El último gran amor

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Había estado leyendo demasiado tiempo y con escasa luz. Cerró el libro y se recostó en su asiento. A través de la pared de cristal de la casa, donde vivía sola, contempló la montaña El sol se ponía a la derecha y los agonizantes rayos cubrían el nevado pico infundiéndole un matiz rosa rojizo. Más abajo se movían manchas de color, los últimos esquiadores que se deslizaban y zigzagueaban por las lisas pendientes blancas hasta perderse en las sombras del negro bosque al pie del monte. 

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Pronto se encaminarían al refugio para situarse ante el fuego y, mientras sus húmedas ropas desprendían vapor, beberían, charlarían, presumirían de su habilidad, luego se dirigirían a sus cuartos para tomar un baño y vestirse con cómodas ropas para la velada. Cenarían platos dignos de Gargantúa, volverían a sentarse ante el hogar, cantarían y seguirían hablando de esquí hasta que, medio dormidos, se fueran a acostar. Por la mañana se levantarían para repetir el día anterior.

Y ella, sola en su casa, tendría que prepararse ahora su solitaria cena, una pequeña chuleta de cordero, ensalada, fruta, y tras de disfrutar de un par de horas de música se acostaría en el amplio dormitorio que era también estudio. Pero antes tenía que encender el fuego para la noche.


Sin embargo seguía allí, contemplando cómo el blanco pico resplandecía, se transformaba en plata, luego en cenizas y por fin desaparecía en la noche, a menos que, por obra y gracia de la luna, volviera a aparecer como un hermoso fantasma. Pero esta noche la luna tardaba en salir. Se levantó y corrió las cortinas ante el cristal. Prendió fuego a los leños de la enorme chimenea de piedra… demasiado grande, demasiado grande, como le había dicho Arnold cuando ella le mostró el diseño de la casa.


–¿Cómo piensas poder cargar con los leños? –le había preguntado él.
–Tú los levantarás –había respondido, riendo traviesa.
–Tal vez yo no esté aquí siempre había replicado él sin sonreír.
Había sido el primer aviso. Al volver la vista atrás, recordando, comprendió que él sabía que estaba condenado a la muerte que le llegó diez meses después, una muerte cruel, con unos dolores que sólo los sedantes más fuertes aplacaban y al final la inconsciencia. Pero durante seis meses casi no le había dicho nada sobre la muerte, y cuando lo hizo fue sólo para decir que esperaba que se volviera a casar. Durante todos los años de su matrimonio había sostenido que era demasiado viejo para ella, y ella siempre lo negaba rotundamente.


–Los jóvenes no me interesan –contestaba siempre, al principio con ligereza, luego con empeño, hasta que se hubo ido.
Sí, ella había insistido sobre la chimenea y era cierto, los troncos pesaban demasiado. Cuando Sam, un vecino y nativo de Vermont a quien pagaba para algunas labores, no venía los domingos, ella misma se preparaba una fogata de astillas. Pero los demás días él aparecía a preparar el fuego que ella pedía, invierno y verano, pues la enorme estancia sin fuego podía convertirse al caer la noche en una caverna primitiva y ella misma en un animal perdido en su oscuridad. El día concluía para ella con los últimos rescoldos en la hoguera, pero luego encendía otra en su dormitorio. Y siempre se dormía antes de que este segundo fuego se apagara.


Se levantó para prepararse la cena, notando de pronto un gran apetito, pues absorta en el libro se había olvidado de comer al mediodía.
Antes de poner la mesa conectó, como de costumbre, el aparato para música estereofónica. Al enterarse de que Arnold moriría antes de que terminara el año, había mandado preparar la casa para poder vivir en ella sola.
–Estanterías a todo lo largo de la pared norte, por favor, Sam –había ordenado–. Necesitaré muchos libros.


Era cierto. Cuando vivía Arnold acudían a Vermont un mes durante el verano y cuando los niños aún eran pequeños venían también a pasar las Navidades y a esquiar. Pero al enfermar Arnold había dejado de esquiar, pues no había querido dejarle. Y no había vuelto a hacerlo… todavía no. Tal vez no esquiara ya más. Entretanto viviría en la vasta y antigua casa de Filadelfia, donde había nacido y sido hija única, y donde Arnold y ella habían vivido desde la muerte de sus padres.


