El grillo del hogar

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Empezó el puchero. No necesito que me contéis lo que la señora Peerybingle dijera; yo me entiendo. Dejad que la señora Peerybingle se pase hasta la consumación de los siglos asegurando la imposibilidad de decidir cuál empezó: yo digo que fue el puchero. Tengo motivos para saberlo. El puchero empezó cinco minutos antes que el grillo, según el relojito holandés de cuadrante barnizado situado en el rincón.

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-1-

¡Como si el reloj no hubiese cesado de tocar! ¡Como si el segadorcido de movimientos convulsivos y
bruscos que lo remata, paseando la hoz de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha ante la fachada
de su palacio morisco, no hubiese segado medio acre de césped imaginario antes que el grillo hubiese hecho
notar su presencia!
A decir verdad, no fui nunca terco, como todo el mundo sabe. Por nada del mundo opondría mi opinión
personal a la opinión de la señora Peerybingle, si no estuviese perfectamente seguro de lo ocurrido. «Nada
me induciría a semejante cosa. Pero se trata de una cuestión de hecho, y el hecho es que el puchero empezó
por lo menos cinco minutos antes que el grillo hubiese dado señal de vida. Si insistís, apostaré que
transcurrieron diez minutos.
Dejarme contar el caso tal como ocurrió. Es lo que hubiera hecho desde la primera frase a no considerar
que si cuento una historia debo empezar por el principio, y ¿cómo queréis que empiece por el principio si no
empiezo por la vasija?
Parecía que la vasija y el grillo luchaban. Una lucha musical, exclusivamente musical. Vais a saber su
origen y sus consecuencias.
La señora Peerybingle había salido al obscurecer de una tarde húmeda y fría, haciendo sonar sus zuecos
sobre el empedrado lleno de lodo; por cierto que sus pisadas reproducían groseramente alrededor del patio
una porción de figuras circulares de la primera proposición de Euclides. La señora Peerybingle había ido a la
fuente a llenar el puchero. De vuelta ya, y quitados los chanclos, que no era poco -por ser los chanclos muy
altos y la señora Peerybingle muy pequeña-, puso el puchero al fuego. Entonces perdió su sangre fría, o por
lo menos olvidó la paciencia que la caracterizaba; porque estando el agua fría como el hielo y hallándose en
forma de granizo líquido y escurridizo que se infiltra hasta lo más interno de toda substancia, incluso los
círculos de hierro que sostienen los chanclos, no había respetado los dedos del pie de la señora Peerybingle,
llegando a salpicar sus piernas. Y como precisamente, cuando estamos algo orgullosos de nuestras piernas, y
con razón, procuramos con empeño usar medias aseadas, claro está que en principio hallaríamos algo durilla
semejante prueba.
Además, el puchero mostraba una obstinación creciente. No quería dejarse acomodar sobre la barra
superior de la rejilla; no quería prestarse tranquilamente a las desigualdades del carbón; se inclinaba hacia
adelante con modales de borracho, y vertía entretanto el agua sobre el hogar, con insufrible sandez. Hay más:
la tapadera, resistiendo a los dedos de la señora Peerybingle, empezó por girar de arriba abajo, y luego con
ingeniosa testarudez, digna de mejor causa, se hundió de lado hasta el fondo del puchero. El cascarón del
Royal-George no hizo para salir del agua la mitad de la resistencia monstruosa que la tapadera opuso a los
esfuerzos de la señora Peerybingle, antes que ésta pudiese sacarla y colocarla de nuevo en su sitio.
Y aun entonces el desgraciado puchero se mostró huraño y gruñón, poniendo el asa en aire de desafío, y
levantando el pico con burlona impertinencia hacia la señora Peerybingle, como si dijese: «No quiero hervir.
Nadie me forzará a hervir».
Pero la señora Peerybingle, cuyo buen humor había vuelto, se frotó las manos regordetas para sacudir el
polvo, y se sentó riendo ante el pucherillo. No obstante, la alegre llama se elevaba y caía sucesivamente,
derramando espléndida claridad sobre el segadorcito colocado en lo alto del reloj holandés, de modo que
parecía que estuviese pegado allí, inmóvil como un tronco ante el palacio morisco, y que sólo la llama
estuviese en movimiento.
