazonas Libres estaba lleno del olor de la comida que se cocía en las pequeñas hogueras; algunas de las mujeres de la Ciudad Seca se acercaron y observaron a las extrañas mujeres con curiosidad y desprecio: el pelo muy corto, el rudo atavío masculino, las manos libres, los pantalones y las sandalias bajas. Las Amazonas, conscientes de esas miradas, las devolvieron con igual curiosidad, en la que se discernía también la compasión. Finalmente, la mujer llamada Rohana no pudo soportarlo más; dejando su plato casi sin tocar, se puso de pie y fue a la tienda que compartía con Kindra. Al cabo de un momento, la líder la siguió.


—Pero no has comido nada, señora —dijo con sorpresa—. ¿En qué puedo servirte?
—No tengo hambre —dijo Rohana, sofocada. Se quitó la capucha, revelando, en la penumbrosa luz, el pelo de color rojo llameante que la señalaba como miembro de la casta telepática del Comyn: la casta que había gobernado los Siete Dominios desde épocas remotísimas. Por cierto, también estaba cortado muy corto, pero nada podía ocultar su color, y Kindra frunció el ceño cuando la mujer del Comyn siguió hablando—: Ver a esas mujeres me ha quitado el apetito, siento el estómago demasiado revuelto para poder tragar. ¿Cómo puedes soportarlo, Kindra, tú, para quien tanto significa la libertad de las mujeres?


—No siento demasiada simpatía por ellas —dijo Kindra, encogiéndose de hombros—. Cualquiera de ellas podría ser libre si lo deseara. Si prefieren tolerar las cadenas a perder las atenciones de sus hombres, para no ser diferentes de sus madres y hermanas, no malgastaré mi compasión en ellas, y mucho menos perderé el sueño o el apetito. Ellas soportan su cautiverio del mismo modo en que vosotras, en los Dominios, soportáis el que os toca; y a decir verdad, no veo que haya gran diferencia. Tal vez ellas sean más honestas, pues admiten sus cadenas y no fingen ser libres, en tanto que las tuyas son invisibles… pero para ti significan un peso igualmente grande.
El pálido rostro de Rohana enrojeció de ira.


—¡Entonces me pregunto por qué aceptaste esta misión! ¿Fue tan sólo para ganar tu paga?


—Algo de eso hubo, por supuesto —dijo Kindra, sin alterarse—. Soy una mercenaria; dentro de lo razonable, voy a donde se me paga por ir, y hago aquello por lo que se me paga. Pero hay algo más —agregó, en un tono más suave—. Lady Melora, tu parienta, no hizo nada para merecer su cautiverio, ni eligió esa forma de servidumbre. Por lo que se desprende de lo que me contaste, Jalak de Shainsa (¡que su virilidad se marchite!), atacó a su escolta, mató a los guardias y se la llevó por la fuerza, ya que deseaba, por venganza o por pura lascivia, tener a una leronis del Comyn como esclava y esposa… o concubina, no estoy segura.


—En las Ciudades Secas no parece haber demasiada diferencia —dijo amargamente Lady Rohana. Kindra asintió.


—Yo no veo gran diferencia en ninguna parte, vai domna, pero no espero que estés de acuerdo conmigo. Sea como fuere, Lady Melora fue raptada y obligada a una forma de esclavitud que ella no había elegido, y sus parientes no pudieron o no quisieron vengarla.


—Algunos lo intentaron —dijo Rohana, y su voz tembló. Su rostro era casi invisible en la oscuridad de la tienda, pero era evidente, por su voz, que estaba llorando—. Desaparecieron sin dejar rastro, incluyendo al tercero: era el hijo más joven de mi padre, mi hermanastro, y había sido el hermano adoptivo de Melora, ya que se criaron juntos.


—He escuchado esa historia; Jalak devolvió el anillo que él llevaba puesto —dijo Kindra—, y se jactó de estar decidido a hacer lo mismo, y cosas peores, a cualquier otro que fuese a vengar a Lady Melora. Pero eso ocurrió hace diez años, señora, y de haber estado yo en los zapatos de Lady Melora, no hubiera vivido para poner en peligro a ningún otro miembro de mi familia. Si ha vivido durante doce anos en la casa de Jalak, seguramente ya no debe de sentir gran necesidad de ser rescatada. Se diría que ya debe de estar resignada a su destino.
El rostro pálido de Rohana se ruborizó.


