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Barberio se sentía bien a pesar de la bala. Naturalmente, le molestaba el pecho al respirar demasiado fuerte y la herida de su muslo no tenía buen aspecto, pero ya le habían pegado algún tiro antes sin quitarle la sonrisa de la boca. Por lo menos era libre: eso era lo principal. Nadie –juró–, nadie le volvería a encerrar, se mataría antes de que lo detuvieran de nuevo. Si no tenía suerte y lo acorralaban, se metería la pistola en la boca y se volaría la tapa de los sesos. De ninguna manera volverían a arrastrarlo vivo a aquella celda.
La vida era demasiado larga para quien estaba encerrado contando los segundos. Le habían bastado un par de meses para aprender esa lección. La vida era larga, repetitiva y corrosiva, y si no te andabas con ojo, pronto empezabas a pensar que era mejor morir antes que prolongar la existencia en la cloaca en que te habían metido. Mejor ahorcarse con el cinturón a medianoche que enfrentarse al tedio de otras veinticuatro horas, con sus ochenta y seis mil cuatrocientos segundos.
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Así que se lo jugó todo a una carta.
Primero compró una pistola de estraperlo en la prisión. Le costó todo lo que tenía y un puñado de pagarés a devolver fuera si quería seguir vivo. Luego siguió la primera instrucción del manual: trepar la pared. Y el Dios que ampara a los ladrones de bodegas le protegió aquella noche porque como hay Dios que subió volando aquel muro y salió pitando sin que un solo perro le olisqueara los talones.
¿Y la policía? Desde el domingo metieron la zarpa en todos los sentidos, buscándole donde jamás había estado, declarando a su hermano y su hermanastra sospechosos de darle refugio cuando ni siquiera sabían que hubiera escapado, publicando un informe detallado con una descripción de su persona antes de entrar en la cárcel, cuando pesaba diez kilos más que ahora. De todo eso se enteró por Geraldine, una mujer a la que había cortejado en los buenos tiempos, que le vendó la pierna y le dio la botella de Southern Comfort que ya llevaba casi vacía en el bolsillo. Recogió su bebida y su simpatía y siguió su camino, confiando en la legendaria estulticia de la ley y en el dios que ya le había llevado tan lejos. Lo llamaba Sing-Sing. Se lo representaba como un tipo gordo con una sonrisa de oreja a oreja, un salami de primera en una mano y una taza de café solo en la otra. Para Barberio, Sing-Sing olía como el seno del hogar materno cuando su madre todavía estaba bien de la cabeza y él era su alegría y su orgullo.
Lamentablemente, Sing-Sing miraba a otra parte cuando el único policía con ojos de lince de toda la ciudad vio a Barberio escurrirse por un callejón como una serpiente y lo reconoció gracias a aquel obsoleto pero exhaustivo informe. Era un poli joven (no debía tener mis de veinticinco años) dispuesto a convertirse en héroe, demasiado estúpido para comprender el significado del disparo de aviso de Barberio. En lugar de cubrirse y permitir que éste escapara, había precipitado el desenlace al dirigirse por la calle directamente hacia él.
Barberio no tuvo opción. Disparó.
El poli replicó. Sing-Sing debió interponerse desviando la trayectoria de la bala que, dirigida al corazón de Barberio, le hirió en la pierna, y haciendo que el disparo de éste alcanzara al policía en plena nariz. El ojos de lince se cayó como si acabara de recordar que tenía una cita con el suelo y Barberio se alejó rezongando, sangrando y asustado. Nunca había matado a un hombre, y empezó por un policía. Toda una introducción al arte.
Pero Sing-Sing todavía estaba de su lado. La bala de la pierna le dolía, pero los cuidados de Geraldine habían cortado la hemorragia y el licor había hecho maravillas contra el dolor. Medio día más tarde seguía ahí, cansado pero vivo, después de atravesar cojeando la mitad de una ciudad tan atestada de policías sedientos de venganza que parecía un desfile de psicóticos en el baile de disfraces de una comisaría. Ya sólo le pedía a su protector un lugar en el que descansar un poco. No demasiado, sólo lo suficiente para recobrar el aliento y preparar sus próximos movimientos. Tampoco le vendrían mal una o dos horas de sueño.
