Una princesa de Marte

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 Creo que sería conveniente hacer algunos comentarios acerca de la interesante personalidad del Capitán Carter antes de dar a conocer la extraña historia que narra este libro.
El primer recuerdo que tengo de él es el de la época que pasó en la casa de mi padre en Virginia, antes del comienzo de la Guerra Civil. En ese entonces Yo tenía alrededor de cinco años, pero aún recuerdo a aquel hombre alto, morocho, atlético y buen mozo al que llamaba Tío Jack.

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Parecía estar siempre sonriente, y tomaba parte en los juegos infantiles con el mismo interés con el que participaba en los pasatiempos de los adultos; o podía estar, sentado horas entreteniendo a mi abuela con historias de sus extrañas y arriesgadas aventuras en distintas partes del mundo. Todos lo queríamos, y nuestros esclavos casi adoraban el suelo que pisaba.


Era mi espléndido exponente del género humano, de casi dos metros de alto, ancho de hombros, delgado de cintura y el porte de los hombres acostumbrados a la lucha. Sus facciones eran regulares y definidas; el cabello oscuro y cortado al ras, y sus ojos de un gris acerado reflejaban pasión, iniciativa y un carácter fuerte y leal. Sus modales eran perfectos y, su educación, la de un típico caballero sureño de la más noble estirpe.
Su habilidad para montar, en especial en las cacerías, era maravillosa aun en aquel país de magníficos jinetes. Varias veces le oí a mi padre amonestarlo por su excesivo arrojo, pero él solía sonreír y responderle que el caballo que le provocara una caída mortal todavía estaba por nacer.


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Cuando comenzó la guerra, se fue y no lo volvimos a ver durante unos quince o dieciséis años. Cuando regresó lo hizo sin aviso y me sorprendí mucho al notar que no había envejecido ni cambiado nada. En presencia de otros, era el mismo: alegre y ocurrente como siempre; pero lo he visto, cuando se creía solo, quedarse sentado horas y horas mirando el infinito con una expresión anhelante y desesperanzada. A la noche solía quedarse de la misma forma, escudriñando el cielo, buscando quién sabe qué secretos. Años más tarde, después de leer su manuscrito, descubrí cuáles eran.
Nos contó que había estado explorando en busca de minas en Arizona, después de la guerra. Era evidente que le había ido bien por la ilimitada cantidad de dinero que manejaba. Con respecto a los detalles de la vida que había llevado durante esos años, era muy reservado. Más aún, se negaba a hablar de ellos totalmente.


Permaneció con nosotros aproximadamente un año y luego partió hacia Nueva York, donde compró un pequeño campo sobre el río Hudson. Mi padre y yo teníamos una cadena de negocios que se extendía a lo largo de toda Virginia, de modo que yo solía visitarlo en su finca una vez al año, al hacer mi habitual viaje al mercado de Nueva York. Por aquel entonces el Capitán Carter tenía una cabaña pequeña pero muy bonita, ubicada en los riscos que daban al río. Durante una de mis últimas visitas, en el invierno de 1885, observé que estaba muy ocupado escribiendo algo. Ahora pienso que era el manuscrito que aquí presento.


Fue entonces cuando me dijo que si algo llegaba a pasarle esperaba que me hiciera cargo de sus bienes, y me dio la llave de un compartimiento secreto de la caja de seguridad que tenía en su estudio, diciéndome que podría encontrar allí su testamento y algunas instrucciones, que debía comprometerme a llevar a cabo con toda fidelidad.
Después de haberme retirado a mi habitación, por la noche, lo vi a través de mi ventana, parado a la luz de la luna, al borde del risco que daba al río, con sus brazos extendidos hacia el firmamento, en un gesto de súplica. En ese momento supuse que estaba rezando, a pesar de que nunca hubiera pensado que fuera tan creyente en el estricto sentido de la palabra.


