Cabal

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Boone sabía ahora que de todas las precipitadas promesas hechas a medianoche en nombre del amor, ninguna era más fácil de romper que: «Nunca te abandonaré.»
Lo que el tiempo no nos roba ante nuestras narices, lo roban las circunstancias. Era inútil esperar otra cosa, inútil esperar que de algún modo, el mundo te deparase algo bueno. Cualquier cosa de valor, cualquier cosa a la que te aferrases por tu salud, se consumiría o te sería arrebatada a largo plazo, y el abismo se abriría tras de ti, como se había abierto ahora para Boone, y de pronto, con una explicación que no duraría más que un abrir y cerrar de ojos, te habrías ido. Al infierno o peor, con las declaraciones de amor y todo lo demás.

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Su perspectiva no había sido siempre tan pesimista. Había habido un tiempo —no hacía tanto— en que había sentido cómo el peso de su angustia mental se disipaba. Había menos episodios psicopáticos, menos días en que él sentía como si se le partieran las muñecas en vez de soportar las horas hasta su próxima medicación. Entonces parecía que existiera una posibilidad de ser feliz.
Era esa perspectiva la que había obtenido su declaración de amor, aquel «Nunca te abandonaré» susurrado al oído de Lori cuando yacían en aquel angosto lecho donde él nunca hubiera pensado que cabrían. Las palabras no habían surgido del clímax de la pasión. Su vida amorosa, como muchas otras cosas entre ellos, estaba cargada de problemas. Pero donde otras mujeres habían renunciado, sin poder perdonarle su fracaso, ella perseveró: le dijo que tenían mucho tiempo de mejorarlo, todo el tiempo del mundo. Su paciencia parecía decir: Estaré contigo mientras tú quieras que esté.
Nadie le había ofrecido un compromiso como aquél y él quería ofrecerle algo a su vez. Y fueron aquellas palabras: «Nunca te abandonaré.»
El recuerdo de ellas y del cutis de ella, casi luminoso en la oscuridad de su habitación, y el sonido de su respiración cuando al fin cayó dormida junto a él, todo aquello aún tenía e! poder de sobrecoger su corazón y estrujárselo hasta hacerle daño.
El ansiaba liberarse del recuerdo y de las palabras, ahora que las circunstancias le habían arrebatado de las manos cualquier esperanza de realización. Pero no los olvidaría. Permanecerían para atormentarle por su flaqueza. Su leve consuelo era que ella —sabiendo lo que ahora sabría de él—, se estaría esforzando por borrar su recuerdo y que con el tiempo lo lograría. Él sólo esperaba que ella comprendiera que cuando hizo su promesa él no se conocía Nunca se hubiera arriesgado a sufrir aquel dolor si hubiera dudado siquiera que la salud estaba al alcance de su mano
¡Soñar!
Decker había puesto bruscamente fin a sus ilusiones el día en que cerró la puerta de la oficina, echó las persianas sobre el sol primaveral de Alberta y dijo, en una voz apenas más alta que un susurro:
—Boone, creo que tú y yo tenemos un problema terrible
Boone vio que Decker estaba temblando, circunstancia difícil de ocultar en un cuerpo tan grande. Decker tenía el aspecto físico de un hombre que se librara de toda la angustia del día sudando en un gimnasio. Ni siquiera sus trajes sastre, siempre color carbón, podían ocultar su volumen, Al principio de trabajar juntos, a Boone le ponía nervioso, le intimidaba la autoridad física y mental del doctor. Ahora temió la falibilidad de su fuerza. Decker era una Roca; era la Razón; era Calmado. Aquella ansiedad chocó contra todo lo que sabía de aquel hombre.
—¿Qué pasa? —le preguntó Boone.
—Siéntate, ¿quieres? Siéntate y te lo explicaré.
Boone hizo lo que se le pedía. En su oficina, Decker era el que mandaba. El doctor se recostó en la butaca de cuero y respiró por la nariz, con los labios curvados hacia abajo.
—Dime… —dijo Boone.
—No sé por dónde empezar.
—Empieza por cualquier parte.
—Pensaba que estabas mejor —dijo Decker—. De verdad. Los dos lo pensábamos.
—Yo aún lo pienso —dijo Boone.
Decker movió levemente la cabeza. Era un hombre de un intelecto notable, pero sus rasgos llenos y apretados apenas lo mostraban, excepto quizá sus ojos, que ahora no miraban a su paciente sino a la mesa que había entre ambos.
—Tú empezaste a hablar en las sesiones —dijo Decker—, de crímenes que creías haber cometido. ¿Recuerdas algo de eso?
—Ya sabes que no —los trances en los que Decker le sumía eran demasiado profundos como para recordar—. Sólo me acuerdo cuando pasas la cinta otra vez.
—No voy a poner ninguna de esas cintas —dijo Decker—. Las he borrado
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo, Boone, tengo miedo por ti —hizo una pausa—. Quizá por los dos.
La grieta se había abierto en la Roca y Decker no podía hacer nada para disimularlo.
—¿Qué crímenes son? —preguntó Boone con tono vacilante.
—Asesinatos. Hablas de ellos obsesivamente. Al principio, creí que se trataba de crímenes soñados. Tú siempre sostienes una violenta lucha en tu interior.
—¿Y ahora?
—Ahora temo que los hayas cometido realmente.
Hubo un largo silencio mientras Boone observaba a Decker, más desconcertado que furioso. Las persianas no estaban del todo echadas. Un rayo de sol se filtraba y caía sobre él y sobre la mesa que les separaba. Encima de la superficie acristalada había una botella de agua inmóvil, dos vasos y un sobre grande. Decker se inclinó hacia delante y lo cogió.
