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Recordaba mucho de su estancia en la matriz.
Mientras estaba allí, empezó a darse cuenta de los sonidos y de los sabores. No significaban nada para él, pero los recordaba. Y, cuando volvían a presentarse, se daba cuenta de que ya le eran conocidos.
Cuando algo lo tocó, supo que era algo nuevo…, una nueva experiencia. El contacto le sobresaltó al principio, luego le resultó reconfortante. Penetraba sin dolor en su piel y lo calmaba. Cuando se retiró, se sintió privado de algo, solo por primera vez. Cuando regresó, se sintió complacido…, otra sensación nueva. Cuando hubo experimentado algunos de estos abandonos y regresos, aprendió a sentir expectación.
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No aprendió lo que era el dolor hasta que fue hora de que naciera…
Podía sentir y saborear los cambios que se sucedían en su derredor: el lento girar de su cuerpo; luego el repentino empujón, con la cabeza por delante; la compresión, primero en la cabeza, luego gradualmente a lo largo de todo su cuerpo. Le dolía de un modo sordo, como lejano.
Y, sin embargo, no tenía miedo. Esos cambios eran los adecuados. Y era la hora en que debían producirse. Su cuerpo estaba preparado. Era impulsado en su camino por impulsos regulares, y reconfortado, de tanto en tanto, por el contacto de su familiar compañero.
¡Se hizo la luz!
Al principio, la visión fue un destello cegador de sobresalto y dolor. No podía escapar a la luz. Se hizo más brillante y dolorosa, alcanzando el máximo cuando cesó la compresión. Ninguna parte de su cuerpo estaba libre del punzante y crudo brillo. Luego lo recordaría como calor, como quemadura.
Se enfrió bruscamente.
Algo hizo cambiar la luz. Aún podía ver, pero el ver ya no era doloroso. Su cuerpo fue frotado suavemente, mientras yacía sumergido en algo blando y confortable. No le gustaba aquel frotar. Hacía que la luz pareciese parpadear y desvanecerse, tras lo que volvía de golpe la visibilidad. Pero era la presencia familiar la que le tocaba, le sostenía. Permanecía con él, y le ayudaba a soportar sin miedo el frote.
Estaba envuelto en algo que le tocaba por todas partes, menos en el rostro. No le gustaba el tacto pesado que tenía, pero amortiguaba la luz y no le hacía daño.
Algo tocó un lado de su rostro, y se volvió, con la boca abierta, para tomarlo. Su cuerpo sabía lo que debía hacer. Chupó, y fue recompensado con alimento y con el sabor de un cuerpo que le era tan familiar como el suyo propio. Por un tiempo, incluso supuso que era el suyo…, siempre había estado con él. Podía oír voces, incluso podía distinguir sonidos individuales, aunque no comprendía ninguno de ellos. Atraían su atención, su curiosidad. También recordaría aquello, cuando fuera mayor y pudiera comprenderlos. Pero le gustaban las suaves voces, aun sin saber lo que eran.
—Es hermoso —decía una de las voces—. Parece completamente humano.
—Algunas de sus características son sólo cosméticas, Lilith. Incluso ahora, sus sentidos están más dispersos por todo su cuerpo de lo que lo están los tuyos. Es… menos humano que tus hijas.
—Supuse que así sería. Sé que tu pueblo aún está preocupado por los machos nacidos de humanas.
—Eran un problema no resuelto. Creo que ya lo hemos solucionado.
—Pero, ¿sus sentidos están bien?
—Naturalmente.
—Supongo que eso es lo único que puedo esperar. —Un suspiro—. ¿Debo darte las gracias por proporcionarle este aspecto…, por hacerlo parecer humano, para que así pueda amarlo… al menos durante un tiempo?
—Nunca antes me has dado las gracias.
—…No.
—Y creo que aún sigues amándolos, incluso cuando cambian.
—No pueden evitar ser lo que son…, lo que se han convertido. ¿Estás seguro de que todo lo demás está también bien? ¿Todas las piezas desparejas de que se compone se acoplan lo mejor que pueden?
—Nada en él es desparejo. Y es muy sano. Tendrá una larga vida, y será lo bastante fuerte como para poder soportar todo lo que deba soportar.
2
Él era Akin.