Algunos meses más tarde, cuando ya había regresado a casa de mi última visita, el 10 de marzo de 1886 – creo – recibí un telegrama suyo en el que me pedía que fuera a verlo enseguida. Fui siempre su preferido entre los más jóvenes de los Carter y por lo tanto no dudé un instante en cumplir sus deseos.


Llegué a la pequeña estación, que quedaba más o menos a dos kilómetros de sus tierras, la mañana del 4 de marzo de 1886, y cuando le pedí al conductor que me llevara a casa del Capitán Carter me dijo que, si era amigo suyo, tenía malas noticias para mí: el cuidador de la finca lindera había encontrado muerto al Capitán, poco después del amanecer.
Por algún motivo, esta noticia no me sorprendió, pero me apresuré a llegar a su casa para hacerme cargo de su entierro y sus asuntos.
Encontré al cuidador que había descubierto su cadáver, junto con la policía local y varias personas del lugar, reunidos en el pequeño estudio del Capitán. El cuidador estaba relatando los detalles del hallazgo, diciendo que el cuerpo todavía estaba caliente cuando lo encontró. Yacía cuan largo era en la nieve, con los brazos extendidos sobre su cabeza hacia el borde del risco, y cuando me señaló el sitio donde lo había encontrado recordé que era exactamente el mismo donde yo lo había visto aquellas noches, con sus brazos tendidos en súplica hacia el cielo.
No había rastros de violencia en su cuerpo, y con la ayuda de un médico local, el médico forense llegó a la conclusión de que había muerto de un síncope cardíaco.
Cuando quedé solo en el estudio, abrí la caja fuerte y retiré el contenido del compartimiento donde me había indicado que podría encontrar las instrucciones. Eran por cierto algo extrañas, pero traté de seguirlas lo más precisamente posible.
Me indicaba que su cuerpo debía ser llevado a Virginia sin embalsamar, y debía ser depositado en un ataúd abierto, dentro de una tumba que él había hecho construir previamente y que, como luego comprobé, estaba bien ventilada. En las instrucciones me recalcaba que controlara personalmente el cumplimiento fiel de sus instrucciones, aun en secreto si fuera necesario.
Había dejado su patrimonio de tal forma que yo recibiría la renta íntegra durante veinticinco años. Después de ese lapso, los bienes pasarían a mi poder. Sus últimas instrucciones con respecto al manuscrito eran que debía permanecer lacrado y sin leer por once años y que no debía darse a conocer su contenido hasta veintiún años después de su muerte.
Una característica extraña de su tumba, donde aún yace su cuerpo, es que la puerta está provista de una sola cerradura de resorte, enorme y bañada en oro, que sólo puede abrirse desde adentro.

EDGAR RICE BURROUGHS

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En las colinas de Arizona

Soy un hombre de edad muy avanzada, aunque no podría precisar cuántos años tengo. Posiblemente tenga cien, o tal vez más, pero no puedo afirmarlo con exactitud porque no envejecí como los demás hombres ni recuerdo niñez alguna. Hasta donde llega mi memoria, siempre tengo la imagen de un hombre de alrededor de treinta años. Mi apariencia actual es la misma que tenía a los cuarenta, o tal vez antes, y aun así siento que no podré seguir viviendo eternamente, que algún día moriré, como los demás, de esa muerte de la que no se regresa ni se resucita. No sé por qué le temo a la muerte, yo que he muerto dos veces y todavía estoy vivo, pero aún así le tengo el mismo pánico que le tienen los que nunca murieron. Es justamente a causa de ese terror que estoy plenamente convencido de mi mortalidad.
Por esa misma convicción me he decidido a escribir la historia de los momentos interesantes de mi vida y de mi muerte. No me es posible explicar los fenómenos, solamente puedo asentarlos aquí en la forma sencilla que puede hacerlo un simple aventurero. Esta es la crónica de los extraños sucesos que tuvieron lugar durante los diez años en que mi cuerpo permaneció sin ser descubierto en una cueva de Arizona.
