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«He visto el futuro del género de horror y su nombre es Clive Barker —escribió Stephen King después de haber leído los primeros relatos de este autor—. Lo que Barker hace con los Books of Blood —añadió — crea la impresión de que el resto de sus colegas hemos permanecido estáticos durante los últimos diez años. Algunos de sus cuentos me resultaron tan terroríficos, en el sentido más macabro del término, que literalmente no pude leerlos a solas.»
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¿Quién es Clive Barker, y qué dice acerca de su propia obra? Barker nació en 1952 en la ciudad inglesa de Liverpool, cuna de los Beatles, fue a las mismas escuelas que John Lennon, y su rostro de querubín tiene un extraño parecido con el de Paul McCartney. Terminó sus estudios de filosofía en la universidad de Liverpool, y fue pintor y dramaturgo antes de empezar a escribir ficción. Ahora se ha convertido en guionista de las películas inspiradas en algunas de sus obras.
Cuando le preguntan qué fue lo que le impulsó a escribir cuentos de horror, responde: «En el género de horror subviertes lo que la gente piensa acerca de la mortalidad, la sexualidad y la política. Es un ámbito donde todo está a tu disposición, y me atrae porque aborrezco lo seguro, lo convencional. La ficción en general examina los estratos del mundo con criterio realista; la ficción de horror arremete contra ellos con una sierra eléctrica, corta la realidad en pedacitos y le pide al lector que vuelva a armarla. Es una forma agresiva de redefinir lo que piensas acerca del mundo, y ésa es la causa de que a menudo la rechacen los críticos y los lectores. Puede maltratar brutalmente nuestra visión del mundo».
Barker atribuye la singularidad de su ficción de horror al hecho de que no está influido sólo por la literatura. «También me han afectado los cuadros de artistas cono El Bosco y Goya, que forman parte de la tradición europea de pintura fantástica. No son sólo objetos que nos asustan: también están asociados a la exploración del inconsciente. Siempre me han fascinado.»
Beth Levine, que lo entrevistó para Publishers Weekly, recoge su confesión de que influyeron sobre él películas como Psicosis, La noche de los muertos vivientes y Viernes trece. La truculencia vivida y gráfica de estas películas, explica Levine, es quizá la causa de uno de los rasgos característicos de Barker: éste nunca desvía la vista, aunque la escena sea extremadamente chocante. «Nunca me echo atrás —afirma Barker—. Para mí, ése es un artículo de fe. La buena ficción de horror siempre debe estar un paso más allá de los límites del buen gusto, para que el lector reciba la sensación de que el libro que tiene en sus manos es peligroso. La gente recurre a la ficción de horror para que ésta impugne sus tabúes, y a mí me gusta satisfacer este deseo. Casi toda la ficción de horror empieza con una vida rutinaria que es desquiciada por la aparición de un monstruo. Una vez eliminado el monstruo, todo vuelve a la normalidad. No creo que esto sea válido para el mundo. No podemos destruir el monstruo porque el monstruo somos nosotros. Piénselo: no hay peores monstruos que las personas con quienes nos casamos, o con quienes trabajamos, o que nos han engendrado.»
En otra entrevista concedida a Douglas E. Winter, de la revista Twilight Zone, Barker siguió desnudando sus motivaciones íntimas. «Mi anhelo de perversidad es tal vez un poco más completo que el de algunos de mis colegas escritores —confesó—. Quiero decir que si olfateo la predictibilidad de algo que estoy haciendo, inmediatamente me enfrío y dejo la pluma. Esto determina que mis cuentos sean un poco escandalosos para algunos gustos, pero también determina que los lectores aborden mis cuentos con la certeza de que se van a encontrar con algo que no se parece a ninguna otra cosa.