—Eso es lo que creíamos, a decir verdad. Que Cassilda tenga piedad de mí, también yo se lo reproché con el pensamiento, convencida de que era preferible que estuviera muerta a que siguiera viva en la casa de Jalak, avergonzándonos a todos.
—Y, sin embargo, aquí estás —dijo Kindra, y a pesar de que no era un pregunta, Lady Rohana le respondió.


—Sabes lo que soy. leronis, con entrenamiento de torre; telépata. Siendo muchachas, Melora y yo vivimos juntas en la torre de Dalereuth. Ninguna de las dos había elegido quedarse allí para siempre, pero, antes de que yo abandonara la torre para casarme, nuestras mentes estaban unidas: ambas aprendimos a llegar a los pensamientos de la otra. Entonces sobrevino su tragedia. En los años siguientes yo no la olvidé, pero aprendí a pensar en ella como si estuviera muerta o, al menos, como si estuviera muy lejos de mi alcance, del alcance de mis pensamientos. Entonces, y esto ocurrió hace menos de cuarenta días, Melora estableció contacto conmigo, llegó a mí mentalmente, tal como lo hacíamos cuando éramos jóvenes en la torre de Dalereuth…
Su voz era distante, extraña; Kindra sabía que la mujer de pelo rojo ya no hablaba con ella, sino con un recuerdo, un compromiso.


—Me costó reconocerla —continuó Rohana—. Estaba tan cambiada. ¿Resignada a su lugar como consorte y cautiva de Jalak? No, tan sólo incapaz de provocar… —la voz de Rohana se quebró— más tormento y más muerte; me enteré entonces de que mi hermano, su hermano adoptivo, había sido torturado hasta morir ante los ojos de ella, para advertirle de lo que ocurriría si volvía a buscar ayuda para que la rescataran…
Kindra hizo un gesto de horror y disgusto. Rohana prosiguió, dando firmeza a su voz con un terrible esfuerzo.


—Melora me contó que al fin, después de tantos años, llevaba en su seno un hijo de Jalak; que moriría antes que darle un heredero con sangre del Comyn. No pidió que se la rescatara a ella, ni siquiera entonces. Creo… creo que desea morir. Pero no quiere dejar a su otro vástago en manos de Jalak.
—¿Otro vástago?


—Una hija —dijo suavemente Rohana—, nacida pocos meses después de que fuera secuestrada. Tiene doce años. Edad suficiente… —su voz tembló— edad suficiente para ser encadenada. —Sollozó, volviendo el rostro—. No pidió nada para ella misma. Sólo me rogó que me llevara a su hija, lejos, lejos de las manos de Jalak. Sólo así… sólo así podría morir en paz.


El rostro de Kindra era sombrío. Antes de permitir que una hija mía viviera en las Ciudades Secas, cautiva, encadenada, pensó, ¡me mataría con mis propias manos o estrangularía al bebé en cuanto saliera de mi vientre! ¡Pero las mujeres de los Dominios son todas blandas, cobardes! Sin embargo, esos sentimientos no aparecieron en su voz cuando, poniendo una mano sobre el hombro de Rohana, musitó:
—Te agradezco que me hayas contado esto, señora. No comprendía. Entonces, nuestra misión no consiste tanto en rescatar a tu pariente…
—Como en liberar a su hija, eso es lo que ella pidió. Aunque… si fuera posible liberar a Melora…


—Bien, mi banda y yo hemos jurado hacer todo lo posible —repuso Kindra—, y creo que cualquiera de nosotras arriesgaría su vida para impedir que una niña viva encadenada. Pero pronto, señora, necesitarás de todas tus fuerzas, y no hay valor ni sabiduría con el estómago vacío; no corresponde que yo dé órdenes a una Comynara, pero ¿por qué no te unes a mis mujeres y terminas tu comida?


Rohana esbozó una sonrisa. ¡Bien, detrás de sus palabras duras, es muy amable!
—Cuando me uní a ti, mestra —dijo en voz alta—, juré comportarme en todo como una integrante más de tu banda, de modo que estoy obligada a obedecerte.
 

2 comentarios en “La cadena rota”

  1. la cadena rota
    voy a leerlo y a compartir posteriormente con uste. también mi interes son libros de derecho civil

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