Nunca relaté esta historia, ni ningún mortal verá este manuscrito hasta que yo haya pasado a la eternidad. Sé que ninguna mente humana puede creer lo que no le es posible comprobar, de modo que no es mi intención ser vilipendiado por la prensa, ni por el clero, ni por el público, ni ser considerado un embustero colosal cuando lo que estoy haciendo no es más que contar aquellas verdades que un día corroborará la ciencia.
Posiblemente las experiencias que recogí en Marte v los conocimientos que pueda exponer en esta crónica lleguen a ser útiles para la futura comprensión de los misterios que rodean nuestro planeta hermano. Misterios que aún subsisten para el lector, aunque ya no más para mí.
Mi nombre es John Carter, pero soy más conocido como Capitán Jack Carter, de Virginia. Al finalizar la Guerra Civil era dueño de varios cientos de miles de dólares en dinero confederado sin valor y del rango de Capitán de un ejército de caballería que ya no existía. Era empleado de un Estado que se había desvanecido junto con las esperanzas del Sur. Sin amos ni dinero y sin más razones por las que ejercer el único medio de subsistencia que conocía, que era combatir, decidí abrirme camino hacia el sudoeste y rehacer, buscando oro, la fortuna que había perdido.
Pasé alrededor de un año en la búsqueda junto con otro oficial confederado, el Capitán James K. Powell, de Richmond. Tuvimos mucha suerte, ya que hacia el final del invierno de 1866, después de muchas penurias y privaciones, localizamos la más importante veta de cuarzo, aurífero que jamás hubiésemos podido imaginar.
Powell, que era ingeniero especialista en minas, estableció que habíamos descubierto mineral por un valor superior al millón de dólares en el insignificante lapso de unos tres meses.
Como nuestro material era excesivamente rudimentario. decidimos que uno de nosotros regresara a la civilización, comprara la maquinaria necesaria y volviera con una cantidad suficiente de hombres para trabajar en la mina en forma adecuada.
Como Powell estaba familiarizado con la zona, así como con los requisitos mecánicos para trabajar la mina, decidimos que lo mejor sería que él hiciera el viaje.
El 3 de marzo de 1866 empezamos a cargar las provisiones de Powell en dos de nuestros burros. Después de despedirse montó a caballo y empezó su descenso hacia el valle a través del cual debería realizar la primera etapa del viaje.
La mañana en que Powell partió era diáfana y hermosa como la mayoría de las mañanas en Arizona. Pude verlos a él y a sus animalitos de carga siguiendo su camino hacia el valle. Durante toda la mañana pude verlos ocasionalmente cuando cruzaban una loma o cuando aparecían sobre una meseta plana. La última vez que lo vi a Powell fue alrededor de las tres de la tarde, cuando quedó envuelto en las sombras de las sierras del lado opuesto del valle.
Alrededor de media hora más tarde se me ocurrió mirar a través del valle y me sorprendí mucho al ver tres pequeños puntos en el lugar aproximado donde había visto por última vez a mi amigo y sus dos animales de carga. No acostumbro preocuparme en vano, pero cuanto más trataba de convencerme de que todo le iba bien a Powell, y que las manchas que había visto en su ruta eran antílopes o caballos salvajes, menos 'seguro me sentía.
Yo sabía que Powell estaba bien armado y, más aún, sabía que era un experimentado cazador de indios; pero yo también había vivido y luchado durante muchos años entre los sioux, en el norte, y sabía que las posibilidades de Powell eran pocas contra un grupo de apaches astutos. Finalmente no pude soportar más la ansiedad, y tomando mis dos revólveres Colt, una carabina y dos cinturones con cartuchos, preparé mi montura y comencé a seguir el camino que Powell había tomado esa mañana.