—Probablemente, lo que estoy haciendo ahora también sea un delito —le dijo a Boone—. La confidencialidad del paciente es una cosa y proteger a un asesino es otra muy distinta. Pero una parte de mí aún reza y espera que no sea cierto. Quiero creer que he tenido éxito, que hemos tenido éxito. Juntos. Quiero creer, que estás bien.
—Y lo estoy.
En lugar de responder, Decker abrió el sobre.
—Me gustaría que mirases esto por mí —le dijo, metiendo la mano en el sobre y sacando a la luz un montón de fotografías.
—Te lo advierto, no son agradables.
Las dejó bajo la luz, volviéndolas para que Boone pudiera verlas. Su advertencia era cierta. La primera foto del montón mostraba un ataque físico. Al enfrentarse a ella, le invadió un miedo que no había sentido desde que estaba en manos de Decker. Temió que la imagen le poseyera. Había construido muros contra aquella superstición, ladrillo a ladrillo, pero ahora había recibido un impacto y amenazaba con derrumbarse.
—Sólo es una foto,
—Cierto —replicó Decker—. Sólo es una foto. ¿Qué ves en ella?
—Un hombre muerto.
—Un hombre asesinado.
—Sí. Un hombre asesinado.
No simplemente asesinado, descuartizado. Le habían cercenado la vida en un furia de tajadas y puñaladas y la sangre manaba sobre la hoja que le había cortado el cuello y la cara, así como sobre la pared que había tras él. Sólo llevaba unos pantalones cortos, de modo que las heridas del cuerpo podían contarse a pesar de la sangre que las cubría. Incluso ahora, Boone hizo un esfuerzo para dominar el terror que se apoderaba de él. Incluso allí, en aquella habitación donde el doctor había cincelado otro ser a partir de la situación de bloqueo de su paciente, Boone nunca había sentido tanto terror como entonces. Pudo paladear su desayuno en el fondo de la garganta, o la cena de la noche anterior, alzándose de sus entrañas contra natura. Porquería en su boca, como la suciedad de aquel acto.
Cuenta las heridas, se dijo, imagínate que son cuentas en un ábaco. Tres, cuatro, cinco en el abdomen y el pecho, una especialmente hendida, más como un desgarre que una herida, abriéndose tanto que asomaban las entrañas del hombre. Dos más sobre el hombro. Y luego la cara, cosida a cortes. Tantos que no podían contarse; ni el más frío observador hubiera podido calcular el número. La víctima había quedado irreconocible: los ojos fuera de las órbitas, los labios destrozados, la nariz hecha jirones.
—¿Suficiente? —preguntó Decker como si la pregunta necesitara respuesta.
—Sí.
—Hay muchas más.
Destapó la segunda, dejando la primera junto al montón. Ésta era de una mujer, con la parte superior e inferior del cuerpo retorcida de un modo imposible. Aunque probablemente no tenían ninguna relación con la primera víctima, el carnicero había creado un vil parecido. Allí estaba el mismo aspecto sin labios, sin ojos. Nacidos de padres distintos, se habían hermanado en la muerte, destruidos por la misma mano.
—¿Y soy yo el padre? —se encontró pensando Boone—. No —fue la respuesta de sus tripas— Yo no he hecho eso.
Pero dos cosas le prevenían para no expresar su inocencia. Primera, sabía que Decker no hubiera puesto en peligro el equilibrio de su paciente de aquel modo si no hubiera tenido una buena razón para hacerlo. Segundo, su negativa no tenía valor, pues ambos sabían con qué facilidad la mente de Boone se había engañado a sí misma en el pasado. Si era responsable de aquellas atrocidades, no había ninguna certeza de que él pudiera averiguarlo.
Así que guardó silencio, sin atreverse a mirar a Decker por miedo a ver la Roca fragmentándose.
—¿Otra? —dijo Decker.
—Si es necesario.
—Lo es.
Descubrió una tercera fotografía, y una cuarta, dejándolas sobre la mesa como cartas en una lectura de Tarot, excepto que aquí cada una de ellas representaba a la Muerte. En la cocina, yaciendo frente a la puerta de la nevera abierta. En el dormitorio, junto a la lámpara y el despertador. En el rellano, sobre las escaleras. En la ventana. Las víctimas eran de todas las edades y colores, hombres, mujeres y niños. Quien fuera que fuese el loco responsable, no había hecho distinciones. Simplemente destruía la vida donde la encontraba. Y no lo hacía rápida y eficazmente. Las habitaciones donde había muerto toda aquella gente atestiguaban cómo el asesino, con su humor particular, había jugado con ellos. Los muebles habían sido derribados al tropezar las víctimas, intentando evitar el coup de gráce, y sus huellas sangrientas habían quedado impresas en las paredes y papel pintado. Uno había perdido los dedos con la cuchilla, quizás intentando agarrarla, la mayoría habían perdido los ojos. Pero ninguno había escapado, por muy valerosa que hubiera sido su resistencia. Todos habían acabado cayendo, enmarañados en su ropa interior o buscando refugio tras una cortina. Habían caído gimiendo, arqueándose.
Había once fotografías en total. Cada una era distinta de las demás; habitaciones grandes y pequeñas, víctimas desnudas y vestidas. Pero todas eran lo mismo: fotografías de la realización de la locura, tomadas cuando el actor ya había desaparecido.
Dios Todopoderoso, ¿era él aquel hombre?