El caso es que cada día el dolor le devoraba más el estómago. Tal vez debería buscar un teléfono después de descansar un poco, volver a llamar a Geraldine, conseguir que convenciera a un doctor para que lo viera. Pensaba salir de la ciudad antes de medianoche, pero esa posibilidad le parecía ahora muy remota. Por peligroso que fuera tendría que quedarse en aquel lugar una noche y quizá casi todo el día siguiente; huir a campo abierto cuando hubiera recobrado fuerzas y le hubieran sacado la bala de la pierna.
¡Dios, cómo le ardía el estómago! Estaba seguro de que se trataba de una úlcera provocada por la mugrienta bazofia que llamaban comida en la penitenciaria. Muchos tenían problemas de estómago y de intestinos allí dentro. Se sentiría mejor después de unos cuantos días de pizzas y cervezas, sin ninguna duda.
La palabra cáncer no figuraba en el vocabulario de Barberio. Nunca había pensado en una enfermedad mortal, y menos en relación consigo mismo. Era como si un buey, ya en el matadero, se quejara de que le dolía una pezuña mientras se encaminaba hacia la pistola del matarife. Un hombre de su gremio, siempre rodeado de instrumentos letales, no cuenta con morir de una enfermedad de estómago. Pero ésa era la causa de su dolor.
El solar que estaba detrás del Movie Palace había sido un restaurante, pero hacía tres años que un incendio lo arrasó y aún no habían quitado los escombros.
Volver a edificar no reportaría beneficios, y nadie había demostrado demasiado interés por la parcela. Los vecinos zascandilearon por la zona, pero eso fue en los sesenta y a principios de los setenta. Durante esa década vertiginosa florecieron los locales de diversión: restaurantes, bares, cines. Pero luego vino la inevitable depresión. Cada vez venían menos chavales por esta zona a gastarse el dinero: había nuevos locales de moda, nuevos sitios en que dejarse ver. Los bares quebraron, y con ellos los restaurantes. Sólo quedó, como vestigio de días más prósperos, el Movie Palace, en un distrito cada año más desastrado y peligroso.
La jungla de enredaderas y vigas podridas que atestaba el solar abandonado le iba de perlas a Barberio. La pierna le hacía ver las estrellas, se tambaleaba de puro cansado, y el dolor de estómago se hacía más intenso. Necesitaba urgentemente un lugar sobre el que dejar reposar su greñuda cabeza. Apurar el Southern Comfort y pensar en Geraldine.
Era la una y media del mediodía; el solar era un lugar de citas para los gatos. Cuando apartó unas vigas y se deslizó en la oscuridad se escondieron espantados. Su refugio apestaba a orines –de hombre y de gato–, a basura y a restos de antiguas hogueras, pero a él le pareció un santuario.
Buscando el apoyo de la pared trasera del Movie Palace, Barberio se reclinó sobre su antebrazo y vomitó todo el Southern Comfort mezclado con acetona. Unos niños habían construido una guarida improvisada con vigas, tablones quemados y hierros doblados paralelamente al muro. Ideal, pensó, un santuario dentro de un santuario. Sing-Sing le sonreía con las quijadas grasientas. Gimiendo un poco –tenía el estómago fatal esa noche– se arrastró por la pared hasta el cobertizo y entró por la puerta.
Otra persona había dormido en aquel lugar: al sentarse sintió bajo él una arpillera húmeda y a su izquierda una botella tintineó contra un ladrillo. El aire estaba impregnado de un olor sobre el que no quería pararse a pensar; era como si las cloacas salieran a la superficie. A fin de cuentas el rincón era escuálido: pero resultaba más seguro que la calle. Se sentó contra el muro del Movie Palace y expulsó sus temores con un suspiro lento y largo.
A una manzana, o quizá media, se oyó el aullido desconsolado de un coche de policía, y su recién conquistada sensación de seguridad desapareció de golpe. Se estaban acercando, lo iban a matar, estaba convencido. Se habían limitado a seguirle el juego, dejándole que creyera haber escapado, pero sin dejar de dar vueltas, como tiburones, elegantes y silenciosos, hasta que estuviera demasiado cansado para oponer resistencia. Mierda: había matado a un policía, qué no harían con él cuando lo tuvieran a solas entre sus manos. Lo iban a crucificar.