Apenas llegué a la parte comparativamente llana del valle, comencé a andar al galope, y continué así donde el camino me lo permitía, hasta que comenzó a ponerse el sol. De pronto descubrí el lugar donde otras huellas se unían a las de Powell: eran las de tres potros sin herradura que iban al galope.
Seguí el rastro rápidamente hasta que la oscuridad cada vez más densa me forzó a esperar a que la luz de la luna me diera la oportunidad de calcular si mi rumbo era acertado. Seguramente había imaginado peligros increíbles, como una comadre vieja e histérica, y cuando alcanzara a Powell nos reiríamos de buena gana de mis temores. Sin embargo, no soy propenso a la sensiblería, y el ser fiel al sentimiento del deber, adonde quiera que éste pudiera conducirme, había sido siempre una especie de fetichismo a lo largo de toda mi vida, de lo cual pueden dar cuenta los honores que me otorgaron tres repúblicas y las condecoraciones y amistad con que me honran un viejo y poderoso emperador y varios reyes de menor importancia, a cuyo servicio mi espada se tino en sangre más de una vez.
Alrededor de las nueve de la noche, la luna brillaba ya con suficiente intensidad como para continuar mi camino. No tuve ninguna dificultad en seguir el rastro al galope tendido y, en algunos lugares, al trote largo, hasta cerca de la medianoche En ese momento llegué a un arroyo donde era de prever que Powell acampara. Di con el lugar en forma inesperada, encontrándolo completamente desierto, sin una sola señal que indicara que alguien hubiese acampado allí hacía poco.
Me interesó el hecho de que las huellas de los otros jinetes, que para entonces estaba convencido de que estaban siguiendo a Powell, continuaban nuevamente detrás de éste, con un breve alto en el arroyo para tomar agua, y siempre a la misma velocidad que él.
Ahora estaba completamente seguro de que los que habían dejado esas huellas eran apaches y que querían capturarlo con vida por el mero y satánico placer de torturarlo. Por lo tanto dirigí mi caballo hacia adelante a paso más ligero: con la remota esperanza de alcanzarlo antes que los astutos pieles rojas que lo perseguían lo atacaran.
Mi imaginación no pudo ir más allá, ya que fue abruptamente interrumpida por el débil estampido de dos disparos a la distancia, mucho más adelante de donde yo me encontraba. Sabía que en ese momento Powell me necesitaba más que nunca e instantáneamente apreté el paso al máximo, galopando por la senda angosta y difícil de la montaña.
Avancé una milla o más sin volver a oír ruido alguno. En ese punto el camino desembocaba en una pequeña meseta abierta cerca de la cumbre del risco. Había atravesado por una cañada estrecha y sobresaliente antes de entrar en aquella meseta y lo que vieron mis ojos me llenó de consternación y desaliento.
El pequeño llano estaba cubierto de blancas carpas de indios y había más de quinientos guerreros pieles rojas alrededor de algo que se hallaba cerca del centro del campamento. Su atención estaba hasta tal extremo concentrada en ese punto que no se dieron cuenta de mi presencia, de modo que fácilmente podría haber vuelto al oscuro recoveco del desfiladero para emprender la huida sin riesgo alguno.
El hecho, sin embargo, de que este pensamiento no se me ocurriera hasta el otro día y actuara sin pensar me quita el derecho de aparecer como héroe, ya que lo hubiera sido en caso de haber medido los riesgos que el no ocultarme traía aparejados.
No creo tener pasta de héroe. En toda ocasión en que mi voluntad me puso frente a frente con la muerte, no recuerdo que haya habido ni una sola vez en la que un procedimiento distinto al puesto en práctica se me haya ocurrido en el mismo momento. Es evidente que mi personalidad está moldeada de tal forma que me fuerza subconscientemente al cumplimiento de mi deber, sin recurrir a razonamientos lentos y torpes. Sea como fuere, nunca me he lamentado de no poder recurrir a la cobardía.