Y a pesar de todo, el hombrecito se movía; sufría sus espasmos acostumbrados, por segundo, siempre con
la misma regularidad. Pero hay que notar con preferencia que era verdaderamente terrible observar los
padecimientos de que era víctima apenas iba a sonar el reloj. Cuando el cuclillo sacaba la cabeza fuera de la
abertura del castillo y cantaba su nota seis veces, cada uno de aquellos gritos le trastornaba como si fuese la
voz de un fantasma o como si le tirasen de un alambre atado a sus piernas.
Sólo después de una violenta sacudida y cuando el alboroto de las cuerdas y las pesas colocadas debajo
de él habían cesado enteramente, el pobre segador, lleno de espanto, iba calmándose poco a poco. Y no
temblaba sin razón, porque los estrepitosos esqueletos de relojes, con sus algazaras inquietantes, llegan a
desconcertar a una persona mayor, y me extraña mucho que hayan existido hombres, pero sobre todo
holandeses, que se hayan complacido en inventarlos. En efecto; según la creencia popular, a los holandeses
les gustan las vastas envolturas y los amplios vestidos para cubrirse de arriba abajo, de modo que hubieran
obrado muy bien, por analogía, no dejando sus relojes desnudos y sin protección en las regiones inferiores de
su individualidad.
Ahora bien; en aquel momento, notadlo bien, fue cuando el puchero empezó el concierto de la velada. En
aquel momento el puchero, volviéndose tierno y musical, empezó a dejar oír en su garganta murmullos
irresistibles y a permitirse breves ronquidos, que detenía en la primera nota, como si no estuviese seguro de
que enlazasen bien con los murmullos. En aquel momento, después de haber realizado dos o tres vanas
tentativas para ahogar sus sentimientos expansivos, sacudió todo mal humor, toda reserva, y dejó escapar de
pronto un torrente de notas tan alegres, tan gozosas, que ni el ruiseñor estúpido tuvo de ellas la menor idea.
¡Y tan sencillas! Habríais podido comprender aquel canto como un libro, mejor quizá que ciertos libros que
vosotros y yo podríamos citar. Con su cálido aliento, exhalado en una ligera nube que subía graciosa y
coquetona a una altura de algunos pies y luego quedaba suspendida junto al ángulo de la chimenea, como en
su cielo familiar, el puchero prosiguió su canción con tanto arranque y energía, que su cuerpo zumbaba y se
zarandeaba de placer sobre el fuego, y la misma tapadera, la tapadera poco ha rebelde -tan potente es la
influencia del buen ejemplo-, ejecutó una especie de jiga(1) haciendo un ruido semejante al de un címbalo
adolescente, sordo y mudo, que nunca conociera el son de su mellizo.
Indudablemente, el canto del puchero era un canto de invitación y de bienvenida dirigido a alguien de
fuera, a alguien que se dirigía en aquel momento hacia el grato rincón doméstico, hacia el fuego que
chisporroteaba. La señora Peerybingle lo sabía perfectamente, mientras su imaginación se entregaba a dulces
ensueños delante del hogar.
-La noche es negra -cantaba el puchero-; las hojas muertas cubren el camino; arriba reinan la bruma y las
tinieblas; abajo no hay más que miserable lodo; no se halla en la atmósfera, triste y sombría, un solo punto
en que pueda descansar la mirada, y apenas se ve un fulgor rojo-obscuro y siniestro en la dirección en que
imperan el Sol y el viento. No es más que un fuego rojo que marca las nubes para castigarlas por el mal
tiempo que causan. El vasto llano, en toda su extensión, es tan sólo una larga faja negruzca de lúgubre
aspecto. El poste indicador está cubierto de escarcha. La lluvia congelada hace resbaladizo el camino; más
abajo el agua no se ha convertido del todo en hielo, pero ya no es libre; nada conserva su forma natural; pero
¡él viene, él viene, él viene!
Aquí, precisamente en este punto, fue cuando el grillo entró en escena con un crrri, crrri, crrri, de
magnífica potencia a coro con el puchero; pero con una voz tan asombradamente desproporcionada a su
estatura -¡su estatura!, era casi invisible-, sobre todo comparándole con el puchero, que si por desgracia
hubiese reventado como un cañón excesivamente cargado, cayendo, víctima de su celo, su cuerpecito roto en
mil fragmentos, no hubiera parecido sino la consecuencia natural y perseguida con su trabajo afanoso.