«Bueno, Sing-Sing, ¿y ahora qué? Deja de poner esa cara de sorpresa y sácame de ésta.»
Durante un rato no ocurrió nada. Y entonces el dios le sonrió en su imaginación, y notó por casualidad unas bisagras en su espalda.
¡Mierda! Una puerta. Estaba recostado contra una puerta.
Se dio la vuelta con un gruñido de dolor y recorrió con los dedos esa salida de emergencia. A juzgar por el tacto, era una pequeña reja de ventilación de cerca de un metro cuadrado. Podía conducir a un pasadizo o a alguna cocina: ¿qué más daba? Se está más seguro dentro que fuera: es la primera lección que aprende todo recién nacido con la primera bofetada.
Aún se seguía oyendo el aullido de aquel canto de sirena: le ponía la carne de gallina. Asqueroso ruido. Le producía taquicardia.
Tanteó los costados de la reja con los dedos hinchados, buscando algo parecido a una cerradura, y por supuesto que la había, sólo que era un candado tan lleno de óxido como el resto del enrejado.
«Vamos, Sing-Sing», rezó, «sólo te pido una ayuda más, déjame entrar y te juro que seré tuyo para siempre.»
Tiró del candado pero éste, ¡maldita sea!, no tenía intención de ceder tan fácilmente. O era más duro de lo que parecía o él estaba más débil de lo que creía. A lo mejor había algo de las dos cosas.
El coche se acercaba sigilosamente segundo a segundo. La sirena ahogaba el ruido de su aliento alterado por el pánico.
Sacó la pistola –la asesina de policías– del bolsillo de su chaqueta para usarla de palanca. No podía ejercer suficiente presión sobre ese chisme, era demasiado corto, pero bastaron un par de tirones acompañados de sendos tacos. La cerradura cedió y una lluvia de escamas de óxido le salpicó la cara. Reprimió justo a tiempo un grito triunfal.
Y ahora a abrir la reja, a salir de este mundo miserable y cobijarse en las tinieblas.
Introdujo los dedos por el enrejado y tiró dé él. Un dolor ininterrumpido, que le recorrió el estómago, los intestinos y la pierna, le dio vértigo. «Ábrete, jodida –le dijo a la reja–, ábrete, Sésamo.»
La puerta se lo concedió.
Se abrió de repente, haciéndole caer sobre la empapada arpillera. Se levantó en seguida, escrutando esa oscuridad dentro de la oscuridad que era el interior del Movie Palace.
«Que venga el coche de policía», pensó, exultante, «yo tengo un escondite para calentarme.» Y estaba tibio: casi caliente, de hecho. El aire que salía por el agujero olía como si llevara estancado una buena temporada.
La pierna se le metió en una pinza de unión y le dolió terriblemente al arrastrarse por la puerta hacia la sólida oscuridad. Mientras lo hacía, la sirena dobló una esquina cercana y su aullido de bebé se desvaneció. ¿Lo que oía en la acera no era el tamborileo de los pies de la ley?
Se dio torpemente la vuelta en la oscuridad, con la pierna como un peso muerto y la sensación de tener el pie del tamaño de una sandía, y colocó la puerta de la reja detrás de él. Le tranquilizó izar un puente levadizo y dejar al enemigo del otro lado del foso: no importaba que pudieran abrir la puerta con tanta facilidad como él y perseguirlo por el pasadizo. Tenía la convicción infantil de que nadie podría encontrarlo ahí. Mientras no pudiera ver a sus perseguidores, éstos tampoco podrían verlo.
Si de verdad los policías se metieron en el solar a buscarlo, no los oyó. A lo mejor se había equivocado, a lo mejor corrían tras un pobre mocoso callejero y no tras él. Bueno, fuera lo que fuese, ya estaba. Había encontrado un bonito nicho en que reposar, y eso le parecía maravilloso y elegante.