En este caso, por supuesto, estaba completamente seguro de que el centro de atracción era Powell; pero aunque no sé si actué o pensé primero, lo cierto es que en un instante había desenfundado mis revólveres y estaba embistiendo contra el ejército entero dé guerreros, disparando sin cesar y gritando a todo pulmón.
Solo como estaba no podía haber usado mejor táctica, ya que los pieles rojas, convencidos por la inesperada sorpresa de que había al menos un regimiento entero cargando contra ellos, se dispersaron en todas direcciones en busca de sus arcos, flechas y rifles.
El espectáculo que me ofreció esa repentina retirada me llenó de recelo y de furia. Bajo los brillantes rayos de la luna de Arizona yacía Powell, su cuerpo totalmente perforado por las flechas de los apaches. No me cabía la menor duda de que estaba muerto, pero aun así habría de salvar su cuerpo de la mutilación a manos de los apaches con la misma premura que salvarlo de la muerte. Al llegar a su lado me incliné y tomándolo de sus cartucheras lo acomodé en las ancas de mi caballo.
Con un simple vistazo hacia atrás me convencí de que regresar por el camino por el que había llegado sería más peligroso que continuar a través de la meseta, de modo que, espoleando a mi pobre caballo, arremetí hacia la entrada del risco que podía distinguir del otro lado de la meseta.
Para ese entonces los indios ya habían descubierto que estaba solo y era perseguido por imprecaciones, flechas y disparos de rifle.
El hecho de que les resultara sumamente difícil hacer puntería con Otra cosa que no fueran imprecaciones – ya que solamente nos iluminaba la luz de la luna -, que hubieran sido sorprendidos por la forma inesperada y rápida de mi aparición y que yo fuera un blanco que se movía rápidamente, me salvó de varios disparos y me permitió llegar a la sombra de las peñas linderas antes que se pudiera organizar una persecución ordenada.
Estaba convencido de que mi caballo sabría orientarse mejor que yo en el camino que llevaba hacia el risco, y por lo tanto dejé que fuera él el que me guiara. De este modo entré en un risco que llevaba hacia la cima de la extensión y no en el paso que, esperaba, podría llevarme a salvo hacia el valle.
Es posible, sin embargo, que sea a esta equivocación a la cual le deba mi vida y las increíbles experiencias y aventuras en las que participé en los diez años siguientes.
La primera noción que tuve de que había tomado por un camino equivocado fue cuando percibí que los gritos de los salvajes que me perseguían se iban desvaneciendo de pronto, a la distancia, hacia mi izquierda.
Me di cuenta, entonces, de que habían pasado por la izquierda de la formación rocosa al borde de la meseta, a la derecha de la cual nos había llevado mi caballo.
Frené mi cabalgadura sobre un pequeño promontorio rocoso que daba sobre el camino y pude observar cómo el grupo de indios que me seguía desaparecía detrás de una colina cercana.
Sabía que los indios descubrirían de un momento a otro que habían equivocado el camino y que reiniciarían mi búsqueda por el camino exacto tan pronto como encontraran mis huellas.
No había hecho más que un pequeño trecho cuando lo que parecía ser un excelente camino se perfiló a la vuelta del frente de un inmenso risco. Era nivelado y bastante ancho y conducía hacia lo alto en la dirección que deseaba tomar. El risco se elevaba varios cientos de metros a mi derecha, y a mi izquierda había una pendiente que caía en la misma forma y casi a pico hacia la quebrada rocosa del pie. Había avanzado más o menos cien metros cuando una curva cerrada me condujo a la entrada de una cueva inmensa. La entrada era de alrededor de un metro y medio de alto y de más o menos el mismo ancho. El camino terminaba allí.
Ya era de mañana, y como una de las características más asombrosas de Arizona es que se hace de día sin un previo amanecer, casi sin darme cuenta me encontré a plena luz del día.