Supongo que ésta es la cualidad que ha demostrado ser fructífera… Nunca me he autocensurado. Nunca he emprendido una indagación para después detenerme a mitad de camino al darme cuenta de que me lleva a algo más macabro de lo que puedo soportar. Nunca he eliminado ningún subtexto sexual de mi obra; en cambio, he tendido a llevarlo hasta sus últimas consecuencias con mucho placer. Y nunca he supuesto que algo era demasiado pasmoso o extraordinario para mis lectores. Siempre he supuesto que son tan valientes, temerarios y morbosos como yo… La verdad es que no me encarnizo con lo sanguinario. Me encarnizo con todo. Cuando mi relato es sanguinario, es muy sanguinario; cuando es sexual, es muy sexual; cuando es humorístico, es muy gracioso. No me gustan las medias tintas… Así que no creo ser un buscador de sangre. Soy un buscador de excesos. Me gusta llevar los cuentos, los hechos y los personajes hasta las últimas consecuencias. Me afligiría que mi público me leyera sólo para ver cómo despedazan a la gente. Esto sería un poco como asistir a una función del Rey Lear sólo para ver cómo le arrancan los ojos a Gloucester.»
Dicho lo cual, sólo cabe replegarse para dejar que Clive Barker abra la caja de Pandora de sus excesos innombrables.
EDUARDO GOLIGORSKY
Los hijos de Babel
¿Por qué razón le resultaban irresistibles a Vanessa los caminos sin señalizar, las sendas que conducían a Dios sabía dónde? En el pasado, su entusiasmo por dejarse guiar por el olfato la había metido en más de un aprieto. Una noche casi fatal, perdida en los Alpes; aquel episodio en Marrakech que casi acabó en violación; la aventura con el aprendiz de tragasables en las selvas del bajo Manhattan. Y a pesar de las enseñanzas de la amarga experiencia, siempre que tenía que escoger entre un camino señalizado y otros sin señalizar, se inclinaba indefectiblemente por este último.
Como aquí, por ejemplo. Este camino que serpenteaba hacia la costa de Kithnos: ¿Qué otra cosa le ofrecía sino un recorrido sin tropiezos a través de un paisaje de vegetación achaparrada, algún que otro encuentro casual con alguna cabra, y una vista desde los acantilados del azul Egeo? Podía disfrutar de esa vista desde su hotel, en la bahía Merikha, prácticamente sin tener que salir de la cama. Las otras carreteras que arrancaban de ese cruce estaban tan claramente señalizadas… Una iba a Loutra y a su fuerte veneciano en ruinas, la otra llevaba a Driopis. No había visitado ninguno de esos poblados y había oído decir que ambos eran encantadores, pero el hecho de que estuvieran tan claramente indicados los despojaba de todo atractivo. Sin embargo, este otro camino, aunque no condujera a ninguna parte, cosa muy probable, al menos iba a un sitio sin nombre. No era una recomendación despreciable. Colmada de pura perversidad, siguió ese camino.
El paisaje a ambos lados de la carretera (o mejor dicho, el sendero, porque no tardó en convertirse en eso) no tenía nada de especial. Hasta las cabras con las que esperaba encontrarse brillaban por su ausencia, pero lo cierto era que la escasa vegetación no tenía aspecto apetecible. La isla no era un paraíso. A diferencia de Santorini, con su pintoresco volcán, o de Mykonos —la Sodoma de las Cicladas—, con sus lujosas playas y sus hoteles más lujosos aún, Kithnos no podía jactarse de nada que atrajera al turista. En suma, ése era el motivo por el que estaba allí, tan lejos de las multitudes como podía conspirar para estarlo. Sin duda, ese sendero la alejaría de ellas aún más.
El grito proveniente de los montes ubicados a su izquierda no podía ser pasado por alto. Era un grito de pura alarma, y resultó perfectamente audible por encima del gruñido de su coche de alquiler. Detuvo el anticuado vehículo y apagó el motor. El grito se repitió, pero esa vez seguido de un disparo, un intervalo y un segundo disparo. Sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del coche y saltó al sendero. El aire le trajo la fragancia de los lirios del arenal y del tomillo silvestre, aromas que el pestazo a gasolina del interior del coche había encubierto con efectividad. Mientras aspiraba el perfume oyó un tercer disparo y vio una silueta —demasiado alejada de donde ella estaba como para distinguirla, aunque se hubiera tratado de su marido— que trepó a la cima de una de las colinas para desaparecer en una hondonada. Segundos después, aparecieron los perseguidores. Efectuaron otro disparo, y sintió alivio al comprobar que había sido lanzado al aire y no al hombre. Le advertían que se detuviera, en vez de tirar a matar. Los detalles de los perseguidores le resultaron tan poco claros como los del perseguido, salvo por un ominoso aspecto: iban vestidos, de la cabeza a los pies, con ondulantes túnicas negras.