Sam había hecho los estantes de la casa de Vermont según sus indicaciones y ella los había llenado de libros que siempre había querido leer y para los que nunca había tenido tiempo mientras Arnold vivía. Y música, por supuesto. Había vuelto a revivir en su vida, ahora solitaria, no sólo la música de los grandes maestros, sino su propio talento musical, dormido después de años de ser esposa y madre y de la diaria labor de ser la mujer de Arnold. A su muerte había abierto el piano, que permanecía siempre abierto, invitación a disfrutar y practicar, y en el valle dio con un profesor de música alemán ya retirado que había vuelto a darle clases. También sentía anhelo de aprender idiomas, muchos idiomas, quería dominar varias lenguas, de modo que una vez más se había puesto a estudiar francés; primero francés, se había dicho, porque su abuela había sido francesa, y luego español e italiano y quizá alemán. De las muchas ocupaciones que había previsto para su vida en solitario, podría escoger una y convertirla en una profesión, aunque Arnold le había dejado suficiente dinero. Le gustaban las joyas y la buena ropa, no por sí mismas, sino como parte de la mujer que quería seguir siendo. ¿Quién, se preguntaba, era dicha mujer y cuál sería su profesión?
El volumen de la música se ampliaba y llegaba hasta las altas vigas.


–Jamás conseguirás elevar esas vigas al tejado –le había dicho Arnold.
Eran cedros cortados del bosque que rodeaba la casa por tres lados. Ella había mandado que los descortezaran y dejaran para que el sol, la nieve y la lluvia los pulieran de un tono gris plata.


–Yo haré que suban –había insistido, y así había sido gracias a Sam y un contratista que habían montado una poderosa palanca con cuerda y una pequeña grúa.
Ella misma había diseñado la vivienda y allí no había sitio para niños. Se había casado joven, había tenido hijos de joven y había sido una buena madre. Había cuidado de sus hijos durante su infancia y adolescencia, un hijo y una hija, hasta verles contraer matrimonio un tanto demasiado temprano. Y ahora les consideraba más bien como amigos, separados de ella, un hombre y una mujer con sus propias preocupaciones.

 

Ella misma se apartaba de ellos, pues necesitaba descubrir si la vida tenía sentido fuera de ser madre o esposa. Había gozado de sus funciones a su manera un tanto reservada, pero había tiempo para todo y el tiempo había llegado para algo más.
Pese a la música, en medio del Andante, oyó que llamaban con fuerza a la puerta. Se volvió y, a través de la puerta de cristal, vio la silueta de un hombre con ropa de esquiar.


–No deberías estar allí sola –le habían dicho sus hijos–. Ahora que la montaña se va transformando, toda la región está cambiando. Toda clase de gente…
Dejó la barra, que era cuanto necesitaba como cocina, si bien Arnold había profetizado que pronto se cansaría de no tener más que aquel mostrador.


–Querrás volver a tus sirvientes y también a la casa grande.
Pero se alegraba de sentirse libre, al menos por un tiempo, de la presencia opresiva de los sirvientes y lo que deseaba comer se preparaba con facilidad en un rincón de la enorme estancia. Miró con más detenimiento por la puerta encristalada. La luz de la pantalla que había en la mesa iluminó el rostro del hombre, un rostro joven, de ojos oscuros e intensos, de rasgos fuertes. Abrió la puerta.


–Entre.
El hombre se sacudió la nieve de las botas y dejó los esquíes y bastones contra el muro exterior de piedra antes de entrar.
–¿Y bien? –inquirió ella.
El vaciló, sonrió y tendió la mano.
–Me llamo Jared Barnow y no soy atrevido…, sólo estoy desesperado.
–¿Sí?