Luego de desmontar coloqué el cuerpo de Powell en el suelo, pero ni el más cuidadoso examen sirvió para revelar la menor chispa de vida. Traté de verter agua de mi cantimplora entre sus labios muertos, le lavé la cara, le froté las manos e hice todo lo posible por salvarlo durante casi una hora, negándome a creer que estaba muerto.
Sentía mucha simpatía por Powell, que era un hombre cabal en todo sentido, un distinguido caballero sureño, un amigo fiel y verdadero. Por eso, no sin sentir una profunda tristeza, concluí por abandonar mis pobres esfuerzos por resucitarlo.
Dejé el cuerpo de Powell donde yacía, en la saliente, y me deslicé dentro de la cueva para hacer un reconocimiento. Encontré un amplio espacio de casi treinta metros de diámetro y diez o quince de alto, con el suelo liso y aplanado y muchas otras evidencias de que 'en algún tiempo remoto había estado habitado. El fondo de la cueva se perdía en una sombra densa, de tal forma que no podía distinguir si había o no entradas a otros recintos.
Mientras proseguía mi reconocimiento comencé a sentir que me invadía una placentera somnolencia que atribuí a la fatiga causada por mi larga y extenuaste cabalgata y al resultado de la excitación de la lucha y la persecución. Me sentía relativamente seguro en mi actual escondite ya que sabía que un hombre solo podría defender el camino a la cueva contra un ejército entero.
De pronto me dominó un sueño tan profundo que apenas podía resistir el fuerte deseo de arrojarme al suelo de la cueva para descansar un rato; pero sabía que no podía hacerlo ni siquiera un instante, ya que eso podía desembocar en mi muerte a manos de mis amigos pieles rojas que podían caer sobre mí en cualquier momento. En un esfuerzo traté de dirigirme hacia la entrada de la cueva, pero sólo logré mantenerme tambaleando como un borracho contra una de las paredes de la cueva, para luego caer pesadamente al suelo.

2
La huida de la muerte

Una deliciosa sensación de modorra me invadió relajando mis músculos, y ya estaba a punto de abandonarme a mis deseos de dormir cuando llegó hasta mí el sonido de caballos que se aproximaban. Intenté incorporarme de un salto, pero con horror descubrí que mis músculos no respondían a mi voluntad.
Ya estaba completamente despabilado, pero tan imposibilitado de mover un músculo como si me hubiera vuelto de piedra. No fue sino en ese momento cuando advertí que un imperceptible vapor estaba llenando la cueva. Era extremada mente tenue y solamente visible a través de la luz que penetraba por la boca de ésta.
También, llegó hasta mí un indefinible olor picante y lo único que pude pensar fue que había sido afectado por algún gas venenoso, pero no podía 'comprender por qué mantenía mis facultades mentales y aun así no podía moverme.
Estaba tendido mirando hacia la entrada de la caverna, desde donde podía observar la pequeña parte de camino que se extendía entre ésta y la curva del risco que conducía a ella. El ruido de caballos que se aproximaban había cesado. Juzgué entonces que los indios se estarían deslizando cautelosamente hacia la cueva a lo largo de la pequeña saliente que conducía a mi tumba en vida. Recuerdo mi esperanza de que terminaran pronto conmigo, ya que no me era precisamente agradable la idea de las innumerables cosas que podrían hacerme si su espíritu los instigaba a ello.
No tuve que esperar mucho para que un ruido furtivo me avisara de su cercanía. En ese momento apareció detrás del lomo del desfiladero un penacho de guerra y una cara pintada a rayas. Unos ojos salvajes se clavaron en los míos. Estaba seguro de que me había visto ya que el sol de la mañana me daba de lleno a través de la entrada de la cueva.
El indio, en lugar de acercarse, simplemente me contempló desde donde estaba, sus ojos desorbitados y su mandíbula desencajada. Entonces apareció otro rostro de salvaje y luego un tercero y un cuarto y un quinto, estirando sus cuellos sobre el hombro de sus compañeros. Cada rostro era el retrato del temor y del pánico. No sabía por qué ni lo supe hasta diez años más tarde. Era evidente que había más indios detrás de los que podía ver, por el hecho de que estos últimos les susurraban algo a los de atrás.