Vaciló al costado del coche; no estaba segura de si debía volver a subirse al vehículo y marcharse, o averiguar a qué se debía aquel juego del escondite. El sonido de las armas no era particularmente agradable, pero ¿cómo darle la espalda a semejante misterio? Los hombres de negro habían desaparecido tras su presa, y ella volvió la vista hacia el lugar del que habían salido y hacia allí se dirigió, manteniendo la cabeza gacha lo mejor que pudo.
En aquel terreno poco común las distancias resultaban engañosas; las colinas arenosas se parecían mucho entre sí. Durante diez minutos avanzó cuidadosamente entre los cohombrillos amargos, y entonces le embargó la certeza de haber perdido el lugar por donde perseguidor y perseguidores habían desaparecido; para entonces se encontraba en un mar de lomas cubiertas de pasto seco. Hacía rato que los gritos habían cesado, al igual que los disparos. Estaba sola con el sonido de las gaviotas y el chirriante debate de las cigarras alrededor de sus pies.
—¡Maldita sea! —dijo—. ¿Porqué haré estas cosas?
Escogió la colina más grande de las cercanías y subió la ladera con paso incierto por el terreno arenoso, para comprobar si desde la cima lograba tener una mejor visión del sendero que acababa de abandonar, o tal vez del mar. Si lograba localizar los acantilados, podría orientarse en relación con el lugar donde había dejado el coche y dirigirse aproximadamente en aquella dirección, con la certeza de que tarde o temprano alcanzaría el sendero. Pero el montecillo era una miniatura; desde su cima sólo le fue revelado el alcance de su aislamiento. Por todas partes, los lomos de las mismas colinas indiferenciadas se alzaban hacia el sol de la tarde. Desesperada, se chupó el dedo y lo levantó en el aire para comprobar de dónde soplaba el viento, razonando que la brisa vendría con toda probabilidad del mar, y que podría utilizar esa magra información para basar en ella su cartografía mental. La brisa era insignificante, pero constituía la única guía disponible, por lo que partió en la dirección en la que esperaba encontrar el sendero.
Al cabo de cinco minutos, durante los cuales su agitación fue en aumento, subió y bajó colinas, escaló una de las laderas, y no se encontró con su coche, sino con un racimo de edificaciones blancas —dominadas por una gruesa torre y rodeadas de un alto muro, como si fuera una guarnición— que no había observado en sus anteriores exploraciones desde lo alto. Se le ocurrió que el perseguido y sus tres excesivamente atentos admiradores habían salido de allí, y ese hecho le aconsejó que no le convenía acercarse. Pero sin instrucciones de nadie, ¿acaso no corría el riesgo de vagar indefinidamente por aquel erial sin poder encontrar el camino de regreso al coche? Además, los edificios tenían un aspecto nada pretencioso que le infundió seguridad. Por encima del brillante muro asomaba el follaje, lo cual sugería que allí detrás había un jardín solitario, en el que al menos encontraría un poco de sombra. Cambió de rumbo y se dirigió hacia la entrada.
Cuando llegó a los portones de hierro forjados estaba exhausta. Sólo cuando encontrara un poco de alivio reconocería el peso de su cansancio: la marcha penosa a través de las colinas le había reducido muslos y pantorrillas a una incompetencia temblorosa.
Al ver uno de los portones entornado, se coló por la abertura. El patio que había detrás estaba pavimentado, y salpicado de excrementos de paloma; varias de las culpables se habían posado sobre un mirto y al verla aparecer se pusieron a arrullar. Desde el patio, y en dirección a una maraña de edificios, partían una serie de senderos cubiertos. Su perversidad, viciada por la aventura, la impulsó a seguir el de aspecto menos prometedor, que la condujo a la sombra de un balsámico pasaje cubierto de sencillos bancos, y más allá encontró un recinto más pequeño.
Allí, el sol caía sobre uno de los muros, en uno de cuyos nichos había una estatua de la Virgen María, con su famoso niño, con dos dedos levantados en señal de bendición, sentado sobre su brazo. Al ver la estatua, las piezas del misterio encajaron: el lugar apartado, el silencio, la sencillez de los patios y senderos… Seguramente se trataría de un establecimiento religioso.