El puchero había terminado el solo. Perseveró con ardor constante; pero el grillo se erigió en concertino y
se mantuvo en su supremacía. ¡Dios mío, qué modo de gritar! Su voz trémula, aguda y penetrante a la vez,
resonaba en la casa y parecía fulgurar como una estrella en medio de la obscuridad que reinaba en el
exterior. Notábase en sus notas más elevadas un indescriptible temblorcillo que permitía creer que,
arrebatado por la intensidad de su entusiasmo, no permanecía en equilibrio sobre sus piernas y se veía
obligado a saltar y brincar. No obstante, marchaban muy bien unidos el grillo y el puchero. El estribillo de la
canción era siempre el mismo, y, gracias a su mutua emulación, lo repetían con voz cada vez más fuerte.
La linda oyente -hay que saber que la señora Peerybingle era joven y bonita, aunque tenía una figura de
las que suelen llamarse regordetillas, lo que no es tacha apreciable, según mi gusto particular-; la linda
oyente, pues, encendió una bujía, dirigió una mirada al segador que remataba el reloj y que estaba haciendo
una cosecha más que mediana de minutos, y miró por la ventana; pero la obscuridad no le permitió ver más
que su cara reflejada en el vidrio. Verdad es -según mi opinión, y según la vuestra también, lo juraría- que en
vano habría buscado la señora Peerybingle por algunas leguas a la redonda algo tan agradable como lo que
entonces pudo contemplar. Cuando volvió a sentarse en su sitio, el grillo y el puchero se esmeraban todavía
en el canto con cierta rivalidad furiosa, siendo indudablemente el lado flaco del puchero la presunción de
vencer constantemente.
Notábase entre los dos toda la animación de una carrera. ¡Crrri, crrri, crrri!… El grillo logra una milla de
delantera. ¡Hum, hum, hum-m-m!…, el puchero zumba tras él como una gruesa peonza. ¡Crrri, crrri, crrri!…,
el grillo dobla la esquina. ¡Hum, hum, hum-mm!…, el puchero se le acerca cada vez más, va sobre sus
talones; no hay que temer que suelte su presa. ¡Crrri, crrri, crrri!… El grillo está más floreciente que nunca.
¡Hum, hum, hum-m-m!…, el puchero va poco a poco, pero avanza sobre terreno firme. ¡Crrri, crrri, crrri!…
El grillo va a triunfar. ¡Hum, hum, hum-m-m!…, el puchero no le dejará vencer. Hasta que puchero y grillo
se mezclaron y se confundieron de tal modo en el desorden y la precipitación de la carrera, que para decidir
con algún acierto si el puchero gritaba o el grillo zumbaba, o si, por el contrario, el grillo gritaba y el puchero
zumbaba, o si ambos gritaban y zumbaban a la vez, se necesitaba mejor cabeza que la mía y quizá que la
vuestra. Pero lo indudable es que el puchero y el grillo, en un solo y único momento y por medio del poder
de una combinación que únicamente ellos conocen, enviaron sus consoladoras canciones desde las cercanías
del fuego a un rayo de luz que, brillando a través de la ventana, iba a hundirse en el fondo del tenebroso
camino, y aquella luz, dando de lleno sobre cierta persona que en el mismo instante avanzaba por aquel lado
entre la obscuridad, le explicó toda la cuestión en un abrir y cerrar de ojos -al pie de la letra- y le gritó:
-¡Bien venido seas a tu casa, antiguo compañero! ¡Bien venido seas, muchacho!
Logrado este fin, el puchero, vencido en toda la línea, derramó furioso su contenido hirviente, y fue
apartado del fuego.

– II –
La señora Peerybingle corrió inmediatamente a la puerta. El ruido de las ruedas de una carreta, el paso de
un caballo, la voz de un hombre, las idas y venidas de un perro transportado de gozo, y la aparición, tan
sorprendente como misteriosa, de un niño de mantillas, causaban una confusión en medio de la cual era
difícil entenderse.
De dónde venía el niño y cómo la señora Peerybingle le tomó en brazos en menos de un segundo, lo
ignoro por completo; pero lo cierto es que se veía un niño sano y robusto en los brazos de la señora
Peerybingle, que parecía estar no poco orgullosa de él, cuando fue suavemente conducida hacia el fuego por
un hombre de robusta musculatura, de mucha mayor edad y estatura que ella, y obligado a encorvarse
enteramente para besarla. Pero merecía la pena. Ya se podía descender seis pies, y aun padeciendo de
lumbago.
-¡Cielo santo, John! -dijo la señora Peerybingle-. ¡En qué estado habéis llegado por causa del tiempo!
Era innegable, en efecto, que el recién llegado había sufrido su acción. La bruma espesa colgaba de sus
cejas en forma de gotas congeladas, semejando estalactitas, y la acción simultánea del fuego y de la
humedad hacía aparecer verdaderos arcos iris hasta en las puntas de su bigote.