Cuando se producía este sonido, había cosas que le tocaban. Le reconfortaban o le daban comida, o lo alzaban y le enseñaban. Le era dada comprensión, cuerpo a cuerpo. Aprendió a percibirse a sí mismo como él mismo…, algo individual, definido, separado de todos los contactos y los olores, de todos los sabores, visiones y sonidos que llegaban hasta él. Era Akin.
Y, sin embargo, llegó a saber que también era parte de la gente que le tocaba…, que, dentro de ellos, podía hallar fragmentos de sí mismo. Era él mismo, y también era esos otros.
Aprendió, rápidamente, a distinguirlos por su sabor y su tacto. Le llevó más el reconocerlos por la vista y el olfato; pero, para él, el sabor y el tacto eran casi una única sensación. Ambas le habían sido familiares desde hacía mucho.
Desde su nacimiento había escuchado diferentes voces. Ahora empezó a asignar identidades a esas diferencias. Cuando, a unos pocos días de su nacimiento, había aprendido su propio nombre, y era capaz de decirlo en voz alta, los otros le enseñaron sus nombres. Los repetían cuando veían que habían conseguido su atención. Le dejaban ver sus bocas formando las palabras. Aprendió rápidamente que cada uno de ellos podía ser llamado por un grupo de dos sonidos, juntos o por separado.
Nikanj Ooan, Lilith Mamá, Ahajas Ty, Dichaan Ishliin…, y el que nunca se le acercaba, a pesar de que Nikanj Ooan le había enseñado su tacto, sabor y olor. Lilith Mamá le había enseñado una impresión visual, y él la había estudiado con todos sus sentidos: Joseph Papá.
Llamó a Joseph Papá y, en lugar de él, llegó Nikanj Ooan y le enseñó que Joseph Papá estaba muerto. Muerto. Terminado. Ido para nunca volver. Y, sin embargo, había sido parte de Akin, y Akin debía conocerlo, como conocía a sus padres vivos.
Akin tenía dos meses de edad cuando empezó a construir frases simples. No le bastaba con ser alzado en brazos y que le enseñasen.
—Va más deprisa que la mayoría de mis chicas —comentó Lilith, mientras lo colocaba contra su costado y le dejaba beber.
Podría haberle resultado difícil aprender de su piel lisa, que en nada le ayudaba, de no ser porque le resultaba tan familiar como la suya propia…, y superficialmente era como la suya propia. Nikanj Ooan le había enseñado a usar su lengua, el menos humano de sus órganos visibles, para estudiar a Lilith mientras ésta lo alimentaba. A lo largo de muchas alimentaciones, probó tanto su leche como su piel. Era una avalancha de sabores y de texturas: leche dulce, piel salada, suave en algunas partes, rugosa en otras. Se concentró en uno de los lugares suaves, enfocando toda su atención en estudiarlo, percibiéndolo en profundidad, minuciosamente. Captó las muchas células de su piel, vivas y muertas. La piel de ella le enseñó lo que significaba estar muerto. Su capa externa, muerta, contrastaba tremendamente con lo que podía percibir de la carne viva que había debajo. La lengua de él era tan larga, sensible y maleable como los tentáculos sensoriales de Ahajas y Dichaan. Lanzó un filamento de la misma al interior del tejido del pezón de ella. La primera vez que había intentado aquello le había hecho daño, y el dolor había sido canalizado hacia él a través de su lengua. El dolor había sido tan agudo y anonadante que se había retirado, llorando y gimiendo.
Se negó a dejarse reconfortar hasta que Nikanj le enseñó a sondear sin causar daño.
—Fue —había comentado Lilith— como si te clavaran una aguja ardiente y despuntada.
—No lo volverá a hacer —le había prometido Nikanj.
Akin no lo había vuelto a hacer. Y había aprendido una lección importante: que compartiría cualquier dolor que causase. Por consiguiente, era mejor no ocasionar dolor alguno. Pasarían meses antes de que supiese lo inusual que era, para un bebé, el reconocer el dolor en otra persona y el reconocerse a sí mismo como la causa de ese dolor.