–Me han dicho que usted tiene la única habitación libre de toda esta población ¡y no tengo donde descansar la cabeza! No tenía idea de que esta región se vería tan abarrotada. Estoy solo y creí que sería fácil encontrar un rincón para un solitario.
Tenía un buen acento, modales, pero…


–Me temo que seria de lo más inconveniente –le replicó con franqueza.
El seguía mirándole, esperando interrogantes los ojos oscuros e inteligentes.
–Jamás he recibido a extraños en mi casa –siguió ella, pero luego, a impulsos de su soledad, añadió–: Quítese la ropa y tome algo por lo menos.


–Gracias.
Se quitó la chaqueta, luego un grueso jersey y ella observó que era esbelto, de estatura bastante más que mediana, pero de figura proporcionada y fuerte, de movimientos rápidos y cabello rubio por encima de las oscuras pupilas.
–Querrá usted lavarse. Ese es el cuarto de mi esposo y su baño…, lo era, quiero decir. No… vive.


El joven fue allá sin decir palabra y ella añadió otras dos chuletas al horno y preparó otro cubierto en la mesa.

–… no suelo tener muchas vacaciones –decía él una hora más tarde.
Si se había fijado que ella se había puesto un vestido de lana de color rojo oscuro, sin mangas pero hasta los tobillos y de cuello alto, no dio muestras de ello. Comía con apetito concentrado.
–Usted se ha educado en un internado –comentó ella.


–¿Cómo lo sabe? –alzó la vista.
–No tiene aire de estar deprimido –sonrió–, pero tiene que comer a toda prisa, antes de que los demás le quiten la comida. Y ello sólo significa otros chicos.
–¿No puede haber sido en el ejército?
–No lo creo. Tengo un hijo y lo sé.
–Tiene razón –rió–. Internado. Luego colegio superior. Terminé a los veinte años.
Ya estaba acostumbrada a jóvenes taciturnos, pero éste no era tanto taciturno como absorto en sí mismo. Hombre de ideas fijas, adivinó, con una meta. Observó que tenía manos hermosas y bien cuidadas aunque no en exceso, manos masculinas, de dedos fuertes y palma hábil. Parecía lo bastante joven como para ser su hijo… ¡y no es que quisiera más hijos!


–¿A qué se dedica?
–¿Para ganarme la vida o para divertirme? –preguntó él apartando el plato.
–Las dos cosas.
–Tengo suerte. Me gano la vida con aquello que me divierte.
–¿Y es?
–Supongo que no sabrá usted nada de electrónica.
–Conozco la palabra. Mi padre era físico.
–¡No! –despertó al punto–. ¿Cómo se llamaba?
–Mansfield. Raymond Mansfield.
–No, él…
–Sí.


–¡Caramba! –dejó caer la servilleta–. ¡Qué suerte tan increíble! ¡Doy con una casa y resulta que encuentro a la hija de Raymond Mansfield!
–Pero usted es demasiado joven para haberle conocido.
–He estudiado sus libros. ¡Dios, ojalá siguiera vivo! El sabría lo que quiero hacer.
–¿Qué?
–¿Cómo sé que me va a entender? –dijo mirándole con timidez y astucia a un tiempo.
–Tal vez le entienda.
–Verá, soy ingeniero, una especie de superingeniero, supongo. Pero…, mi verdadero trabajo es inventar. Tengo cosas que he inventado.


–¿Qué clase de cosas?
–Pues… –la miró y se detuvo con brusquedad–. No le interesaría. No interesaría a ninguna mujer.
–Quizá yo sea diferente.
–Sí, supongo…
Levantándose se acercó a la chimenea y se quedó contemplando la caverna ardiente.
–¿Le importaría echar un leño? –le llamó ella–. El cajón está en ese rincón.
–¿Eso es un cajón para madera? Creía que era una especie de armario.
–Se burla de mí. Bueno, lo admito, tengo manía de grandezas.
El buscó un tronco, el más largo y pesado y lo echó al fuego.
Se alzó una fuente de chispas.
–Pues usted no es muy grande. ¿Quién toca el piano?
–Yo.
–Y yo.