Como no hallaba en sí la respuesta, se lo preguntó a la Roca, hablando sin atreverse a alzar la vista de las brillantes cartas.
—¿He hecho yo eso? —preguntó.
Oyó suspirar a Decker, pero como no llegaba ninguna respuesta, así que echó un vistazo a su acusador. Cuando Decker había extendido las fotografías ante él, Boone había sentido la mirada escrutadora del otro como un pavoroso dolor en el cuero cabelludo. Pero ahora encontró una vez más aquella mirada esquiva.
—Por favor, dime. ¿He hecho yo eso?
Decker se secó las húmedas arrugas de la piel de debajo de sus ojos grises. Ya no temblaba.
—Espero que no —dijo.
La respuesta pareció ridículamente suave. No estaban hablando de una leve infracción de la ley. Era la muerte repetida once veces, ¿y cuántas otras más podía haber fuera de la vista, fuera de la conciencia?
—Dime de qué te hablé —dijo—, Dime las palabras…
—La mayor parte eran divagaciones.
—¿Entonces por qué crees que soy el responsable? Debes de tener alguna razón.
—He tardado tiempo —dijo Decker— en juntar todas las piezas —inclinó la vista hacia las macabras fotografías que había sobre la mesa y alineó con el dedo medio una foto que estaba levemente torcida—. Como sabes, tengo que hacer un informe trimestral sobre nuestros progresos. Así que pongo las cintas de nuestras sesiones previas consecutivamente, para dar sentido a lo que estamos haciendo… —hablaba despacio, pesadamente—, y me fui dando cuenta de que se repetían las mismas frases en tus respuestas, mezcladas y enterradas casi siempre, en distintos temas, pero se repetían. Era como si estuvieras confesando algo, pero algo tan horrendo para ti, incluso en trance, que no podías decirlo. En lugar de hacerlo, llegaba a través de ese… código.
Boone sabía lo que eran los códigos. Había oído códigos por todas partes en los malos tiempos. Mensajes del enemigo imaginario a través del ruido de las emisoras de radio, o en el murmullo del tráfico antes de que amaneciese. El hecho de que él mismo hubiera sido capaz de aprender la técnica no le sorprendía.
—Hice algunas averiguaciones fortuitas —continuó Decker— entre los policías que he tratado. Nada concreto. Ellos me hablaban de los asesinatos. Por supuesto, supe de los detalles por la Prensa. Parece que empezaron hace dos años y medio. Algunos aquí en Calgary, el resto en el radio de una hora de distancia. Son obra de un solo hombre.
—Yo.
—No lo sé —dijo Decker, mirando finalmente a Boone—. Si estuviera seguro, habría dado parte.
—Pero no lo estás.
—No quiero creer esto, como tampoco quieres tú. Tampoco me cubriría de gloria si resultase cierto —había irritación mal disimulada en su voz—. Por eso he esperado. Esperando que tú estarías conmigo cuando ocurriese el siguiente.
—¿Quieres decir que algunas de esas personas han muerto cuando tú ya lo sabías?
—Sí —dijo Decker categóricamente.
—¡Dios mío!
La idea empujó a Boone de la silla y la mesa le golpeó la pierna. Las escenas de asesinatos se agitaron.
—Habla en voz más baja —le pidió Decker.
—¿La gente muriendo y tú esperando?
—Corrí ese riesgo por ti, Boone. Tendrías que comprenderlo.
Boone se dio la vuelta. Un hilillo de sudor frío le recorría la columna.
—Siéntate —le dijo Decker—. Por favor, siéntate y dime lo que esas fotografías significan para ti.
Involuntariamente, Boone se había puesto la mano cubriendo la parte inferior de su rostro. Sabía, por Decker, lo que significaba aquel gesto de lenguaje corporal. Su mente estaba usando su cuerpo para ahogar alguna revelación, o para silenciarla del todo.
—Boone. Necesito respuestas.
—No significan nada —dijo Boone sin volverse.
—¿Nada en absoluto?
—Nada en absoluto.
—Míralas otra vez.
—No —dijo Boone—. No puedo.
Oyó el aliento del doctor y casi esperó la demanda de que se encarase de nuevo con todo aquel horror. Pero en lugar de eso, el tono de Decker fue conciliador.
—De acuerdo, Aaron —dijo—. De acuerdo. Las guardaré.
Boone apretó el dorso de sus manos contra los ojos cerrados. Tenía las cuencas calientes y húmedas.
—Ya no están, Aaron —dijo Decker.
—Sí que están.
Seguían todavía con él, las recordaba perfectamente. Once habitaciones y once cuerpos fijados en los ojos de su mente, más allá del exorcismo. El muro que Decker había tardado cinco años en construir había sido derrumbado en unos minutos por el mismo arquitecto. Boone estaba de nuevo a merced de su locura. La escuchaba gimotear en su cabeza. Venía de once gargantas degolladas, de once vientres agujereados. Resuello y gas intestinal, cantando las viejas locas canciones,
¿Por qué caían tan fácilmente sus defensas, después de tanto esfuerzo? Sus ojos conocían la respuesta, derramando lágrimas para admitir lo que sus labios no podían decir. Era culpable. ¿Por qué si no? Las manos que ahora reposaban limpias y secas en sus bolsillos habían torturado y masacrado. Si pretendía otra cosa sólo serviría para tentarlas a cometer más crímenes. Era mejor que confesara, aunque no recordase nada, que ofrecerles otro momento de indefensión.
Se volvió, encarándose con Decker. Las fotografías estaban recogidas y boca abajo sobre la mesa.
—¿Recuerdas algo? —le preguntó el doctor, leyendo el cambio del rostro de Boone.
—Sí —dijo él.
—¿Qué?
—Lo hice —dijo Boone simplemente—. Los maté a todos.
 