Qué curioso, el aire no era tan desagradable después de todo. No era el aire estancado de un pasadizo o de un ático, la atmósfera del escondite estaba viva. No es que fuera aire fresco, no; olía a viejo y enrarecido sin duda, pero a pesar de eso borboteaba. Casi le zumbaba en los oídos, le hacía hormiguear la piel como una ducha fría, le subía por la nariz y le provocaba sensaciones muy extrañas en la cabeza. Era como estar colocado con algo: así de bien se sentía. Ya no le dolía la pierna o, si lo hacía, las imágenes que tenía en la cabeza le hacían olvidar el dolor. Estaba a punto de reventar de imágenes: chicas bailando, parejas besándose, despedidas en estaciones, viejas casas oscuras, cómicos, vaqueros, aventuras submarinas –escenas que no habría vivido ni disponiendo de un millón de años, pero que ahora le emocionaban como si fueran experiencias directas, verdaderas e incontestables–. Quería llorar en las despedidas, pero también quería reírse con los cómicos, si no fuera porque había que comerse con los ojos a las chicas, gritarles a los vaqueros.
¿Qué clase de sitio era ése? Intentó sobreponerse al hechizo de las imágenes que estaban a punto de embargarle la vista. Estaba en una cámara de un metro y medio de ancho, alta e iluminada por una luz intermitente que se colaba por los resquicios de la pared interior. Barberio estaba demasiado atontado para reconocer la fuente de luz y no lograba discernir con los oídos, que le zumbaban, el diálogo que tenía lugar en la pantalla, del otro lado de la pared. Era Satyricon, la segunda de las dos películas de Fellini que el Movie Palace proyectaba en su doble sesión de madrugada ese sábado.
Barberio nunca había visto la película, ni siquiera oído hablar de Fellini. No le habría gustado («una película para maricas, una porquería italiana», diría). Prefería las aventuras submarinas, las películas de guerra. Ah, y chicas bailando. Cualquier cosa que tuviera chicas bailando.
Qué curioso, aunque estaba a solas en su escondite tenía la extraña sensación de que lo observaban. Además del caleidoscopio de clichés de Busby Berkeley 1 que le rondaba por el cerebro sentía que tenía ojos en él, no unos pocos, sino millares. No era una sensación tan desagradable como para dar ganas de beber, pero no desaparecían, lo miraban como si fuera algo digno de observación, riéndose de él a veces, llorando otras, pero sobre todo devorándolo con ojos ávidos.
La verdad es que no podía hacer nada al respecto. Tenía las extremidades muertas: no sentía las manos ni los pies. No sabía, y tal vez fuera mejor así, que se había abierto la herida al entrar en el escondite y que se estaba desangrando.
Hacia las tres menos cinco, mientras el Satyricon de Fellini llegaba a su ambiguo final, Barberio murió en el pequeño espacio comprendido entre la parte de atrás del edificio adyacente y la pared trasera del cine.
El Movie Palace había sido una casa de beneficencia, y si hubiera levantado los ojos al morir podría haber entrevisto entre la mugre un estúpido fresco que mostraba una hueste angelical, y asumir así su propia asunción. Pero murió contemplando a las bailarinas, y eso le bastó.
La falsa pared, la que dejaba filtrarse la luz por la parte de atrás de la pantalla, se había erigido como partición improvisada para tapar el fresco. Se consideró más respetuoso que borrar los ángeles para siempre. Además, el hombre que había ordenado los cambios tenía la leve sospecha de que esa burbuja de cine explotaría tarde o temprano. Si así era, podría echar abajo la pared y seguir con el negocio, adorando ahora a Dios en lugar de a la Garbo.
Nunca llegó a ocurrir. La burbuja, pese a su fragilidad, no explotó jamás, y las películas se fueron sucediendo. Aquel incrédulo santo Tomás (por otro nombre Harry Cleveland) murió, y el recinto quedó relegado al olvido. Ningún ser viviente conocía su existencia. Ni registrando la ciudad de arriba abajo podría haber encontrado Barberio un lugar más recóndito para morir.
Pero el recinto, su aire, habían vivido una vida propia durante esos cincuenta años. Como un receptáculo, había almacenado las miradas electrizadas de miles de ojos, de decenas de millares de ojos. Durante medio siglo los aficionados habían vivido indirectamente a través de la pantalla del Movie Palace, proyectando sus simpatías y pasiones sobre la pantalla parpadeante, y la energía de sus emociones se concentró como un coñac olvidado en ese recóndito paso de aire. Tarde o temprano tenía que descargarse. Sólo requería un catalizador.
Hasta el cáncer de Barberio.