Ocupó el asiento y sin esfuerzo ejecutó un movimiento de una sonata de Beethoven. A medio camino entre la mesa y la fregadera, con las manos llenas de platos, la mujer escuchó sorprendida. ¡Un músico, un músico de verdad, que tocaba como no había oído tocar a ningún hombre desde que muriera su padre, con precisión, elegancia y profundidad! Nadie comprendía de verdad la música como no fuera un científico, había declarado su padre, y no cualquier científico, oh, no, sólo los auténticos, los teóricos cuyo lenguaje eran las matemáticas. Ella no había comprendido las matemáticas hasta que su padre le había explicado que eran el lenguaje simbólico de las relaciones.
–Y las relaciones contienen el sentido esencial de la vida.


Con cuidado dejó los platos y de puntillas se dirigió a una silla. El joven tocó hasta el último movimiento antes del final. Luego se detuvo en seco y se volvió a ella.
–No toco el final. No encaja. Beethoven jamás sabía cómo terminar la gran música y o bien se repite hasta desaparecer o concluye con un súbito estallido. De alguna forma tenía que terminar.


–Es usted un blasfemo –rió–, pero tiene razón. Es lo que yo había pensado muchas veces sin atreverme a decirlo.
El se había puesto a dar vueltas por la estancia inquieto y ahora se acercó a la ventana. El borde de la luna relucía en el horizonte.
–¿Vive usted aquí todo el año?
–No… sólo desde la muerte de mi marido.
–¿Sola?
–Sí.
–¿Y los hijos?
–Ambos casados y viviendo su propia vida…, ¡gracias a Dios!
–¿No le gustan sus hijos?
–Les quiero mucho, pero cualquier mujer que se respete quiere ver a sus hijos ya independientes. Así sabe que ha ejecutado un buen trabajo.
–No tiene aspecto… maternal.


–¿Vive su madre? –preguntó evadiendo el comentario anterior.
–No, ni mi padre. No les recuerdo. A decir verdad, jamás les conocí.  –Se paró junto al piano y repitió algunos compases de la sonata, volvió a detenerse, se acercó al fuego y se quedó mirando las altas llamas que lamían la chimenea–. Me he criado con un tío, un viejo solterón que siempre parece sorprendido de verme en su casa, por mucho tiempo que lleve allí.