Había carecido de Dios desde la temprana adolescencia, y en los veinticinco años que siguieron, rara vez había traspuesto el umbral de una iglesia. Ahora, a los cuarenta y uno, difícilmente volvería al redil, por lo que se sintió doblemente intrusa. Pero al fin y al cabo no buscaba asilo, sino simplemente instrucciones. Podía pedirlas y marcharse.
A medida que avanzaba por el suelo de piedra, bañado de sol, experimentó la curiosa incomodidad que acompaña a la sensación de que te están espiando. Se trataba de una cualidad que, durante su vida en común con Ronald, había adquirido el sofisticado grado de sexto sentido. Los ridículos celos que tres meses antes habían puesto fin al matrimonio habían empujado a Ronald a adoptar unas estrategias de espionaje que no habrían avergonzado a las agencias de Whitehall o Washington. En este momento sintió que la observaban no uno, sino varios pares de ojos. Aunque miró las estrechas ventanas que daban al patio y notó movimiento en una de ellas, nadie hizo ningún esfuerzo por comunicarse con ella. Tal vez se tratara de una orden muda cuyos votos de silencio eran observados con tanto rigor que tendría que hacerse entender por señas. Pues bien, que así fuera.
A sus espaldas oyó el sonido de unos pies que corrían, seguido de varios pares de pies que se acercaban a toda prisa hacia ella. Y desde el fondo del sendero le llegó el fragor de los portones de hierro al cerrarse con estrépito. Por un motivo u otro, el corazón le dio un vuelco, provocándole un revuelo en la sangre, que se le agolpó en la cara. Las piernas, debilitadas, le volvieron a temblar.
Se volvió para enfrentarse a los propietarios de aquellos pasos urgentes, y al hacerlo vio moverse un poco la pétrea cabeza de la Virgen. Sus ojos azules habían seguido su recorrido por el patio, y no cabía duda de que también la estaban vigilando ahora. Se quedó inmóvil. Lo mejor sería no correr, pensó, porque tenía a Nuestra Señora cubriéndole las espaldas. De todas maneras, de nada le habría servido el salir corriendo, porque en ese momento de las sombras de los claustros surgieron tres monjas cuyos hábitos ondulaban en el aire. Las barbas y el brillo de los rifles automáticos que llevaban destrozaron la ilusión de que eran esposas de Cristo. Se habría echado a reír ante aquella incongruencia, pero las monjas le apuntaron directamente al corazón.
No le ofrecieron ni una palabra de explicación; no obstante en un lugar que albergaba hombres armados disfrazados de monjas, un atisbo de razón sería, indudablemente, tan raro como las ranas con plumas.
Las tres hermanitas la ataron y la sacaron del patio, tratándola como si acabara de arrasar con el Vaticano. La registraron a fondo y expeditivamente. Aceptó aquella invasión con alguna que otra queja sumaria. Las miras de sus rifles no se apartaron de ella ni por un momento, y en semejantes circunstancias lo mejor era obedecer. Acabado el registro, uno de ellos la invitó a vestirse, y fue escoltada a un cuartito donde la encerraron. Poco después, una de las monjas le llevó una botella de sabroso retsina y, para completar el catálogo de incongruencias, la mejor pizza estilo Chicago que había comido al este de esa ciudad. A Alicia, perdida en el País de las Maravillas, no podría haberle parecido más curioso.
—Tal vez haya habido un error —reconoció el hombre del bigote aceitado, al cabo de varias horas de interrogatorio.
Vanessa sintió alivio al descubrir que el hombre no pretendía hacerse pasar por abadesa, a pesar del aspecto de la guarnición. Su despacho —si es que era su despacho— estaba parcamente amueblado, y el único artefacto digno de mención era una calavera humana sin mandíbula inferior, que reposaba sobre el escritorio y la miraba fijamente desde sus cuencas vacías. El hombre vestía bien, tenía la pajarita inmaculadamente atada, y los pantalones llevaban una raya letal. Por debajo de su inglés calculado, Vanessa creyó olfatear un rastro de acento. ¿Francés? ¿Alemán? Sólo cuando sacó un poco de chocolate del escritorio, Vanessa concluyó que era suizo. Según le dijo, se llamaba señor Klein.