II.    ACADEMIA

1

Decker era el acusador más benigno que ningún acusado pudiera esperar. Las horas que pasó con Boone tras aquel primer día se llenaron de preguntas planteadas cuidadosamente mientras juntos examinaban, asesinato por asesinato, la prueba de la vida secreta de Boone. A pesar de la insistencia del paciente de que él había cometido los crímenes, Decker aconsejó cautela. Admitir la propia culpabilidad no era una prueba definitiva. Tenían que asegurarse de que la confesión no se debía simplemente al esfuerzo de las tendencias autodestructivas de Boone, admitiendo el crimen por su ansia de ser castigado.
Boone no estaba en posición de discutir. Decker le conocía mejor que él mismo. Tampoco había olvidado la observación de Decker de que si lo peor resultaba ser cierto, su reputación como psiquiatra caería en picado: ninguno de los dos podía permitirse el lujo de equivocarse. El único método seguro era analizar los detalles de los asesinatos —nombres, fechas y lugares— con la esperanza de que Boone estuviera dispuesto a recordar. O bien que descubrieran que uno de los asesinatos se había producido mientras Boone estaba indiscutiblemente en compañía de otras personas.
La única parte del proceso que Boone eludió fue el reexaminar las fotografías. Durante cuarenta y ocho horas, resistió la amable presión de Decker, accediendo tan sólo cuando la amabilidad se debilitó y Decker le acorraló, acusándole de cobardía y engaño. Aquello no era más que un juego, arguyó Decker, un ejercicio de automortificación que acabaría ayudándoles a los dos. Así Boone podría sacar de su oficina aquel infierno y dejar que otros se ocuparan de ello.
Boone accedió a examinar las fotografías.
No había nada en ellas que le refrescara la memoria. Muchos de los detalles de las habitaciones habían desaparecido con el flash de la cámara y lo que quedaba era muy común. La única visión que podría haber obtenido una respuesta por su parte —los rostros de las víctimas— había sido borrada por el asesino, acuchillada hasta hacerse irreconocible, pues ni el forense más experto habría podido recomponer aquellas caras destrozadas.
Así que todo se basaba en los pequeños detalles de dónde había estado Boone esa noche o aquella otra, con quién estaba y qué hacía. Él no escribía ningún Diario, así que era difícil verificar los hechos, pero la mayor parte del tiempo —exceptuando las horas en que había estado con Lori o con Decker, que no coincidían en ningún caso con las noches de los asesinatos—, él estaba solo y sin coartada. Al finalizar el cuarto día, el caso contra él empezó a parecer muy persuasivo.
—Ya es suficiente —le dijo a Decker—, Ya hemos hecho bastante.
—Me gustaría repasarlo todo una vez más.
—¿Para qué? —dijo Boone—. Quiero acabar con esto de una vez.
Durante los últimos días —y noches—, muchos de sus viejos síntomas, los signos de la enfermedad de la que él se creía casi curado para siempre, habían vuelto. No podía dormir siquiera unos minutos seguidos sin que aparecieran visiones que le desvelaban y desconcertaban, no podía comer bien, durante cada minuto del día le temblaban hasta las entrañas. Quería acabar con todo aquello, confesar la historia y ser castigado.
—Déjame un poco más de tiempo —le dijo Decker—. Si vamos a la Policía, te llevarán con ellos, fuera de mi alcance. Probablemente ni siquiera me dejarán verte. Estarás solo.
—Ya lo estoy —replicó Boone. Desde que había visto las fotografías se había aislado de todo contacto, incluso de Lori, temiendo su capacidad de hacer daño.
—Soy un monstruo —dijo—. Los dos lo sabemos. Esa es la única prueba que necesitamos.
—No es sólo una cuestión de pruebas.
—¿Y de qué si no?
Decker se apoyó en el marco de la ventana, como si su voluminoso cuerpo fuese una carga.
—No te entiendo, Boone —le dijo.
La mirada de Boone fue del hombre hacia el cielo. Aquel día soplaba un viento del sudeste. Jirones de nubes corrían ante él. Qué vida maravillosa seria, pensó Boone, estar allí arriba, más ligero que el aire. Allí abajo todo era pesado; la carne y la culpa doliéndole en la columna vertebral.
—Me he pasado años tratando de comprender tu enfermedad, esperando que podría curarla. Y creía que lo estaba logrando. Creía que había una posibilidad de que todo se aclarase…
Se quedó en silencio, en el hoyo de su fracaso. Boone no estaba tan inmerso en su agonía como para no darse cuenta de cómo sufría aquel hombre. Pero él no podía hacer nada para aliviar su herida. Simplemente, contempló las nubes que pasaban allí arriba, junto a la luz, y supo que en adelante sólo vendrían tiempos sombríos.
—Cuando la Policía te detenga… —murmuró Decker—. No sólo tú estarás solo, Boone. Yo también estaré solo. Tú serás el paciente de otro: algún psicólogo criminalista. Ya no podré verte más. Por eso te estoy preguntando… Dame un poco más de tiempo. Déjame entender en lo posible antes de que todo se acabe entre nosotros.
Hablaba como un enamorado, pensó Boone vagamente, como si lo que había entre ellos fuese su vida.
—Sé que estás sufriendo —continuó Decker—. Tengo medicación para ti. Las píldoras te ayudarán a soportar lo peor. Hasta que terminemos.
—No confío en mí —dijo Boone—. Puedo hacerle daño a alguien.
—No —replicó Decker con una grata certeza—. Los fármacos te dejarán dormido toda la noche. El resto del tiempo estarás conmigo. Conmigo estarás a salvo
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Unos pocos días como máximo. No es mucho tiempo para preguntar, ¿verdad? Necesito saber por qué hemos fracasado.
La idea de rehacer aquel camino sangriento era espantosa, pero tenía que pagar una deuda. Con la ayuda de Decker había vivido con un rayo de esperanza de nuevas posibilidades, y ahora le debía al doctor la posibilidad de sacar algo de las ruinas de aquella visión.
—Intenta que sea rápido —le dijo.
—Gracias —contestó Decker—. Esto significa mucho para mí.
—Y necesitaré las pastillas.
 