De pronto brotó un sonido bajo pero peculiarmente lastimero del hueco de la cueva que estaba detrás de mí. No bien los indios lo oyeron, huyeron despavoridos, aguijoneados por el pánico. Tan desesperados eran sus esfuerzos por escapar de lo que no podían ver, que uno de ellos cayó del risco de cabeza contra las 'rocas de abajo. Sus gritos salvajes sonaron en el cañón por un momento y luego todo quedó otra vez en silencio.
El ruido que los había asustado no se repitió, pero había sido suficiente para llevarme a pensar en el posible horror que a mis espaldas acechaba en las sombras. El miedo es algo relativo, por lo tanto solamente puedo comparar mis sentimientos en ese momento con los que había experimentado en otras situaciones de peligro por las que había atravesado, pero sin avergonzarme puedo afirmar que si las sensaciones que soporté en los breves segundos que siguieron fueron de miedo, entonces puede Dios asistir al cobarde, ya que seguramente la cobardía es en sí un castigo.
Encontrarse paralizado con la espalda vuelta hacia algún peligro tan horrible y desconocido cuyo ruido hacía que los feroces guerreros apaches huyeran en violenta estampida, como un rebaño de ovejas huiría despavorido de una jauría de lobos, me parece lo más espantoso en situaciones temibles para un hombre que ha estado siempre acostumbrado a pelear por su vida con toda la energía de su poderoso físico.
Varías veces me pareció oír tenues sonidos detrás de mí, como de alguien que se moviese cautelosamente, pero finalmente también éstos cesaron y fui abandonado a la contemplación de mi propia posición sin ninguna interrupción. No pude más que conjeturar vagamente la razón de mi parálisis y mi único deseo era que pudiera desaparecer con la misma celeridad con que me había atacado.
Avanzada la tarde, mi caballo, que había estado con las riendas sueltas delante de la cueva, comenzó a bajar lentamente por el camino, evidentemente en busca de agua y comida, y yo quedé completamente solo con el misterioso y desconocido acompañante y el cuerpo de mi amigo muerto que yacía en el límite de mi campo visual, en el borde donde esa mañana lo había colocado.
Desde ese momento hasta cerca de la medianoche todo estuvo en silencio, un silencio de muerte. En ese instante, súbitamente, el horrible quejido de la mañana sonó en forma espantosa y volvió a oírse en las oscuras sombras el sonido de algo que se movía y un tenue crujido como de hojas secas. La impresión que recibió mi ya sobreexcitado sistema nervioso fue extremadamente terrible, y con un esfuerzo sobrehumano luché por romper mis invisibles ataduras.
Era un esfuerzo mental, de la voluntad, de los nervios, pero no muscular, ya que no podía mover ni siquiera un dedo.
Entonces algo cedió – fue una sensación momentánea de náuseas, un agudo golpe seco como el chasquido de un alambre de acero – y me vi de pie con la espalda contra la pared de la cueva, enfrentando a mi adversario desconocido.
En ese momento la luz de la luna inundó la cueva y allí, delante de mí, yacía mi propio cuerpo en la misma posición en que había estado tendido todo el tiempo, con los ojos fijos en el borde de la entrada de la cueva y las manos descansando relajadamente sobre el suelo. Miré primero mi figura sin vida tendida en el suelo de la cueva y después me miré yo mismo con total desconcierto, ya que allí yacía vestido y yo estaba completamente desnudo como cuando vine al mundo.