—¿Un error? ¡Desde luego que ha habido un error! —exclamó Vanessa.
—Hemos encontrado su coche. También hemos llamado al hotel y, de momento su historia queda verificada.
—No soy una impostora —dijo Vanessa.
A pesar de que intentara sobornarla con dulces, el señor Klein había desbordado su capacidad de cortesía. Calculó que ya sería bien entrada la noche; no obstante, no llevaba reloj y aquella pequeña habitación desnuda, ubicada en el vientre de uno de los edificios, carecía de ventanas, por lo que resultaba difícil estar segura. El señor Klein y su desnutrido número dos se habían encargado de distraer la atención de Vanessa, por lo que no tenía mucha idea del tiempo transcurrido.
—En fin —añadió—, me alegro de que esté usted satisfecho. ¿Me dejará ahora volver al hotel? Estoy cansada.
—No —repuso Klein, negando con la cabeza—. Me temo que no será posible.
Vanessa se puso en pie de un salto, y la violencia de su movimiento hizo caer la silla. Al cabo de un segundo, la puerta se abrió y una de las hermanas barbudas asomó por ella con la pistola en alto.
—Está bien, Stanislaus —ronroneó el señor Klein—. La señora Jape no me ha degollado.
«La hermana» Stanislaus se retiró, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Por qué? —inquirió Vanessa.
La aparición del guardia había aplacado sus iras.
—¿Por qué qué? —preguntó el señor Klein. —Las monjas.
Klein suspiró pesadamente y tocó la cafetera que le habían llevado una hora antes, para comprobar si seguía caliente. Se sirvió media taza antes de contestar.
—En mi opinión, todo esto es innecesario, señora Jape, y le doy mi palabra de que haré que la suelten lo antes posible. Por el momento, le ruego que sea indulgente. Piense en esto como si se tratara de un juego… —El semblante se le agrió un poco—. A ellos les gustan los juegos.
—¿A quiénes?
—Olvídelo —dijo Klein, frunciendo el ceño—. Cuanto menos sepa, menos tendremos que hacerle olvidar.
Vanessa entrecerró los ojos y le echó una mirada a la calavera.
—Todo esto no tiene ningún sentido —dijo.
—Ni falta que hace que lo tenga —repuso el señor Klein. Hizo una pausa y bebió un sorbo de café tibio—. Señora Jape, ha cometido un lamentable error al venir aquí. También es verdad que hemos cometido un error al dejarla entrar. Normalmente, nuestras defensas son mucho más severas. Pero nos pescó usted con la guardia baja, y sin darnos cuenta…
—Oiga —le interrumpió Vanessa—, no sé qué es lo que pasa aquí. Ni quiero saberlo. Lo único que deseo es que me permitan regresar a mi hotel y terminar mis vacaciones en paz.
A juzgar por la expresión de la cara de su interrogador, sus súplicas no parecían resultar persuasivas.
—¿Es mucho pedir? —inquirió—. No he hecho nada. No he visto nada. ¿Cuál es el problema?
El señor Klein se puso de pie.
—El problema —repitió en voz baja, como para sí—. Es una buena pregunta. —No se molestó en contestarla, sin embargo. Se limitó a llamar—: Stanislaus.
La puerta se abrió y apareció «la monja».
—Lleva a la señora Jape a su habitación, ¿quieres?
—¡Presentaré una queja ante mi embajada! —aulló Vanessa, llena de resentimiento—. ¡Tengo mis derechos!
—Por favor —dijo el señor Klein, dolorido—, que grite no nos será de ninguna utilidad.
«La monja» aferró a Vanessa por el brazo. La mujer notó la proximidad del revólver.
—¿Vamos? —inquirió amablemente el guarda. —¿Tengo otra elección? —preguntó a su vez Vanessa. — No.
El truco de la buena farsa, le había comentado una vez su cuñado, ex actor, estaba en representarla con mortal seriedad. Nada de guiños solapados a la galería que indiquen la intención cómica del comediante; nada de detalles extravagantes que pongan en peligro la realidad de la pieza. De acuerdo con estas rigurosas normas, se encontraba rodeado de un elenco de expertos: todos deseosos de actuar —a pesar de los hábitos, los velos y las vírgenes espías— como si aquella ridícula situación no fuera en modo alguno algo fuera de lo corriente. Por más que se esforzaba, no podía desenmascararlos, ni romperles las caras serias, ni obtener de ellos una sola señal de timidez. Estaba claro que carecía de las habilidades necesarias para esa clase de comedia. Cuanto antes advirtieran su error y la despidieran de la compañía, más feliz se sentiría.