2

Tuvo las pastillas. Decker se aseguró de que así fuera. Pastillas tan fuertes que apenas se las tomaba era difícil que pudiera pronunciar su nombre correctamente. Pastillas que le facilitaban el sueño, y al despertar tenía que vivir experiencias que le alegraba abandonar de nuevo. Pastillas a las que en cuarenta y ocho horas se había hecho adicto.
La palabra de Decker se cumplió. Cuando pedía más, se las suministraban, y bajo su soporífera influencia volvían al trabajo de las pruebas, y el doctor volvía una y otra vez a los detalles de los crímenes de Boone, en la esperanza de comprenderlos. Pero no se aclaraba nada. Todo lo que la cada vez más pasiva mente de Boone pudo rescatar de esas sesiones eran vagas imágenes de puertas que había atravesado y escaleras que había subido en la realización de los asesinatos. Cada vez era menos consciente de Decker, que aún luchaba para salvar lo mejor de la mente de su paciente. Ahora Boone sólo era consciente de su sueño, de la culpa y de la esperanza, cada vez más apremiante, de un final para los dos.
Sólo Lori, o más bien el recuerdo de ella, aguijoneaba su régimen de drogas. A veces oía su voz en su oído interior, clara como una campana, repitiendo palabras que le había dirigido en conversaciones casuales y que él recuperaba en su rastreo del pasado. Aquellas frases no tenían nada en sí mismas, pero quizá se asociaban a una mirada o una caricia que él atesoraba. Ahora ya no podía recordar las miradas ni las caricias, pues las drogas habían alterado casi totalmente su capacidad de imaginar. Sólo quedaban aquellas frases inconexas que le inquietaban, no sólo porque las oía como si alguien las murmurase a sus espaldas, sino porque no tenían ningún contexto que él pudiera recordar. Y lo peor era que le recordaban a la mujer que había amado y a la que no volvería a ver, salvo quizás en el pasillo de un Juzgado. Una mujer a la que él había hecho una promesa que había roto al cabo de unas pocas semanas. En su desgracia, su mente apenas podía convencerle de que aquella promesa rota no fuese tan monstruosa como los crímenes de las fotografías. Le condenaría al infierno para siempre.
O a la muerte. La muerte era preferible. Ya no sabía muy bien cuánto tiempo había pasado tratando con Decker, intercambiando su estupor durante unos días más de investigación, pero estaba seguro de que había cumplido su parte del trato. Había hablado. Ya no quedaba más que decir, ni que escuchar. Sólo quedaba entregarse a la ley y confesar sus crímenes, o hacer lo que el estado ya no podía hacer, matar al monstruo.
No se atrevió a alertar a Decker sobre su plan. Sabía que el doctor haría todo lo que estuviera en su poder para evitar el suicidio de su paciente. Así que continuó representando el papel durante un día más. Luego, tras prometerle a Decker que estaría en la oficina a la mañana siguiente, volvió a su casa y se preparó para matarse.
Había otra carta de Lori esperándole, la cuarta desde que él desapareciese, preguntándole qué ocurría. La leyó con la escasa receptividad que su aturdida mente le permitía y luego intentó escribir una respuesta, pero no pudo dar sentido a las palabras que trataba de escribir. En vez de continuar, se guardó la carta de ella en el bolsillo y salió a la oscuridad buscando la muerte.
 

3

El camión que le atropello no fue benévolo. Le quitó la respiración, pero no la vida. Magullado y sangrando por los arañazos y cortes, fue recogido y transportado al hospital. Más tarde, llegaría a comprender cómo habían ido las cosas y que la muerte le había sido denegada bajo las ruedas del camión con un objetivo preciso. Pero sentado en el hospital, esperando frente a una habitación blanca, lo único que podía hacer era maldecir su mala fortuna. Había podido arrebatar otras vidas con increíble facilidad, pero la suya se le resistía. Incluso en esto estaba dividido contra sí mismo.
Pero aquella habitación —aunque él lo ignoraba cuando fue conducido a ella— albergaba una promesa que sus desnudas paredes parecían desmentir. En ella había oído un nombre que con el tiempo le convertiría en un hombre nuevo. A su llamada, él acudiría de noche, como el monstruo que era, e iría al encuentro del milagro.
El nombre era Midian.
Aquel nombre y él tenían mucho en común, al igual que compartían el poder de hacer promesas. Pero mientras sus declaraciones de amor eterno habían demostrado quebrarse en cuestión de semanas, Midian hacía promesas —a medianoche, como la suya, en lo más profundo de la medianoche—, que ni siquiera la muerte podía romper.
 