–¿Qué hace?
–Está retirado…, desde que yo recuerdo. Amable y confuso…, escribe libros sobre poesía clásica francesa que nadie publica, pero no parece importarle. Ha sido buenísimo conmigo, sobre todo puesto que jamás ha tenido la menor idea de lo que me interesa. Mi madre era su hermana.
Musitaba distraído, como si hablara de algún otro.
–¿Está usted casado?
–No, pero pienso en ello…, de vez en cuando.
–¿Ya ha elegido a una chica?     
–Bueno, más bien diría que ella me ha elegido a mí. Ella volvió a reír. Como vivía sola, reír era lo que más deseaba.
–¿Eso es lo que hacen ahora?
–Y es cosa buena –añadió él sin sonreír–. Dudo de que yo tuviera tiempo de elegir por mí mismo. La clase de trabajo que hago me ocupa todos los pensamientos.
–Y el corazón…
El miró el reloj.
–Oiga, ¿le importaría que me fuera a la cama? Voy a levantarme temprano para salir pronto hacia el monte…, ¿no altera sus planes? Me prepararé mi propio desayuno. ¿Echo otro tronco?
–No, y también yo madrugo.
Se separaron con una inclinación de cabeza y una sonrisa y una vez que ella hubo levantado la mesa y lavado los platos, se sentó ante el piano y tocó bajo hasta que el fuego se consumió en cenizas.
… Y más tarde, una vez acabado su ritual del baño y cepillado del largo cabello rubio, echada ya en la amplia cama de su dormitorio, mientras el fuego ardía en la chimenea de piedra, cumplió con la misión final del día, tomó el teléfono y marcó siete números y luego esperó hasta escuchar la suave voz del anciano.
–¿Eres tú, querida mía? –preguntó la voz.
–Yo soy.
–He estado esperándote…, una velada larga, esperando.
–¿Estás solo?
–Si. Henry tenía que hacer un recado en el pueblo. He vuelto a leer mi ensayo sobre el mito en la mente abarrotada. La frontera entre el mito y la realidad es muy delicada. El mito es el sueño, la esperanza, la fe, la visión de una posibilidad que crece con naturalidad hasta cuajar en un plan, por lo que la posibilidad está en verdad muy cerca de la realidad, hasta puede incluso convertirse en realidad en cualquier instante, y en eso consiste su inefable magia, su atrayente encanto. ¿Te aburro, amor mío? Me temo que ya sólo puedo ser compañía para mí mismo, y, sin embargo, nunca sabrás aquello que eres capaz de darme… El rey David y su Betsabé… ¡dudo mucho de que hablaran, sabes! Yo imagino que era sólo el calor del cuerpo joven de ella contra el de él…, no tenían necesidad de hablar. A falta de lo cual, yo hablo…
Se interrumpió para soltar una suave risa y ella rió con él.
–¿Te ríes de mí? –preguntó el hombre–. No me importa, niña querida, con tal de hacerte reír.
–No me río de ti. Pensaba en lo que me va alegrar llegar a ser tan vieja que pueda también yo decir cuanto se me ocurra. ¿Has tomado tu medicina hoy?
–Oh, sí… Henry se cuida de ello.
–¿Dónde estás en este momento?
–Si quieres saberlo, mujer curiosa, acabo de salir de la bañera y estoy envuelto en una gran toalla, mojando el suelo de gotas.
–Oh, Edwin, eres incorregible. ¡Sí, si que lo eres, hablándome mientras te enfrías! Ponte ahora mismo el pijama y vete a la cama. ¿Estás usando el de franela?
–Sí, querida. Henry ha guardado los de verano. Los guardó el primer día de octubre, como de costumbre, y luego empezó a hacer calor, el veranillo de San Martin, ya sabes, pero no quiso volver a sacarlos, así que me he estado asando hasta que ha empezado a nevar. Pero ya sabes todo eso. ¿No te habrás olvidado de que mañana es mi cumpleaños?
–¡Se me ha olvidado tu edad, si eso es lo que te preocupa!
–Setenta y seis, amor mío, y todavía siento un estremecimiento en mis entrañas cuando oigo tu voz.
–¡Edwin!
–¿Me reprochas?
–Buenas noches, buenas noches, y repito…, ¡eres incorregible!
–¡Que Dios te bendiga, adorada! ¿Cuándo vendrás a verme?
–Pronto…, muy pronto.
Dejó el auricular y se echó en la almohada, sonriendo. ¿Cómo poder explicar a nadie el consuelo de saber que era el centro del amable corazón de un anciano filósofo? Aquello era lo que más había echado de menos al morir Arnold. Había dejado de ser lo primordial para nadie, es decir lo primordial para un hombre, siendo como era heterosexual. Si bien Edwin Steadley no le hacía estremecerse en sus entrañas, le permitía que la amara, aunque no podía saber qué es lo que componía el amor a tal edad. Quizá no fuera sino una fórmula, palabras a las que se había acostumbrado tanto durante los treinta años de feliz matrimonio con Eloísa, su esposa, fallecida hacía veinticuatro, que las había convertido en un hábito. El tiempo podía medirlo contra su propia existencia, pues a la muerte de Eloísa ella era una jovencita de dieciocho años que suplicaba a su madre que le dejara cortarse el pelo. Aún entonces había considerado a Edwin como un anciano, aunque en realidad estaba en el cenit de su carrera de famoso filósofo y ella era una de sus alumnas en la escuela superior.
Le había encontrado guapo y viril, pese a su edad, lleno de un élan que no había asociado nunca con la filosofía hasta no conocerle. Sería difícil adivinar cuánto de ello se debía a Eloísa, pero sin duda era mucho, pues había sido una mujer de ideas y palabras claras, ardiente y locamente enamorada de su esposo, y que sin duda había desarrollado en él todos los elementos del sexo. Adivinaba que así habría sido, pues Arnold le había desarrollado a ella en la misma forma, sacándola de su virginal timidez y conduciéndola a la plenitud de su potencialidad como mujer, hasta que a su muerte había sentido que las corrientes de su sexualidad se detenían y protestaban. Pero seguía intacta la delicadeza original. Seguía siendo el ser a quien había que ir a buscar, no el que buscaba.
El fuego iba apagándose también en el dormitorio y se quedó dormida.