La transición había sido tan rápida y tan inesperada que por un momento me hizo olvidar de todo lo que no fuera mi metamorfosis. Mi primer pensamiento fue: ¡entonces esto es la muerte! ¿Habré pasado entonces para siempre al otro mundo? Sin embargo, no podía convencerme del todo, ya que podía sentir mi corazón golpeando sobre mis costillas por el gran esfuerzo que había realizado para librarme de la inmovilidad que me había invadido. Mi respiración se tornaba entrecortada. De cada poro de mi cuerpo brotaba una transpiración helada, y el conocido experimento del pellizco me reveló que yo era mucho más que un fantasma. De pronto mi atención volvió a ser atraída por la repetición del horripilante quejido de las profundidades de la cueva. Desnudo y desarmado como estaba, no tenía la más mínima intención de enfrentarme a esa fuerza desconocida que me amenazaba.
Mis revólveres estaban en las fundas de mi cadáver y por alguna razón inescrutable no podía acercarme para tomarlos. Mi carabina estaba en su funda, atada a mi montura, y como mi caballo se había ido, me hallaba abandonado sin medios de defensa. La única alternativa que me quedaba parecía ser la fuga, pero mi decisión fue abruptamente cortada por la repetición del sonido chirriante de lo que ahora parecía, en la oscuridad de la cueva y para mi imaginación distorsionada, estar deslizándose cautelosamente hacia mí.
Como ya me era imposible resistir un minuto más la tentación de escapar de ese lugar horrible, salté a través de la entrada con toda rapidez hacia afuera.
El aire vivificante y fresco de la montaña, fuera de la cueva, actuó como un tónico de acción inmediata y sentí que dentro de mí nacían una nueva vida y un nuevo coraje. Parado en el borde de la saliente me eché en cara yo mismo mi actitud por lo que ahora me parecía una aprensión absolutamente injustificable.
Poniéndome a razonar me di cuenta de que había estado tirado totalmente desvalido durante muchas horas dentro de la cueva; es más, nada me había molestado y la mejor conclusión a. la que pude llegar razonando clara y lógicamente fue que los ruidos que había oído habían sido producidos por causas puramente naturales e inofensivas. Probablemente la conformación de la cueva fuese tal que apenas una suave brisa hubiese causado ese extraño ruido.
Decidí investigar, pero primero levanté mi cabeza para llenar mis pulmones con el puro y vigorizante aire nocturno de la montaña. En el momento de hacerlo, vi extenderse muy, pero muy abajo, la hermosa vista de la garganta rocosa, y al mismo nivel, la llanura tachonada de cactos transformada por la luz de la luna en un milagro de delicado esplendor y maravilloso encanto.
Pocas maravillas del Oeste pueden inspirar más que las bellezas de un paisaje de Arizona bañado por la luz de la luna: las montañas plateadas a la distancia, las extrañas sombras alternadas con luces sobre las lomas y arroyos, y los detalles grotescos de las formas tiesas pero aun hermosas de los cactos conforman un cuadro encantador y al mismo tiempo inspirador, como si uno estuviera viendo por primera vez algún mundo muerto y olvidado. Así de diferente es esto del aspecto de cualquier otro lugar de nuestra tierra.
Mientras estaba así meditando, dejé de mirar el paisaje para observar el cielo, donde millares de estrellas formaban una capa suntuosa y digna de los milagros terrestres que cobijaban. Mi atención fue de pronto atraída por una gran estrella roja sobre el lejano horizonte. Cuando fijé mi vista sobre ella me sentí hechizado por una fascinación más que poderosa. Era Marte, el dios de la Guerra, que para mí, que había vivido luchando, siempre había tenido un encanto irresistible. Mientras lo miraba, aquella noche lejana, parecía llamarme a través del misterioso vacío de la oscuridad para inducir me hacia él, para atraerme como un imán atrae una partícula de hierro. Mis ansias eran superiores a mis fuerzas de oposición. Cerré los ojos, alargué mis brazos hacia el dios de mi devoción y me sentí transportado con la rapidez de un pensamiento a través de la insondable inmensidad del espacio.
Hubo un instante de frío extremo y total oscuridad.
 

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