III.    EL RAPSODA

Durante los años de su enfermedad, entrando y saliendo de sanatorios mentales y asilos, Boone había conocido a muy pocos sufrientes que no llevaran con ellos algún talismán, algún signo o alguna prenda que montase guardia a las puertas de sus mentes y corazones. En seguida aprendió a no menospreciar tales amuletos. Sea lo que sea lo que te pase por la noche era un axioma que sacó de la más dura experiencia. Muchos de estos salvaguardas contra el caos eran personales y pertenecían a aquellos que los esgrimían. Baratijas, llaves, libros y fotografías: recuerdos de los buenos tiempos atesorados como defensa contra los malos tiempos. Pero algunos pertenecían a la mente colectiva. Eran palabras que podía oír más de una vez: rimas absurdas cuyo ritmo ayudaba a dominar el dolor, nombres de dioses.
Entre ellos estaba Midian.
Había oído el nombre de aquel lugar quizá media docena de veces, pronunciado por gente que se cruzaba en el camino, casi siempre gente cuya fuerza se había desvanecido. Cuando apelaban a Midian significaba un lugar de refugio, un lugar adonde ser llevados. Y aún más: un lugar donde fueran cuales fuesen los pecados que hubieran cometido, reales o imaginarios, les serían perdonados. Boone no conocía el origen de aquella leyenda, ni tampoco le había interesado nunca averiguarlo. Nunca había necesitado el perdón o, al menos, eso creía él. Ahora sabía algo más. Había intentado limpiarse por todos los medios, pero las obscenidades se habían quedado grabadas en su mente desde que Decker las sacara a la luz y ningún medio conocido podría librarle de ellas. Se había unido a otra clase de criatura.
El nombre de Midian fue pronunciado.
Sumido en su tristeza, no se había dado cuenta de que alguien más compartía con él la blanca habitación, hasta que oyó la áspera voz.
—Midian…
Al principio, pensó que se trataba de otra voz del pasado, como la de Lori. Pero cuando la oyó de nuevo ya no estaba a sus espaldas como la de Lori, sino que venía del otro lado de la habitación. Abrió los ojos. El izquierdo aún estaba pegajoso de sangre de un corte en la sien. Miró hacia la voz. Aparentemente, era otro herido en andanzas nocturnas, al que habrían llevado allí para coserle y le habrían dejado que se valiera por sí mismo hasta que le pudieran hacer algún remiendo. Estaba sentado en una esquina de la habitación, la más lejana de la puerta, y sus ojos estaban fijos en ella, como si de un momento a otro pudiese aparecer su salvador en el umbral. Era virtualmente imposible averiguar nada de su edad o de su auténtico aspecto: la sangre sucia y coagulada lo encubría todo. «Yo debo de tener un aspecto similar o peor», pensó Boone. No le preocupaba demasiado; la gente siempre le miraba. En su estado en aquel momento, él y el hombre de la esquina eran el tipo de locos que uno evita cruzarse por la calle.
Pero mientras que él, con sus pantalones vaqueros, sus botas, que arrastraba al andar y su camiseta negra, era simplemente otro don nadie, en el otro hombre había ciertos signos que le definían. El largo abrigo que llevaba tenía una severidad monacal, su pelo gris peinado hacia atrás, muy tirante sobre el cuero cabelludo, caía por el medio de su espalda en una cola de caballo trenzada. Llevaba joyas semiocultas por el cuello alto y dos uñas artificiales se curvaban como garras en sus pulgares con algo que parecía plata.
Finalmente, estaba aquel nombre, saliendo de boca del hombre otra vez.
—¿… Querría llevarme? —preguntó suavemente—. ¿Llevarme hasta Midian?
Sus ojos no habían dejado de mirar la puerta ni por un instante. Parecía que se había olvidado de Boone, cuando sin previo aviso, volvió su cabeza herida y escupió hacia el otro extremo de la habitación. La flema veteada de sangre se estrelló contra el suelo a los pies de Boone.
—¡Lárgate de aquí! —gritó—. Los estás apartando de mí. No vendrán mientras tú estés aquí.
Boone estaba demasiado cansado como para discutir, y demasiado magullado como para levantarse. Dejó que el hombre despotricara.
—¡Lárgate! —volvió a decirle—. Nunca se muestran ante tipos como tú. ¿Es que no lo ves?
Boone echó la cabeza hacia atrás e intentó mitigar así el dolor del otro, que se sentía invadido.
—¡Mierda! —dijo el otro—. Los he perdido. Los he perdido.
Se levantó y atravesó la habitación. Fuera reinaba una densa oscuridad.
—Han pasado de largo —murmuró, súbitamente lastimero. Al momento siguiente estaba a un metro de Boone, haciendo una mueca a través de su suciedad.
—¿Tienes algo para el dolor? —quiso saber.
—La enfermera me ha dado algo —contestó Boone.
El hombre volvió a escupir, esta vez no hacia Boone sino al suelo.
—Bebida, tío. . —dijo—. ¿No tienes nada que beber?
—No.
La mueca se evaporó instantáneamente, y el rostro se contrajo mientras afluían las lágrimas. Se volvió de espaldas a Boone, sollozando, recomenzando su letanía.
—¿Por qué no me llevan con ellos? ¿Por qué no vienen a por mí?
—Tal vez vengan más tarde —dijo Boone—, cuando yo me haya ido.
El hombre volvió a mirarle.
—¿Qué sabes tú? —preguntó.
La respuesta era bien poca cosa, pero Boone la guardó para sí. Tenía demasiados fragmentos de Midian en la cabeza como para no desear saber más. ¿No era un lugar para que aquellos que habían escapado de sus refugios encontrasen un hogar? ¿Y acaso no era ésa su condición actual? No tenía dónde encontrar alivio. Ni Decker, ni Lori, ni siquiera la Muerte. Aunque Midian no fuese sino un talismán, él quería oír su historia.
—Cuéntamelo —dijo.
—Te he preguntado qué sabes tú —replico el hombre, pellizcándose la carne de su barbilla sin afeitar con la garra de su mano izquierda.
—Sé que cura el dolor —dijo Boone.
—¿Y?
—Sé que nadie vuelve de allí.
—No es verdad —fue la respuesta.
—¿No?
—Si nadie volviese, yo estaría allí, ¿no crees? ¿Qué crees? ¿Que es la ciudad más grande de la tierra? Claro que se vuelve de allí…
Los ojos del hombre, brillantes de lágrimas, estaban fijos en Boone. ¿Se daba cuenta de que no sabía nada?, se preguntó Boone. Parecía que no. El hombre hablaba, contento de comentar su secreto. O más concretamente, el temor que le inspiraba.
—Yo no voy porque no consigo ser mejor —dijo—. Y ellos no perdonan eso fácilmente. No perdonan en absoluto. ¿Sabes lo que les hacen… a los que no son mejores?
Boone estaba menos interesado en los ritos de acceso a Midian que en la certidumbre del hombre de que existía. No hablaba de Midian como un lunático hablaría de un paraíso imaginario, sino como de un lugar que podía encontrarse, al que se podía entrar y en el que podía hallarse la paz
—¿Sabes cómo llegar hasta allí? —le preguntó.
El hombre miró a otra parte. Cuando dejó de mirarle, a Boone le invadió el pánico: quizás aquel bastardo pensara guardarse el resto de la historia para sí.
—Necesito saberlo —dijo Boone.
El otro hombre lo miró de nuevo.
—Ya lo veo —dijo, y en su tono de voz se adivinaba que el espectáculo de la desesperación de Boone le divertía.
—Está al noroeste de Athabasca —contestó.
—¿Sí?
—Eso he oído decir.
—Ése es un lugar desierto —repuso Boone—. Puedes pasarte la vida errando, a menos que tengas un mapa.
—Midian no está en ningún mapa —dijo el hombre—. Hay que buscar el este del río Peace, cerca del collado de Shere, al norte de Dwyer.
No había ningún matiz de vacilación en su discurso de direcciones. Creía en la existencia de Midian tanto o más que en las cuatro paredes que ahora le limitaban.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Boone.