Ahora percibió, a través del filamento de carne que había extendido al interior de Lilith, zonas de células vivas. Se enfocó en unas pocas de esas células, en una única célula, en partes de dicha célula, en su núcleo, en los cromosomas del interior de este núcleo, en los genes que había en los cromosomas. Investigó el ADN que constituía los genes, los nucleótidos de ese ADN. Había algo, más allá de los nucleótidos, que no acertaba a percibir…, un mundo de partículas más pequeñas cuyo límite no podía cruzar. No entendía por qué no podía dar este último paso…, si es que era el último. Le frustraba el que algo se hallase más allá de su percepción. Sólo sabía de él a través de sensaciones oscuras, intangibles. Cuando se hizo mayor llegó a pensar en aquello como en un horizonte: siempre alejándose cuando se acercaba a él.
Pasó su atención de la frustración de lo que no podía percibir a la fascinación de lo que sí podía. La carne de Lilith era mucho más excitante que la de Nikanj, Ahajas y Dichaan. Había algo equivocado en ella…, algo que no entendía. Era al mismo tiempo aterrador y seductor. Le decía que Lilith era peligrosa, a pesar de que también era esencial. Nikanj era interesante, pero no peligroso. Ahajas y Dichaan eran tan parecidos que tenía que esforzarse para percibir diferencias entre ellos. En algunos aspectos, Joseph había sido como Lilith: mortífero e impositivo. Pero no había sido tan parecido a Lilith como Ahajas lo era a Dichaan. De hecho, aunque si bien estaba claro que, al igual que Lilith, era humano y nativo de este lugar, de esta Tierra, no había sido pariente de Lilith. Ahajas y Dichaan eran hermanos, como lo eran la mayoría de los componentes masculino y femenino de los tríos matrimoniales oankali. Joseph no estaba relacionado con ella, como también era el caso de Nikanj…, pero, aunque Nikanj era un oankali, también era un ooloi, ni hombre ni mujer, un neutro. Se suponía que los ooloi no debían de ser familiares de sus cónyuges hembra y macho, para que así pudieran enfocar su atención en las diferencias genéticas de dichos cónyuges, y así poder construir sus hijos sin cometer errores peligrosos, debidos a una excesiva familiaridad y a un exceso de confianza.
—Ten cuidado —le oyó decir a Nikanj—. Te está estudiando otra vez.
—Lo sé —contestó Lilith—. A veces me gustaría que se limitase a mamar, como los bebés humanos.
Lilith frotó la espalda de Akin, y el centelleo de luz por entre y alrededor de los dedos de ella le hizo perder al bebé su concentración. Apartó su carne de la de ella, luego le soltó el pezón y la miró. Ella cerró la ropa por sobre de su pecho, pero siguió sosteniéndolo en su regazo. Siempre agradecía el que la gente lo tuviese en brazos mientras hablaban entre ellos, permitiéndole escuchar. Ya había aprendido de ellos más palabras de las que había tenido oportunidad de emplear. Coleccionaba palabras y, gradualmente, las reunía en preguntas. Cuando sus preguntas eran contestadas, recordaba todo lo que le decían. Su imagen del mundo crecía.
—Al menos no es más fuerte o más rápido en su desarrollo físico que los otros bebés —comentó Lilith—. A excepción de sus dientes.
—No es el primer caso de un bebé que ha nacido con todos sus dientes —le indicó Nikanj—. En lo físico, parecerá tener su edad humana hasta la metamorfosis. Pero tendrá que usar bien la cabeza para salirse de cualquier problema que le ocasione su precocidad.
—Con algunos humanos eso le servirá de bien poco. Sentirán resentimiento hacia él, porque no es completamente humano y, en cambio, parece más humano que sus hijos. Lo odiarán por tener una edad mental superior a la que aparentará físicamente. Lo odiarán porque a ellos no les ha sido permitido tener hijos varones. Tu pueblo ha hecho que los niños varones con aspecto humano sean un bien muy escaso.
—Ahora permitiremos más. Todo el mundo se siente más seguro respecto a como mezclarlos. Antes, demasiados ooloi no sabían percibir la mezcla necesaria. Podrían haber cometido errores, y sus errores podrían haber dado como resultado monstruos.
—La mayoría de los humanos piensan que, precisamente, son monstruos lo que habéis estado creando.
—¿Y tú? ¿Aún lo crees?
Silencio.
—Puedes estar contenta, Lilith. Un grupo de los nuestros creía que lo mejor sería eliminar del todo a los machos nacidos de humana. Que podríamos construir niñas para las mujeres humanas y niños para las mujeres oankali. Y es lo que hemos estado haciendo hasta ahora.