Jared Barnow se había ido y el tiempo había pasado con tal rapidez que no podía creer que el reloj marcara las ocho de la mañana. Habían charlado sentados a la mesa del desayuno hasta que de pronto el reloj dio la hora en el rincón y él se había levantado de un salto.
–¡Dios mío, y yo que he venido a esquiar! Usted me hace olvidar. Hala, le ayudaré a recoger los cacharros.
–No, no…
–Pues claro que sí.
Pero al fin ella le había convencido y le había acompañado a la puerta, pero luego, al recordar algo, le había llamado para decirle:
–¡Vuelva si no encuentra nada más cerca de las pistas!
–¡Gracias! –había gritado el joven.
Le miró bajar la colina hasta la carretera del valle donde torcería para ascender a la zona donde se esquiaba en el monte que quedaba frente a su ventana. Ya fuera de la vista en el bosque que quedaba en medio, ella volvió a entrar en la habitación. Parecía extrañamente vacía, una estancia demasiado grande, como siempre le había dicho Arnold.
–Es una estancia para perderse –le dijo una velada en que el fuego proyectaba sombras hacia los rincones distantes. Y de pronto ahora, aunque el sol brillaba por las ventanas, se sintió perdida.
Acabó de recoger los platos y luego fue al cuarto que perteneciera a Arnold pero que ahora era para los huéspedes. La cama estaba hecha y todo en orden. ¿Pensaría volver? De otro modo hubiese dejado la cama sin hacer. O, aunque la hubiera hecho, habría dejado fuera las sábanas. ¿Por qué seguía pensando en él? Llamaría a Edwin y le contaría lo del huésped y así se libraría a sí misma, quizás. Aquello era algo que había aprendido estando sola, que podía ponerse a darle vueltas a una cosa y preocuparse por ella hasta ser incapaz de nada más.
–Aunque no debería emplear a Edwin sólo para tranquilizarme –musitó para sí. Pero fue al teléfono y marcó el número. ¿Las diez? Estaría ante su escritorio, escribiendo sus memorias, la historia de una vida larga y distinguida, transcurrida entre famosos hombres de letras y ciencias.
A su oído sonó la voz:
–¿Si? ¿Quién llama?
–Soy yo.
–¡Oh, querida mía, qué maravilloso oírte al comienzo del día!
–No debería estar interrumpiendo tu trabajo, pero necesitaba oír tu voz. La casa parece vacía.
–Que me necesites me hace muy feliz.
«No, no hago bien en aprovecharme de él sólo porque echo a alguien de menos –pensaba–, y además a alguien a quien sólo conocí ayer, y que es lo bastante joven como para ser mi hijo. Sólo es que no consigo acostumbrarme a vivir sola… aún no.»
–¿Cuándo vienes a verme? –preguntó la voz.
Hacia tiempo habían convenido sin palabras que, cuando se reunieran, ella sería quien acudiría donde él. Los incidentes de un viaje ahora le resultaban a él excesivos, pero aparte de ello estaba la propia inclinación de ella a mantener la casa celosamente para él. Ni siquiera le gustaba recibir en ella a sus hijos, y prefería acomodarles en la hospedería cercana. Esta casa era suya, inviolada, ahora que Arnold se había ido. Había habido veces, que no había querido reconocer, en que hasta él le había parecido un intruso. Pero nunca se había conocido a sí misma tal y como era hasta no verse sola.
Antes de quedarse viuda había sido hija y hermana, esposa y madre, dividiéndose a la fuerza, aunque de buena gana, pues había gozado de cada una de aquellas relaciones y atesoraba los recuerdos. Ahora vivía sola y consigo misma, como si fuera una extraña, descubriendo nuevos placeres y cosas que le desagradaban, nuevas habilidades. Por ejemplo, libros…, los libros le habían parecido algo para distraerse o divertirse. Pero ahora sabía que eran un medio de comunicación entre mentes, la suya y las de otros, vivos o muertos. Tal comunicación era la fuente del saber y ella sentía sed de saber, sed que revivía al cabo de años atareados como mujer casada.