Durmió bien, ayudada por media botella de whisky que alguien previsor había dejado en su cuartito mientras ella estaba ausente. Rara vez había bebido tanto en tan corto tiempo, y cuando, a eso del amanecer, la despertaron unos ligeros golpecitos en la puerta, sintió la cabeza pesada y la lengua como si fuera un guante de ante. Tardó unos instantes en orientarse; entre tanto, los golpecitos se repitieron y la ventana de la puerta se abrió desde fuera. Una cara ansiosa se asomó a ella: la de un anciano con barba en forma de hongo y ojos enloquecidos.
—Señora Jape —siseó—. Señora Jape. ¿Podemos hablar?
Se dirigió a la puerta y miró a través de la ventana. El aliento del anciano se componía de dos partes de oúzo añejo y una de aire fresco. Eso le impidió acercarse demasiado a la ventana, aunque el anciano le hacía señas para que lo hiciera.
—¿Quién es usted? —inquirió Vanessa, no sólo por pura curiosidad sino porque las facciones, bruñidas por el sol y duras como el cuero, le recordaban a alguien.
El hombre le lanzó una ligerísima mirada y repuso:
—Un admirador.
—¿Le conozco?
—Es demasiado joven —respondió, negando con la cabeza—. Pero yo la conozco a usted. La vi entrar. Quise advertírselo, pero no me dio tiempo.
—¿Usted también está aquí preso?
—Sí, digámoslo así. ¿Ha visto a Floyd?
—¿A quién?
—Escapó. Anteayer.
—Ah, Floyd era el hombre al que perseguían, ¿no? —dijo Vanessa, comenzando a enhebrar aquellas perlas sueltas.
—Exactamente. Logró escabullirse. Y al perseguirlo, los muy zoquetes se dejaron el portón abierto. En estos días la seguridad es espantosa… —Parecía genuinamente indignado por la situación—. Aunque no vaya a creer que no me alegro de que esté aquí. —Sus ojos reflejaban cierta desesperación, una pena que luchaba por mantener sumergida—. Oímos disparos. No lo alcanzaron, ¿verdad?
—Al menos no llegué a verlo —repuso Vanessa—. Fui a mirar, pero no encontré rastros…
—¡Aja! —exclamó el anciano, regocijándose—. Entonces, quizá haya logrado escapar.
A Vanessa ya se le había ocurrido que aquella conversación podía ser una trampa; que el anciano fuera víctima del engaño de su captor, y que aquél fuera otro modo de sonsacarle información. Pero su instinto le dijo lo contrario. El anciano la miraba con afecto, y su cara, que era la de un payaso maestro, parecía incapaz de fingir. Para bien o para mal, Vanessa confiaba en él. Le quedaban muy pocas alternativas.
—Ayúdeme a salir —le pidió—. Tengo que salir de aquí.
—¿Tan pronto? —dijo el anciano, con aire abatido—. Si acaba de llegar.
—No soy una ladrona. No me gusta que me encierren.
—Claro que no —repuso él, asintiendo con la cabeza, y recriminándose en silencio por su egoísmo—. Lo siento. Es que una mujer hermosa… —Se interrumpió, y volvió a hilar la frase—: Esto de hablar nunca ha sido mi fuerte…
—¿Está seguro de que no lo conozco de alguna parte? —preguntó Vanessa—. Su cara me resulta familiar.
—¿De veras? Eso es muy agradable. Aquí todos creemos que nos han olvidado.
—¿Todos?
—Hace tanto tiempo que nos raptaron… Muchos de nosotros acabábamos de comenzar nuestras investigaciones. Fue por eso por lo que Floyd huyó. Quería completar unos cuantos meses de trabajo decente antes del final. A veces yo siento lo mismo. —Puso fin a su melancólica sucesión de ideas y volvió a la pregunta de Vanessa—. Soy el profesor Harvey Gomm. Aunque últimamente no recuerdo de qué era profesor.