—Y quedado mal con todos: Ahajas quiere hijas y yo quiero hijos. Y no somos las únicas.
—Lo sé. Y controlamos a los niños, en modos que no deberíamos, para hacerlos madurar como hombres nacidos de oankali y mujeres nacidas de humano. Controlamos inclinaciones que deberían ser dejadas al libre albedrío de cada uno de los niños. Incluso el grupo que sugirió que tomásemos este camino sabe que esto es algo que no debemos hacer. Pero tenían miedo. Un macho que es lo bastante humano como para nacer de una hembra humana podría ser un peligro para todos nosotros. Y, sin embargo, debemos de intentarlo. Aprenderemos de Akin.
Akin sintió como Lilith lo apretaba más contra ella.
—¿Por qué lo consideras tanto como un experimento? —exigió saber—. ¿Y por qué tendrían que ser tanto problema los hombres nacidos de humana? Sé que a la mayoría de los hombres de antes de la guerra no les gustáis. Tienen la sensación de que los estáis desplazando y obligándoles a hacer algo pervertido. Y, desde su punto de vista, tienen razón. Pero podríais enseñar a la siguiente generación a amaros, sin importar quién sea su madre. Todo lo que tenéis que hacer es empezar lo antes posible. Indoctrinarlos antes de que sean lo bastante mayores como para desarrollar sus propias opiniones.
—Pero… —dudó Nikanj—. Pero si tuviésemos que trabajar de una forma tan ciega, tan burda, no podríamos realizar un buen intercambio comercial. Tendríamos que arrebataros vuestros hijos, justo después de que naciesen. No podríamos confiar en vosotros para criarlos de un modo adecuado. Sólo os tendríamos para engendrarlos…, como los animales sin inteligencia.
Silencio. Un suspiro.
— ¡Dices unas cosas tan horribles con una voz tan amable! No, calla, ya sé que es la única voz que tienes. Dime, Nika, ¿sobrevivirá Akin a los machos humanos que van a odiarlo?
—No lo odiarán.
—¡Claro que sí! No es humano… Las mujeres no-humanas les resultan ofensivas, pero normalmente no tratan de hacerlas daño, e incluso se acuestan con ellas…, como un racista que se va a la cama con una mujer de otra raza. Pero Akin… lo van a ver como una amenaza. ¡Diablos, es una amenaza! ¡Es uno de los que van a reemplazarlos!
—No lo odiarán, Lilith.
Akin se sintió alzado de los brazos de Lilith y abrazado fuertemente contra Nikanj. Jadeó ante el encantador sobresalto del contacto con los tentáculos sensoriales de Nikanj, muchos de los cuales lo sostenían, mientras otros horadaban sin dolor en su carne. ¡Era tan fácil conectar con Nikanj y aprender!
—Lo verán tan hermoso como se ven ellos mismos —afirmó Nikanj—. Y, para cuando sea lo bastante mayor como para que su cuerpo revele lo que realmente es, ya será un adulto capaz de cuidar de sí mismo.
—¿Capaz de luchar?
—Sólo para salvar su vida. Tenderá a evitar las peleas. Será como ya son los machos nacidos de oankali: un solitario que anda errante, cuando no está apareado.
—¿No formará una relación estable con nadie?
—No. La mayoría de los machos humanos no son especialmente monógamos. Tampoco lo serán los machos construidos por nosotros.
—Pero…
—Las familias cambiarán, Lilith…, están cambiando ya. Una familia formada totalmente de construidos estará constituida por una hembra, un ooloi y los niños. Los machos irán y vendrán según deseen y según sean bienvenidos.
—Pero no tendrán hogares.
—Un hogar como este nuestro sería para ellos una prisión. Tendrán lo que deseen, lo que necesiten.
—¿La posibilidad de ser padres de sus hijos?
Nikanj hizo una pausa.
—Quizás elijan mantener el contacto con sus hijos. No vivirán con ellos permanentemente…, y ningún construido, macho o hembra, joven o viejo, considerará esto como una privación. Para ellos será normal, y tendrá un propósito, ya que siempre habrá más mujeres y ooloi que hombres. —Hizo resonar sus tentáculos corporales y craneales—. El comercio significa cambio. Los cuerpos cambian. Los modos de vida deben cambiar. ¿O es que creíste que tus hijos sólo parecerían diferentes?