–Tengo un huésped –dijo.
–¿Quién es?
Notó el eco de los celos en la voz de Edwin y se sintió divertida.
–¡Estás celoso!
–¡Por supuesto que lo estoy!
–Pero es absurdo.
–No, sólo natural. Estoy enamorado de ti.
–Es una bobada.
–No, sólo realidad. Déjame que te explique una sorprendente verdad acerca del ser humano. Eres demasiado joven para saberla, pero yo la conozco. El secreto de la vida está en la capacidad de amar. Mientras uno ama, ama de verdad, a otro ser humano, la muerte se mantiene aparte. Es sólo cuando la capacidad de amar deja de existir cuando la muerte viene rápidamente. Gracias, amor mío, por permitirme amarte. Alejas a la muerte de mi puerta.
Le escuchaba como lo hacía siempre, aceptando y creyéndole. El era aún el profesor y ella la alumna.
–Me ensalzas demasiado y es tan agradable.
–Bien, y ¿quién es tu invitado?
Se lo explicó brevemente, casi con indiferencia, terminando:
–Y seguramente no volverá. La aglomeración de los fines de semana termina hoy y habrá encontrado otro sitio donde estar.
–Así lo espero. No me gusta que estés sola en casa con un desconocido. En estos tiempos nunca se sabe… y eres muy bella.
Arnold no había sido dado a ensalzar su aspecto, así que nunca se había sentido muy segura de su hermosura. Había sido celoso, sí, pero sin motivo, y como había sido posesivo, ahora se le ocurría que quizá siempre hubiera sido bella y él no había osado decírselo.
–Sólo te lo parece a ti, Edwin, pero me gusta oírtelo decir. En el secreto de mi corazón soy muy vana.
–Nunca has pensado en ti misma. Yo siempre he sabido que eras bella. Recuerdo la primera vez que te vi. Era un día de septiembre y tu cabeza, de un dorado rojizo oscuro, brillaba entre otras morenas, rubias y castañas de las estudiantes de primer año. Ya entonces me fijé en ti, sin pensar, por supuesto, que un día te convertirías en mi vida. Vi tus ojos, claros de inteligencia. Esa va a ser mi mejor alumna, pensé… y así lo fuiste. Y empecé a planear sobre cómo tenerte en mi departamento y fracasé, porque aquel bribón de Arnold Chardman se casó contigo demasiado pronto. El día que viniste a decírmelo casi lloré. ¿Lo recuerdas?
Lo recordaba. Era cierto que se había casado demasiado joven, pero se había sentido tan dichosa que no se había fijado en los ojos del profesor, sólo en su silencio.
«–¿No me participa sus buenos deseos? –había preguntado, y recordaba la larga pausa antes de que le contestara:
–Le deseo que sea feliz. Hallará usted la felicidad de muchas formas distintas. Ahora usted cree que está en el matrimonio. Bien, puede que así sea. Pero llegará el día en que estará en otra cosa.
–Con tal de que no sea en otro –había replicado alegre.
–No limite la felicidad –le había contestado con gravedad–. Hay que tomarla allá donde se la encuentra.»
No habían vuelto a verse en años y ella le había olvidado. Pero un día, poco después de la muerte de Arnold, entre las muchas cartas de pésame, había encontrado la suya. Le escribía como si sólo se hubiesen separado la víspera.
«¿Recuerda lo que le dije sobre la felicidad? Una felicidad ha pasado, pero manténgase preparada para la siguiente, sea la que sea. Si no la ve en el horizonte, entonces debe crearla donde esté. Mientras viva puede encontrar felicidad si la busca o crearla usted misma. Tal vez la misma búsqueda sea felicidad.»
Había sido una carta larga en la que sólo le hablaba de ella y del futuro, de vida, no de muerte. Pero también él había conocido la muerte, le recordaba, pues Eloísa, su esposa, había muerto muchos años atrás. Ahora vivía solo en su casa de campo, donde habían pasado veranos, y se dedicaba a escribir libros.