Gomm. Era un nombre singular, y le sonaba, pero de momento Vanessa no lograba identificar la melodía.
—¿No se acuerda? —inquirió él, mirándola directamente a los ojos.
Vanessa deseó mentirle, pero eso podría poner en su contra al anciano —la única voz cuerda que había encontrado allí— mucho más que la verdad.
—No…. no me acuerdo. ¿Y si me diera una pista? Antes de que lograra desvelarle otra parte del misterio, el anciano oyó voces.
—Ahora no puedo hablarle, señora Jape. —Llámeme Vanessa.
—¿Puedo? —se le iluminó el rostro ante la calidez de su magnanimidad—. Vanessa.
—¿Me ayudará?
—Lo mejor que pueda. Pero si me viera en compañía de otros…
—… Nunca nos hemos visto.
—Exactamente. Au revoir.
Cerró el panel de la puerta y Vanessa oyó sus pisadas alejarse por el corredor. Minutos más tarde, cuando llegó su guardián, un afable malhechor llamado Guillemot. portando una bandeja con té. Vanessa fue toda sonrisas.
Su explosión del día anterior había dado, al parecer, ciertos frutos. Esa mañana, después del desayuno, el señor Klein le hizo una breve visita y le informó que le permitirían salir a los jardines del lugar (acompañada de Guillemot). para que pudiera disfrutar del sol. Le suministraron una nueva muda de ropa, un poco grande para ella, pero de todos modos un alivio que le permitió desprenderse de las prendas sudadas que hacía más de veinticuatro horas que llevaba encima. Esta última concesión a su comodidad era, sin embargo, un consuelo de tontos. Aunque estaba encantada de llevar ropa interior limpia, el hecho de que le suministraran ropa sugería que el señor Klein no preveía soltarla pronto.
Intentó calcular cuánto tiempo pasaría antes de que el obtuso gerente de su hotel se diera cuenta de que no iba a volver. Y en ese caso, ¿qué haría? Tal vez ya hubiera puesto sobre aviso a las autoridades; tal vez encontrarían el coche abandonado y seguirían su rastro hasta esa curiosa fortaleza. Con respecto a este último punto, sus esperanzas se esfumaron esa misma mañana, durante el paseo. El coche se encontraba estacionado en el recinto circundado de laureles, junto al portón, y a juzgar por las copiosas bendiciones derramadas sobre él por las palomas, había estado allí toda la noche. Sus captores no eran tontos. Tal vez tendría que esperar hasta que en Inglaterra alguien se preocupara e intentara averiguar su paradero; entre tanto podía muy bien morirse de aburrimiento.
Las demás personas que había en aquel sitio habían encontrado ciertas diversiones que les impidieron trasponer el umbral de la locura. Esa mañana, mientras recorría junto a Guillemot los jardines, oyó claramente unas voces en un patio vecino. Una de esas voces era la de Gomm. Gritaban excitadas.
—¿Qué ocurre?
—Están jugando —repuso Guillemot.
—¿Podemos ir a ver? —preguntó Vanessa. como quien no quiere la cosa.
—No…
—Me gustan los juegos.
—¿De veras? Entonces jugaremos usted y yo, ¿eh?
No era la respuesta que esperaba, pero si insistía podía levantar sospechas.
—¿Por qué no? —contestó.
Ganarse la confianza de aquel hombre sólo podía resultarle beneficioso.
—¿Al póquer? —Nunca he jugado.
—Le enseñaré —repuso Guillemot.
Resultaba evidente que le seducía la idea. Del patio contiguo se elevó la algarabía de los jugadores. Parecía una especie de carrera, a juzgar por los gritos de aliento y la subsiguiente calma desinflada que se producía al alcanzar la meta. Guillemot la pescó escuchando.
—Ranas — le dijo —. Son carreras de ranas.
—Me preguntaba si…
Guillemot la miró casi con cariño y le dijo:
—Será mejor que no.