3
Akin pasaba alguna parte del día con cada uno de sus padres. Lilith le alimentaba y le enseñaba. Los otros sólo le enseñaban, pero iba ansioso con cada uno de ellos. Habitualmente, Ahajas lo tenía en brazos después de Lilith.
Ahajas era alta y ancha. Lo sostenía sin parecer darse cuenta de su peso. Nunca notaba cansancio en ella. Y sabía que disfrutaba llevándole en brazos. Podía notar placer en el momento en que ella hundía en él los filamentos de sus tentáculos sensoriales. Ella fue la primera persona capaz de llegarle, de este modo, con algo más que simples emociones. Ella fue la primera en darle imágenes multisensoriales y señales con presiones, y en ayudarle a comprender que le estaba hablando sin palabras. A medida que fue creciendo, se dio cuenta de que Nikanj y Dichaan también lo hacían. Nikanj lo había hecho ya antes de que naciese, pero él no lo había comprendido. Ahajas había logrado el contacto y le había enseñado con rapidez. A través de las imágenes que creaba para él se enteró del niño que crecía dentro de ella. Le dio imágenes del mismo e incluso consiguió darle al no nacido imágenes de Akin. Tenía varias presencias: todos sus padres, excepto Lilith. Y le tenía a él. Era un compañero de camada.
Sabía que él, cuando creciera, sería un macho. Entendía lo de macho, hembra y ooloi. Y sabía que, debido a que él sería macho, el no nacido, que iniciaría su vida pareciendo mucho menos humano que él, acabaría convirtiéndose en una hembra. Había en esto un equilibrio, una naturalidad que le complacía. Tendría una hermana con la que crecer juntos…, una hermana, pero no un compañero de camada ooloi. ¿Por qué? Se preguntó si el niño que había dentro de Ahajas no acabaría por convertirse en un ooloi, pero tanto Ahajas como Nikanj le aseguraron que no. No le decían cómo lo sabían. De modo que su compañero de camada se convertiría en una hermana. Tardaría años en desarrollarse sexualmente, pero ya pensaba en «ella».
Habitualmente, Dichaan lo tomaba una vez que Ahajas lo había devuelto a Lilith y ésta le había alimentado. Dichaan le enseñaba cosas respecto a los otros.
En primer lugar estaban sus compañeros de camada mayores, algunos nacidos de Ahajas y que se iban haciendo más y más humanos, y otros nacidos de Lilith y que cada vez se hacían más oankali.. También estaban los hijos de los compañeros de camada mayores y, por fin, y eso le asustaba, estaba la gente sin relación familiar. Akin no podía comprender cómo algunos de los no relacionados eran más como Lilith de lo que lo había sido Joseph. Y ninguno de ellos era como Joseph.
Dichaan leyó la confusión no expresada de Akin.
—Las diferencias que percibes entre los humanos, entre grupos de humanos…, son el resultado del aislamiento y los matrimonios entre ellos mismos, la mutación y la adaptación a los distintos medios ambientes de la Tierra —le explicó, ilustrando cada concepto con múltiples y rápidas imágenes—. Joseph y Lilith nacieron en partes muy diferentes del mundo…, en pueblos separados desde hacía mucho. ¿Lo entiendes?
—¿Dónde están los que son como Joseph? —preguntó en voz alta Akin.
—Ahora hay poblados de ellos al suroeste. Se llaman chinos.
—Quiero verlos.
—Los verás. Cuando seas mayor podrás viajar. —Ignoró el estallido de frustración de Akin—. Y algún día te llevaré a la nave, y también podrás ver las diferencias que hay entre los oankali.
Le dio a Akin una imagen de la nave: una enorme esfera hecha con gigantescas placas (a pesar de lo cual aún seguían creciendo), como la concha de una tortuga. De hecho, se trataba de la concha exterior protectora de un ser vivo.
—Allí —le explicó Nikanj— verás a unos oankali que nunca vendrán a la Tierra ni comerciarán con los humanos. Por el momento, se ocupan de la nave en modos que requieren una forma física diferente.
Le dio una imagen, y Akin pensó que se parecía a un gusano.
Akin proyectó una silenciosa interrogación.
—Habla en voz alta —le dijo Dichaan.
—¿Es un niño? —preguntó Akin, pensando en los cambios que sufrían los gusanos.
—No, es un adulto. Tiene mayor tamaño que yo.