Ella le había enviado una breve misiva limitándose a decirle que sus palabras habían sido las más consoladoras de cuantas recibiera. «Pero no hay felicidad en el horizonte –había añadido– y no hallo la chispa creadora dentro de mí.»
Entonces él le había mandado un telegrama invitándole a visitarle y ella había acudido, encontrándose con que el anciano era el centro de una casa llena de hijos mayores y de nietos que pasaban allí unos días, y entre los cuales se había sentado como invitada, vagamente bien venida, pero poco importante. El era quien le había dado importancia, destacándola como acompañante suya y haciendo que se quedara con él cuando los demás salían juntos de excursión. Solos en la gran mansión familiar, él había hablado mientras ella escuchaba. Estaba escribiendo un libro sobre la inmortalidad y le hablaba de lo que escribía. Ella le había escuchado con concentrado interés, pues Arnold no había creído en la vida después de la muerte. En medio de su angustia al verle morir, le había admirado por su firme valor.
–Ya estoy muy cerca del fin –le había dicho Arnold–. Y es el fin, querida mía. Sólo queda mi gratitud hacia ti. Por tu infinita variedad…, ¡gracias!
Aquéllas habían sido sus últimas palabras coherentes, pues el dolor le había invadido y había muerto horas más tarde casi atontado por la agonía. Durante la primera noche que había pasado sola en la gran casona de Filadelfia, que ahora le pertenecía sólo a ella, había considerado sus palabras. ¿Era cierto, podría ser cierto, que nada quedaba de él sino el cuerpo enterrado en el cementerio de la iglesia donde yacían sus antepasados? Había ponderado confusa sus pensamientos, incapaz de llegar a una conclusión, sin querer creer que él tuviera razón pero casi obligada a temer que la tenía. Ella no tenía prueba alguna sobre la inmortalidad, pero tampoco él la había tenido en contra. Debido a su actitud mental, se había sentido bien dispuesta, hasta ansiosa, de oír lo que Edwin tenía que decirle.
–Los humanos somos las únicas criaturas capaces de pensar en nuestro propio final, sin duda ni fe.
Había afirmado aquello aquel día de su primera visita. Estaban sentados en la terraza que daba a las distantes montañas y el ama de llaves les había traído té y pastelillos y, después de dejar la bandeja en la mesita que había entre ambos, se había retirado. A solas con él se había atrevido a refutarle. Con la taza de té en la mano, había negado con la cabeza.
–¿No está de acuerdo? –le había preguntado, sorprendido.

    
 

6 comentarios en “El último gran amor”

  1. El Ultimo Gran Amor
    Muy recomendable todos los libros de esta gran autora, Pearl Buck, Premio Nobel de Literatura 1938.

  2. El ultimo gran amor
    Desde niña me ha gustado esta gran escritora, sus novelas sobre China son muy hermosas

  3. EL ULTIMO GRAN AMOR
    ME ENCANTO ESTA LECTURA,ESTA PADRICIMA,ESPRO ENCONTRAR MAS DE ESTA FABULOSA ESCRITORA..FELICIDADES,QUIEN SE DEDICA A SUBIR ESTAS BELLAS LECTURAS

  4. Felicidades.
    Muy buena la selección de libros que he recibido muchas gracias, esta en especial se me hace hasta divertida mil gracias, sigan asi, saludos.

  5. Me encanta esta página
    Gracias, me encanta esta pàgina, me ha sido de mucha utilidad, cuando me siento triste o estresada me refugio en ella y me ayuda a olvidarme de todo lo negativo porque me sumerjo en la lectura, por supuesto trato de buscar un título que me anime y siempre lo encuentro. Mil bendiciones para todos los que trabajan para complacernos sin egoismo y gratuitamente.Un ciber@brazo

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