La pregunta pareció despistarle. Había pasado mucho rato sin que ninguno de los dos se preocupase por preguntarle el nombre al otro.
—Narcisse —dijo finalmente—. ¿Y el tuyo?
—Aaron Boone. Pero nadie me llama Aaron. Sólo Boone.
—Aaron —dijo el otro—. ¿Dónde has oído hablar de Midian?
—En el mismo sitio que tú —dijo Boone—. Todo el mundo lo oye en el mismo sitio. De otros. De gente que sufre.
—Monstruos —dijo Narcisse.
Boone nunca había pensado en ellos como locos, pero quizás a ojos desapasionados sí lo eran, vociferantes y sollozantes, incapaces de guardar sus pesadillas encerradas bajo llave.
—Son los únicos bienvenidos en Midian —explicó Narcisse—. Si no eres una bestia, eres una víctima. ¿No es cierto? Sólo puedes ser una cosa o la otra. Por eso temo ir solo. Quiero que vengan mis amigos a buscarme.
—¿Gente que ya ha estado allí?
—Exacto —dijo Narcisse—. Algunos de ellos viven. Otros ya murieron y fueron después.
Boone no estaba seguro de estar oyendo bien.
—¿Cómo después"? —preguntó.
—¿No tienes nada para el dolor, tío? —dijo Narcisse, suavizando el tono de nuevo, esta vez muy persuasivo.
—Tengo unas pastillas —dijo Boone, recordando los restos de la provisión de Decker—. ¿Las quieres?
—Dame lo que tengas.
Boone estaba contento de librarse de ellas. Le encadenaban la mente hasta tal punto que ya no le importaba vivir o morir. Ahora sí le importaba. Tenía un lugar a donde ir, donde quizás encontrase finalmente a alguien capaz de comprender los horrores que estaba sufriendo. No necesitaba las pastillas para ir a Midian. Necesitaba fuerza, y la voluntad de ser perdonado. La última condición sí la tenía y en cuanto a la primera, su cuerpo malherido tendría que hacer acopio de ella.
—¿Dónde están? —preguntó Narcisse, con la ansiedad dibujada en sus rasgos.
A Boone le habían quitado la chaqueta de cuero al ingresar en el hospital, para hacerle un examen de los daños que se había inflingido. Ahora pendía del respaldo de una silla, con la piel desgarrada por dos sitios. Metió la mano en el bolsillo interior, pero para su sorpresa, se encontró con que el bote que ya le era tan familiar no estaba allí.
—Alguien me lo ha quitado de la chaqueta.
Rebuscó en el resto de los bolsillos. Todos estaban vacíos. Las cartas de Lori, su cartera, las pastillas, todo había desaparecido. Tardó sólo unos segundos en comprender por qué necesitaban pruebas de su identidad y cuál era la consecuencia. Él había intentado suicidarse, sin duda ellos pensaban que estaba dispuesto a intentarlo de nuevo. En su cartera estaba la dirección de Decker. Probablemente, Decker estaba ya de camino, para recoger a su errabundo paciente y entregarlo a la Policía. Una vez en manos de la Ley, nunca podría ver Midian.
—¡Dijiste que había unas pastillas*. —aulló Narcisse.
—¡Me las han quitado!
Narcisse arrancó la chaqueta de manos de Boone y empezó a desgarrarla.
—¿Dónde! —aulló—. ¿Dónde')
Su rostro empezó a contraerse de nuevo en cuanto comprendió que no iba a poder chutarse su dosis de paz. Tiró la chaqueta y se volvió de espaldas a Boone, mientras le afluían de nuevo las lágrimas, pero forzó su rostro a esbozar una amplia sonrisa.
—Sé lo que estás haciendo —dijo señalando a Boone con el dedo. La risa y los sollozos se alternaban a parte iguales—. Te envía Midian. Para ver si soy mejor. ¡Has venido a ver si soy uno de los vuestros o no!
No le dio oportunidad a Boone de contradecirle, su exaltación bordeaba la histeria.
—Estaba aquí sentado rezando para que viniese alguien, rezando. Y tú estabas aquí sentado durante todo el tiempo, mirando cómo me cagaba en mí mismo. ¡Mirando cómo me cagaba!
Se rió ruidosamente. Luego se puso mortalmente serio:
—Nunca he dudado. Ni una sola vez. Siempre he sabido que alguien vendría. Pero esperaba un rostro conocido. Por ejemplo, Marvin. No me habría dado cuenta si hubiesen enviado a otra persona. Sé lógico. Y tú lo viste, ¿no? Y lo oíste. No estoy avergonzado. Nunca me han hecho avergonzarme. Pregunta a cualquiera. Lo han intentado una y otra vez. Se metieron en mi cabeza e intentaron despedazarme, sacarme a los Salvajes. Pero me resistí. Sabía que más pronto o más tarde aparecerías, y quería estar preparado. Por esa razón voy vestido así.
Alzó los pulgares frente a su rostro.
—Para poder enseñártelo.
Movió la cabeza a derecha e izquierda.
—¿Quieres verlo? —dijo.
No necesitaba respuesta. Ya había alzado las manos, a ambos lados de su rostro, y sus garras rozaban la piel bajo las orejas. Boone le observó, las palabras de rechazo o de súplica hubieran sido ociosas. Narcisse había ensayado innumerables veces este momento; nada podría detenerle. No se escuchó ningún ruido mientras sus garras, afiladas como cuchillas, desgarraron su piel, pero la sangre empezó a manar instantáneamente hacia el cuello y los brazos. La expresión de su rostro no cambió, sólo se intensificó: una máscara en la que las musas cómicas y trágicas se habían unido. Luego los dedos se extendieron a cada lado de su rostro y él condujo firmemente sus garras como cuchillas por el borde de su quijada. Tenía la precisión de un cirujano. Las heridas se abrieron con perfecta simetría hasta que sus garras gemelas se encontraron en la barbilla.
Sólo entonces dejó caer la mano a un lado, con la sangre resbalando por las uñas y la muñeca, mientras la otra recorría su rostro buscando la herida de la piel.
—¿Quieres verlo? —repitió.
Boone murmuró:
—No.
No fue escuchado. Con una afilada uña, Narcisse despegó la máscara de piel del músculo que había debajo y empezó a arrancarla, descubriendo su verdadero rostro.
Boone oyó gritar a alguien detrás de él. Habían abierto la puerta y una enfermera estaba en el umbral. La vio por el rabillo del ojo: la cara más blanca que el uniforme y la boca totalmente abierta, Y tras ella, el pasillo y la libertad. Pero no pudo apartar la mirada de Narcisse, no mientras la sangre llenaba la atmósfera entre los dos oscureciendo la revelación. Quería ver el rostro secreto del hombre: el salvaje que había tras su piel y que le había puesto al alcance de Midian. La lluvia roja se estaba despejando. La atmósfera empezó a aclararse. Ahora veía un poco de la cara, pero no podía darle un sentido a su complejidad. ¿Era la anatomía de una bestia que se contraía espasmódicamente y gruñía frente a él, o era el tejido humano agonizando por la automutilación? Un momento más y lo sabría.
Entonces alguien le sujetó cogiéndole por los brazos y arrastrándole hacia la puerta. Vio de refilón a Narcisse levantando las armas de sus manos para mantener a raya a sus salvadores, luego los uniformes cayeron sobre él y se eclipsó. Rápidamente, Boone aprovechó su oportunidad. Se quitó de encima a la enfermera, cogió la chaqueta de cuero y corrió hacia la puerta que estaba libre de custodia. Su cuerpo magullado no estaba preparado para la acción violenta. Se tambaleó, la náusea y el dolor en sus miembros, competían por el honor de derribarle, pero la visión de Narcisse rodeado y maniatado fue suficiente para darle fuerzas. Ya había llegado a la entrada antes de que nadie pudiera reaccionar.
Mientras cruzaba el umbral de la puerta y se sumergía en la noche, escuchó la voz de Narcisse que se alzaba en un grito de protesta; un aullido de rabia que era dolorosamente humano.
 