-Claro está -respondió John lentamente, desenvolviendo una manta que le rodeaba el cuello y
calentándose las manos-; claro está, Dot(2). Como que no estamos precisamente en verano, nada tiene de
extraño, Dot.
-Deseo, John, que os acostumbréis a no llamarme Dot; no me gusta semejante calificativo -dijo mistress
Peerybingle, haciendo una linda mueca que demostraba claramente todo lo contrario.
-¿Cómo queréis, pues, que os llame? -prosiguió John, dejando caer sobre ella una mirada acompañada de
una sonrisa y rodeando su talle con un abrazo tan suave como podía serlo un abrazo de su enorme mano y su
brazo de Hércules-. Mi guapa moza con su… No; no quiero decir su guapo mozo, por temor de echar a
perder lo que tenía meditado; pero poco me ha faltado para hacer un chiste; no creo que nunca se me haya
acercado tanto a los labios.
Según sus afirmaciones, estaba frecuentemente próximo a decir algo muy ingenioso el alto, lento, macizo
y honrado John; pero si tenía el cuerpo pesado, no dejaba de conservar un humor juguetón y ligero; si su
superficie era ruda, no era menos suave en el fondo; si estaba embotado exteriormente, no cabe duda que su
interior era vivo y ágil; en conjunto era algo torpe, ¡pero tan buen muchacho! ¡Madre naturaleza! Concede a
tus hijos la verdadera poesía del corazón que se ocultaba en el pecho del pobre mandadero -porque, dicho
sea de paso, no era más que un mandadero-, y no los seguiremos sin placer en sus conversaciones en vil
prosa, lo mismo que en los episodios de su existencia también prosaica. ¡Aun tendremos que darte las
gracias por el solaz que experimentaremos en su compañía!
Daba gusto ver a Dot tan pequeñita y con el niño en brazos, un muñeco, mirando el fuego con aspecto de
coquetería soñadora, e inclinando a un lado su delicada cabecita para hacerla descansar de un modo especial,
en parte natural y en parte estudiado, en la curtida caraza del mandadero. Daba gusto verle a él con tierna
torpeza, mientras se esforzaba en adaptar su grosero apoyo a las necesidades de la ligera mujercita,
convirtiendo su virilidad ya madura en un bastón de juventud para la edad delicada de su gentil compañera.
Daba gusto ver a Tilly Slowboy, la niñera bajita que en el fondo de la habitación esperaba que le entregasen
el niño y contemplaba aquel grupo con pura mirada de catorce años, cómo permanecía allí con la boca y los
ojazos abiertos, y la cabeza inclinada hacia adelante aspirando con avidez el aire sano de la vida de familia.
Y aun faltaba ver a John el mandadero, que, a consecuencia de una señal que Dot le hizo a propósito del
niño, retuvo su mano en el momento de tocarle, como si hubiese temido destrozarle entre sus dedos, y con el
cuerpo inclinado se contentó con examinarle atentamente a respetuosa distancia, con mezcla de orgullo y
cortedad.
-¿Verdad que es hermoso, John? ¿Verdad que es encantador cuando está dormido?
-Encantador, ya lo creo -dijo John-, y no hace más que dormir, ¿no es así?
-¡No, por Dios, John!
-¡Bah! -murmuró John con aire pensativo-, me había parecido que tenía casi siempre los ojos cerrados.
¡Eh, eh!
-¡Dios mío, John! ¡Qué modo de sacudir al pequeñuelo!
-¡No debe de hacerle bien volver los ojos así! -dijo el mandadero asombrado-. ¡Mirad cómo guiña ambos
ojos a la vez! Mirad su boca; la abre y cierra como un pez.
-No merecéis ser padre, no lo merecéis -dijo Dot, con toda la dignidad de una matrona llena de
experiencia-. Pero ¿cómo podríais conocer los males que afligen a los niños, John? ¡Ni sus nombres sabéis,
tontísimo!
Y después de poner otra vez al niño sobre su brazo izquierdo y de darle una ligera palmada en la espalda,
para colocarle mejor, pellizcó, riendo, la oreja de su marido.
-No -respondió John quitándose el ropón-, ciertamente, Dot, no tengo grandes conocimientos en asuntos
semejantes. Lo que puedo asegurar es que esta tarde he sostenido con el viento una lucha bastante ruda.
Soplaba el noroeste, y ha penetrado en mi carreta

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