A pesar del consejo de Guillemot, una vez que centró su atención en el sonido de los juegos, no logró apartar de su cabeza la algarabía. Continuó durante toda la tarde, con aumentos y disminuciones. A veces se oían carcajadas repentinas, y con frecuencia, discusiones. Gomm y sus amigos se comportaban como niños por la forma en que reñían por un objetivo tan intrascendente como una carrera de ranas. Pero a falta de diversiones más edificantes, ¿acaso podía culparlos? Esa noche, cuando el rostro de Gomm se asomó a la ventana de la puerta, lo primero que le dijo fue:
—Esta mañana los oí en uno de los patios. Y también esta tarde. Al parecer, se lo estaban pasando en grande.
—Ah, los juegos —repuso Gomm—. Hemos tenido un día ocupado. Había muchas cosas que decidir.
—¿Cree que podría convencerlos para que me permitieran unirme a ustedes? Aquí dentro empiezo a aburrirme.
—Pobre Vanessa. Me gustaría poder ayudarla. Pero es prácticamente imposible. En esos momentos tenemos una avalancha de trabajo, especialmente a raíz de la huida de Floyd.
«¿Avalancha de trabajo? —pensó Vanessa—. ¿Por jugar a las carreras de ranas?» Temerosa de ofenderlo, no expresó su duda en voz alta.
—¿Qué ocurre aquí? No son ustedes criminales, ¿verdad?
—¿Criminales? —inquirió Gomm con aire ultrajado.
—Lo lamento…
—No, no. Comprendo por qué lo ha preguntado. Supongo que ha de parecerle extraño… eso de que estemos encerrados. Pero no somos criminales.
—¿Y qué son entonces? ¿Cuál es el secreto? Gomm inspiró profundamente antes de contestar. —Si se lo digo, ¿nos ayudará a salir de aquí? —¿Cómo?
—En su coche. Está en la parte de delante.
—Sí, ya lo vi…
—Si lográsemos llegar hasta él, ¿nos llevaría?
—¿Cuántos son?
—Cuatro. Ireniya, Mottershead, Goldberg y yo. Claro que Floyd andará por ahí fuera, en alguna parte, pero tendrá que cuidarse solo, ¿no?
—El coche es pequeño —le advirtió.
—Somos gente pequeña —replicó Gomm—. Con la edad uno se encoge, ya lo sabe usted, como la fruta seca. Y somos viejos. Entre todos, incluido Floyd, sumamos trescientos noventa y ocho años. Tanta amarga experiencia, y no por eso somos más sabios.
En el patio al que daba el cuarto de Vanessa se oyeron unos gritos repentinos. Gomm desapareció de la puerta, y volvió a reaparecer brevemente para murmurar:
—Lo han encontrado. Dios mío, lo han encontrado.
Dicho lo cual salió disparado.
Vanessa se dirigió a la ventana y espió por ella. No logró ver demasiado, pero lo poco que logró captar denotaba una agitada actividad: «las hermanas» iban de acá para allá.En el centro de la conmoción logró ver una pequeña figura, el fugado Floyd, no cabía duda, que forcejeaba entre dos guardas. Los días y las noches pasados a la intemperie parecían haberlo dejado maltrecho; tenía las facciones lánguidas y sucias, y la coronilla pelada despellejada por el exceso de sol. Vanessa oyó la voz del señor Klein elevarse por encima del ajetreo y lo vio entrar en escena. Se acercó a Floyd y procedió a reprenderlo sin piedad. Vanessa apenas lograba captar una de cada diez palabras, pero el asalto verbal no tardó en provocar el llanto del anciano. Se alejó de la ventana, rogando en silencio porque Klein se ahogara la próxima vez que comiese chocolate.Hasta ese momento, el tiempo transcurrido allí le había permitido coleccionar un curioso número de experiencias: un momento agradable (la sonrisa de Gomm, la pizza, el sonido de los juegos desarrollados en un patio parecido), y el siguiente (el interrogatorio, la provocación que acababa de presenciar) desagradable. Y aun así, distaba mucho de comprender qué función cumplía aquella cárcel, por qué sólo contaba con cinco reclusos (seis, si se incluía a sí misma) y por qué eran todos tan viejos, encogidos por los años, según le había dicho Gomm. Pero después de presenciar la humillación que Klein le infligiera a Floyd, Vanessa tuvo la certeza de que ningún secreto, por más apremiante que fuera, le impediría ayudar a Gomm en su lucha por conseguir la libertad.
😛 interesanteee!! xD