 

IV.    NECRÓPOLIS

1

Aunque la distancia de Calgary a Athabasca apenas alcanzaba los quinientos kilómetros, el viaje llevó al viajero a las fronteras de otro mundo. Al norte de allí, las autopistas eran escasas, y los habitantes aún más. Las ricas llanuras verdes daban paso a los bosques, pantanos y desiertos. También marcaba los límites de la experiencia de Boone. Un breve trabajo de camionero cuando tenía veintipocos años le había llevado tan lejos como Bonnyville hacia el sureste, Barrhead hacia el sudoeste y la propia Athabasca. Pero el territorio que había más allá le era desconocido, salvo por los nombres de un mapa. O mejor dicho, la ausencia de nombres. Había grandes extensiones de tierra ocupadas tan sólo por algunos asentamientos agrícolas. Uno de ellos llevaba el nombre que había pronunciado Narcisse: Shere Neck.
Boone había encontrado el mapa que contenía esta información, junto con suficiente dinero suelto como para comprarse una botella de brandy, en un hurto de cinco minutos a las afueras de Calgary. Había saqueado tres vehículos que había en un aparcamiento subterráneo y una vez provisto de mapa y dinero, había huido, tras cerciorarse de que las alarmas estuvieran desconectadas.
La lluvia le lavó la cara y él se deshizo de su sangrienta camiseta, feliz de sentir su querida chaqueta cerca de la piel. Luego encontró un vehículo que le llevó hacia Edmonton y otro que le llevó a través de Athabasca hasta High Prairie. Era fácil.
 

2

¿Fácil? ¿Ir en busca de un lugar del que sólo había oído rumores entre lunáticos? Quizá no tan fácil. Pero era necesario, incluso inevitable. Desde el momento en que el camión que había escogido para morir le había dejado a un lado, aquel viaje estaba determinado. Quizá desde hacía mucho más tiempo, sólo que él nunca había visto la invitación. El sentido que él tenía de la justicia quizá le hubiera convertido en un fatalista. Si Midian existía y quería acogerlo, entonces estaría viajando hacia un lugar donde finalmente hallaría cierta paz y auto-comprensión. Si no era así, si sólo existía como talismán para los aterrorizados y los perdidos, entonces aquello también sería justo, y él iría al encuentro de la destrucción que le esperase, en busca de la nada. Mejor que las pastillas, mejor que la vana búsqueda de Decker en pos de razones y argumentos.
La indagación del doctor para sacar el monstruo del interior de Boone había fracasado. Estaba tan claro como el cielo que había allí arriba. Boone el hombre y Boone el monstruo no podían separarse. Eran uno solo, viajaban por el mismo camino, en la misma mente y en el mismo cuerpo. Y fuera lo que fuese lo que hubiera al final de aquel camino, la muerte o la gloria, sería el destino de ambos.
 

6 comentarios en “Cabal”

  1. cabal
    En verdad ni conocía al autor, pero me parece de una claridad narrativa poco común. Gracias.

  2. Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz!
    :angry: :0 :confused: :cheer: B) 👿 :silly: :dry: 😆 :kiss: 😀 :pinch: :s 😉 :whistle: :huh: :woohoo: :unsure: 😛 🙂 :side: :X 😯 🙁 ❗ ❓ 💡 ➡

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