—¿Puede hablar?
—Mediante imágenes, con señales táctiles, bioeléctricas y bioluminiscentes, con las feromonas y mediante gestos. Puede gesticular con diez miembros a la vez. Pero sus órganos de la boca y la garganta no producen sonidos. Y es sordo: debe vivir en lugares en los que hay un tremendo volumen de sonido. Los padres de mis padres tenían esa forma.
Eso le pareció terrible a Akin: los oankali obligados a vivir bajo una fea forma, que ni siquiera les permitía oír o hablar.
—Como son les resulta tan natural a ellos como lo es para ti la forma que tienes —le explicó Dichaan—. Y están mucho más cercanos a la nave de lo que jamás podremos estarlo nosotros. Son sus compañeros, y conocen su cuerpo mejor de lo que tú conoces tu propio cuerpo. Cuando yo era un poco mayor que lo que tú eres ahora, quería ser uno de ellos. Me dejaron probar un poco de su relación con la nave.
—Enséñame.
—Aún no. Es una cosa demasiado fuerte. Te lo enseñaré cuando seas un poco mayor.
Todo iba a suceder cuando fuera mayor. ¡Tenía que esperar! Presa de frustración, Akin dejó de hablar. No podía evitar escuchar y recordar todo lo que decía Dichaan, pero no hablaría con él en muchos días.
Y, sin embargo, fue Dichaan quien empezó a dejarle al cuidado de sus hermanas mayores, permitiéndole comenzar a investigarlas. Su favorita entre ellas era Margit. Tenía seis años de edad…, demasiado pequeña para llevarle por mucho tiempo, pero se sentía contento de cabalgar a sus espaldas o sentarse en su regazo durante tanto tiempo como ella pudiera soportar sin sentirse molesta. Ella no tenía tentáculos sensoriales, como sus hermanas nacidas de oankali, pero tenía zonas de nódulos sensitivos que probablemente se convertirían en tentáculos cuando creciese. Podía sobreponer algunas de ellas a las áreas sensoriales, lisas e invisibles, de la piel de él, y entonces ambos podían intercambiar imágenes y emociones tanto como palabras. Ella podía enseñarle.
—Tienes que tener cuidado —le dijo ella, mientras lo llevaba al refugio de su casa familiar para resguardarse de la fuerte lluvia de una tarde—. La mayor parte de las veces tus ojos no siguen lo que está pasando. ¿Puedes ver con ellos?
Pensó al respecto.
—Puedo —dijo—, pero no lo hago siempre. A veces es más fácil ver con otras partes de mi cuerpo.
—Cuando seas mayor esperarán que vuelvas la cara y el cuerpo hacia la gente, cuando hables con ella. Incluso ahora deberías de mirar a los humanos con tus ojos. Si no lo haces, te gritan o te repiten las cosas, porque no están seguros de que les estés prestando atención. O empiezan a ignorarte, porque piensan que tú los estás ignorando a ellos.
—Nadie me hace eso a mí.
—Lo harán. Espera a pasar del estadio en que tratan de hablarte de un modo estúpido.
—¿Te refieres a eso de intentar hablarme como a un niño pequeño?
—¡Me refiero a como hablan los humanos, en general!
Silencio.
—No te preocupes —le dijo ella al cabo de un tiempo—. Es con ellos con quien estoy enfadada, no contigo.
—¿Por qué?
—Porque me culpan por no tener el mismo aspecto que ellos. No pueden evitarlo, y yo no puedo evitar el estar resentida por ello. No sé qué es peor…, los que se estremecen cuando los toco, o los que hacen ver que no pasa nada, pero se estremecen por dentro.
—¿Y cómo se siente Lilith al respecto? —preguntó Akin, porque ya sabía la respuesta.
—Por lo que a ella respecta, sería mejor que me pareciese a ti. Recuerdo que, cuando yo tenía tu edad, ella se preguntaba cómo iba a lograr encontrar un compañero, pero Nikanj le dijo que, para cuando yo creciese, habría muchos machos como yo. Después de eso, nunca volvió a comentar nada sobre este asunto. Lo que me recomienda es que me relacione con los construidos. Y es lo que hago, mayormente.
—Yo les gusto a los humanos —dijo él—. Supongo que es porque me parezco a ellos.
—Tú recuerda el mirarles con los ojos cuando te hablen o cuando tú hables con ellos. Y ándate con cuidado en lo de probar su sabor, eso es algo que no podrás seguir haciendo ya por mucho tiempo. Además, tu lengua no tiene aspecto de humana.
—Los humanos dicen que no debería de ser gris, pero no se percatan de lo realmente diferente que es.
—No les dejes ni imaginarlo. Pueden ser peligrosos, Akin. No les muestres todo lo que puedes hacer. Pero, ahora que aún puedes…, estáte con ellos. Estudia su comportamiento. Quizá tú puedas recolectar cosas sobre ellos que nosotros no podemos. Sería malo que se perdiese algo de lo que son.
—Se te están quedando dormidas las piernas —observó Akin—. Estás cansada, deberías llevarme con Lilith.
—Dentro de un ratito.
Él se dio cuenta de que aún no quería dejarlo. No le importaba. Los humanos la veían rara: de color gris y cubierta de verrugas…, más diferente que la mayoría de las niñas nacidas de humana. Y podía oír tan bien como cualquier otro construido. Captaba cualquier susurro, le gustase o no. Y, si estaba cerca de humanos, éstos comenzaban pronto a hablar de ella: «Si ahora tiene este aspecto tan horroroso, ¿cuál tendrá después de la metamorfosis?», comentaban. Y entonces especulaban al respecto, o la compadecían, o se reían de ella. Era mejor estar unos minutos más en paz, con Akin.
Su nombre humano completo era Margita lyapo Domonkos Kaalnikanjlo. Margit. Tenía sus cuatro progenitores vivos en común con él. Sin embargo, su padre humano era Vidor Domonkos, no el fallecido Joseph. Vidor (alguna gente lo llamaba Víctor) se había trasladado a un pueblo a varios kilómetros río arriba, cuando Lilith y él se habían cansado el uno del otro. Regresaba dos o tres veces al año, para ver a Margit. No le gustaba el aspecto que tenía ella, pero la amaba. Ella había visto que así era, y Akin estaba seguro de que había leído correctamente la emoción. Él nunca había estado con el tal Vidor: durante la última visita del hombre era demasiado pequeño para tener ya contacto con extraños.
—Cuando vuelva a venir a verte Vidor, ¿le pedirás que me deje tocarle?
—¿A mi padre? ¿Y para qué?
—Quiero hallarte a ti dentro de él.
Ella se echó a reír.
—Él y yo tenemos mucho en común. No le gusta que nadie le explore: dice que no tiene necesidad de que nadie le taladre las carnes. —Dudó—. Y lo dice en serio; a mí sólo me dejó hacerlo en una ocasión. Si te encuentras con él, limítate a hablarle. En cierto modo puede ser tan peligroso como cualquier otro humano, Akin.
—¿Tu padre?
—¡Akin… todos ellos pueden serlo! ¿Es que no has explorado a ninguno? ¿No puedes notarlo? —Le ofreció una compleja imagen. La pudo comprender únicamente porque él mismo había explorado a algunos humanos. Éstos eran irresistibles, seductores, de una contradicción mortífera. Se sentía atraído hacia ellos y, sin embargo, algo le advertía en su contra. Esto lo notaba cuando tocaba en profundidad a un humano…, cuando probaba su sabor.
—Lo sé —admitió—.Pero no lo entiendo.
—Habla con Ooan. Él lo sabe y lo entiende. Y también habla con madre. Ella sabe más de lo que le gusta admitir.
—Es una humana. ¿No crees que ella también pueda ser peligrosa?
—No para nosotros. —Se puso en pie con él en brazos—. Pesas cada vez más; me alegraré cuando aprendas a caminar.
—Yo también. ¿Qué edad tenías tú cuando aprendiste a hacerlo?
—Justo el año cumplido. Ya casi te toca.
—Nueve meses.
—Sí. Es una pena que no puedas aprender a caminar tan deprisa como has aprendido a hablar. —Se lo devolvió a Lilith, quien lo alimentó y le prometió que lo llevaría al bosque con ella.
Lilith ya le daba trocitos de comida sólida, pero aún obtenía una buena parte de su alimento de la leche materna. Además, el mamar le reconfortaba. Le asustó pensar que, algún día, ella ya no le dejaría mamar. No quería hacerse tan viejo.
Xenogenesis 2 – Ritos de madurez
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